Se anuncia reconstrucción del Templo destruido de San Francisco de Borja

Estimado radioyente:

La anunciada restauración de la histórica Iglesia San Francisco de Borja constituye una de las noticias más alentadoras para el patrimonio espiritual y cultural de Chile en los últimos años.

Quien les habla tuvo oportunidad de visitar los restos calcinados de esa iglesia, al día siguiente del atentado que sufrió. Confieso que nunca sentí tanto la presencia del demonio y su odio a Dios y a todo lo sagrado.

Todas las paredes estaban rayadas con signos satánicos, el número 666 que hace alusión al demonio escrito en medio de las paredes calcinadas. El templete donde se colocaba el ostensorio para la adoración del Santísimo Sacramento, destruido después de escenas de escarnio. Nada quedó en pie, nada se salvó de esa profanación.

¿Por qué tanto odio contra aquello que representa la Verdad, el Bien y la Bondad infinita que es Dios?

Respondiendo a esta pregunta que parece sin respuesta, el Profesor Plinio Corrêa de Oliveira se sirve de las palabras del gran Doctor de la Iglesia San Agustín:

“Reproduzco aquí -adaptándola ligeramente, para mejor comprensión del lector contemporáneo- la enseñanza del Doctor de los siglos IV y V.

Comentando la célebre palabra de Terencio: «la verdad engendra odio», San Agustín pregunta cómo explicar hecho tan ilógico.

En efecto, dice él, el hombre ama naturalmente la felicidad. Ahora bien, esta es la alegría nacida de la verdad. De esta manera, es una aberración que alguien vea un enemigo en el hombre que predica la verdad en nombre de Dios.

Enunciado así el problema, el santo Doctor pasa a la explicación. La naturaleza humana es tan propensa a la verdad que, cuando el hombre ama algo contrario a la verdad, quiere que este algo sea verdadero. Con esto, cae en el error, persuadiéndose de que es verdadero lo que en realidad es falso.

Así, es necesario que alguien le abra los ojos. Ahora bien, como el hombre no admite que se le muestre que se engañó, por esta misma razón no tolera que se le demuestre cuál es el error en que está. Y el Doctor de Hipona observa: ¡De esta forma, ciertos hombres odian la verdad por amor hacia aquello que ellos tomaron por verdadero! De la verdad ellos aman la luz; no, sin embargo, la censura… Ellos la aman cuando ella se les muestra, la odian cuando ella les hace ver lo que ellos son.

Por su deslealtad, tales hombres sufren de la verdad el siguiente castigo: no quieren ser desvendados por ella; y, sin embargo, ella los desvenda y continúa velada a sus ojos. ‘Y así, es de esta manera, es precisamente de esta manera como es hecho el corazón humano. Ciego y perezoso, indigno y deshonesto, se oculta, pero no admite que nada se le oculte. Y por esto le sucede que él no consigue huir de los ojos de la verdad, pero la verdad huye de los ojos de él’. Con estas palabras concluye san Agustín su magistral comentario…

Su explicación se aplica enteramente a los autores de ese atentado sacrílego. Una falsa convicción de que no existe Dios, ni el bien, ni la virtud. Un odio a todo aquello que pueda representarlo, Iglesia, orden, ley, Carabineros, como siendo lo que les oculta “su” verdad.

Y ¿cuál es “su” verdad?

Es la que se anidó en sus almas ciegas, perezosas, indignas y deshonestas. El vicio en todas sus formas y llevado a los peores extremos.

No es de otro modo que se puede explicar que un Dios hecho Hombre y que pasó en esta Tierra “haciendo el bien”, haya sido condenado a muerte, flagelado y finalmente crucificado entre dos vulgares ladrones.

La reconstrucción de la Iglesia de San Francisco de Borja, es una muy buena noticia porque nos muestra que aquellos que perpetraron su destrucción no terminaron venciendo.

Sin embargo, esa reconstrucción no nos puede hacer olvidar que quienes fueron capaces de estos hechos, no han hasta ahora dado ninguna muestra de arrepentimiento, y que ese odio contra Dios sigue vigente en ellos y en mucho otros que como ellos aplaudieron esos actos.

Por ello, junto con alegrarnos por la reconstrucción anunciada por el Arzobispo de Santiago y por concesión del Estado de Chile por 30 años del Templo, debemos mantener la vigilancia.

La futura creación del Santuario Nacional de la Virgen de Fátima añade además una dimensión espiritual particularmente significativa. En tiempos marcados por el odio religioso, la incertidumbre y la pérdida de referentes comunes, la restauración de este templo recuerda la previsión de Nuestra Madre en Fátima. “Rusia esparcirá sus errores por el mundo entero”.

Quienes practicaron ese atentado ciertamente adhieren a la ideología que fue la culpable de la situación de miseria de tantos países, definida por el Papa Benedicto XVI como “la vergüenza de nuestro tiempo”.

Pero fue también en Fátima que Nuestra Señora nos convida a tener la certeza del triunfo del bien sobre el mal, con la promesa de que: Por Fin Mi inmaculado Corazón Triunfará”.

Por eso, la restauración de la Iglesia San Francisco de Borja posee hoy un significado particularmente profundo. Allí donde hubo fuego, destrucción y profanación, comienza ahora una obra de reconstrucción, reparación y esperanza. La decisión de recuperar sus vitrales históricos y de proyectar en el lugar el futuro Santuario Nacional de la Virgen de Fátima constituye una respuesta luminosa frente a quienes quisieron convertir ese espacio en símbolo del caos y del odio.

La restauración de San Francisco de Borja es, en definitiva, una señal de que la belleza, la fe y la civilización pueden levantarse nuevamente incluso después de los episodios más oscuros.

Chile necesita reconstruir no solo sus edificios patrimoniales, sino también el respeto por su historia, su cultura y sus raíces cristianas.

Este renacer recuerda el levantamiento de la catedral  Notre-Dame de Paris después del devastador incendio de 2019. En Francia, millones de personas comprendieron que reconstruir la catedral significaba también defender la memoria espiritual y cultural de una nación. Del mismo modo, la recuperación de San Francisco de Borja expresa que Chile no está dispuesto a resignarse a la destrucción de sus símbolos más queridos ni al avance de la violencia contra su patrimonio religioso que es un testimonio de Fe y de amor a Dios.

Sin embargo, la restauración material no basta por sí sola. Una sociedad verdaderamente justa también debe afirmar con claridad que la destrucción del patrimonio religioso, las profanaciones y los actos de odio contra la fe no pueden quedar impunes. Quienes participaron en estos hechos, y especialmente quienes promovieron la violencia y la profanación satanista contra los templos, deben ser debidamente investigados y castigados conforme a la ley. Solo así será posible reconstruir no solo los muros de una iglesia, sino también el respeto por la civilización, la justicia y la convivencia nacional.

La impunidad de los culpables constituye siempre la antesala de la repetición de estos crímenes, pues cuando una nación tolera el ataque contra sus iglesias, sus símbolos y su patrimonio espiritual, termina debilitando los fundamentos mismos de la convivencia civilizada. Solo la verdad, la justicia y la reparación permitirán que tragedias como ésta no vuelvan a repetirse en Chile.

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