Fiesta de todos los Santos

Estimado radioyente:

Es probable que Ud. haya ido o vaya a ir este 2 de noviembre al cementerio a visitar a sus difuntos y a rezar por el descanso eterno de sus almas. El día anterior, es decir el primero de noviembre lo consagra la Iglesia para la celebración de todos los santos.

En ambas tradiciones, la de rezar por nuestros antepasados y la de venerar a los santos,  se juntan dos naturales y nobles sentimientos del alma humana.

La primera,  es el recuerdo de quienes nos precedieron en la muerte. Esta tradición constituye un deber de gratitud y de caridad para nuestros seres queridos. Fueron ellos los que nos dieron la vida, quienes nos enseñaron, nos cuidaron y a quienes a muchos títulos les debemos un recuerdo en este día.

La segunda tradición es la veneración de los santos que celebramos el 1° de noviembre. Ella viene de una costumbre más noble aún. Es la conciencia de que siendo la Iglesia Católica una verdadera familia de almas, los santos constituyen una forma de hermanos mayores, que son al mismo tiempo un ejemplo, un estímulo y nuestros intercesores delante del mismo Padre, Dios.

La Iglesia comenzó a venerar ya desde el comienzo de su existencia terrena a los primeros mártires que derramaron su sangre en el Coliseo Romano. Ellos llegaron a ser centenas de miles, de todas las edades, condiciones y sexo. Desde miembros de la propia corte del emperador hasta desconocidas madres de familia y de sus hijos, prefirieron morir, confesando el Nombre  bendito de Nuestro Señor Jesucristo,  a gozar de los placeres del Imperio,  y por eso se negaron a poner incienso delante de esos ídolos del paganismo, que no eran sino símbolos de los propios vicios de la sociedad de entonces.

La Iglesia primitiva acostumbraba a celebrar el aniversario de la muerte de un mártir en el propio lugar del martirio. Frecuentemente, los grupos de mártires morían el mismo día, lo cual condujo naturalmente a una celebración común. En la persecución del Emperador  Diocleciano, entre los años 303 al 311 de nuestra era, el número de mártires llegó a ser tan grande, que no se podía separar un día para asignársela. Pero la Iglesia, creyendo que cada mártir debía ser venerado, señaló un día en común para todos y de ahí viene la Fiesta de todos los Santos.

También se menciona este día en común en un sermón de San Efrén el Sirio en el año 373. En un principio, sólo los mártires y San Juan Bautista eran honrados por un día especial. Ya había en el año  411, en el Calendario caldeo de los cristianos orientales,  una “Commemoratio Confessorum”.

Como vemos, curiosamente el día de todos los santos, comenzó a celebrarse en el mismo lugar geográfico en que en nuestros días, en pleno siglo XXI,  se está repitiendo la matanza de los católicos por un avance de las tropas musulmanas del llamado Estado Islámico.

Nadie pensaba que esas crueles y sanguinarias persecuciones contra la Fe, de los primeros años de la existencia del catolicismo en la Tierra, pudiesen repetirse, y aún agravarse, como lo vemos en nuestros días.

Sin embargo, los hechos nos muestran de modo brutal como el odio contra la Fe católica se mantiene y se incrementa a pesar de las apariencias de tolerancia, de consenso o de falso pacifismo de que muchos hacen alarde.

¿Por qué este odio? Me preguntará Ud.

La respuesta la tenemos en el primer y más insigne Mártir. En el propio Hijo de Dios vivo, Nuestro Señor Jesucristo quien pasó por esta Tierra “haciendo el bien”, y que sin embargo fue crucificado.  

A este propósito, transcribimos a continuación un trecho de la meditación escrita por el Profesor Plinio Correa de Oliveira y que nos da especiales luces para responder a esta actitud de los hombres delante de la virtud y del bien.

“¿porqué están ahí atadas y hechas carne viva estas manos que fueron tan suaves para los hombres rectos como Juan, el  inocente, y Magdalena, la penitente, estas manos que fueron tan terribles para el mundo, el demonio, la carne?

“SI, ¿por qué tanto odio, por qué tanto miedo que hizo necesario atar vuestras manos, reducir al silencio vuestra voz, extinguir vuestra vida?

“¿Fue porque alguien temiese ser curado? ¿o acariciado? ¿Quién teme acaso la salud? ¿o quién odia el cariño?

“SEÑOR, para comprender esa monstruosidad, es necesario creer en el mal. Es preciso reconocer que los hombres son tales, que fácilmente su naturaleza se rebela contra el sacrificio, y que cuando siguen el camino de la rebelión, no hay infamia ni desorden de los que no sean capaces. Es necesario reconocer que vuestra Ley impone sacrificios; que es duro ser casto, ser humilde, ser honesto, y en consecuencia es duro seguir vuestra Ley. Vuestro yugo es suave, sí, y vuestra carga ligera. Pero es así, no porque no sea amargo renunciar a lo que hay en nosotros de animal y desordenado, sino porque Vos mismo nos ayudáis a hacerlo.

“Y cuando alguien os dice «no», comienza a odiaros, odiando todo el bien, toda la verdad, toda la perfección de que sois la propia personificación. Y, si no os tiene a mano bajo forma visible para descargar su odio satánico, golpea a la Iglesia, profana la Eucaristía, blasfema, propaga la inmoralidad, predica la revolución.

“ ¿dónde están los cojos y los paralíticos, los ciegos, los mudos que curasteis, los muertos que resucitasteis, los posesos que liberasteis, los pecadores que reerguisteis, los justos a quienes revelasteis la vida eterna? ¿Por qué no vienen ellos a romper los lazos que prenden vuestras manos?”

Similar pregunta se puede formular en nuestros días delante de la matanza indiscriminada de católicos que se produce en Siria, en Irak, y en otros países vecinos, donde las casas de los católicos son marcadas con un “N” que los identifica como seguidores del Nazareno, es decir de Nuestro Señor. Ellos han tenido que enfrentar las mismas persecuciones, el mismo despojo, las mismas humillaciones, y, en muchos casos, hasta la misma muerte de cruz.

¿Y dónde está la reacción de los otros católicos del mundo? ¿Dónde están los voluntarios que se ofrecen para ir a defender a sus hermanos en la Fe? ¿Dónde esta el celo por la integridad de la religión y el culto en las zonas más antiguas en que se celebra la Misa, como es en el Valle de Nínive, en Damasco o en Alepo?

Lamentablemente la respuesta de Occidente en nuestros días se aleja mucho de la que caracterizó la de los católicos de la Europa Medieval, que al saber de la persecución a los católicos en esos países, proclamaron en alta voz: “Dios lo quiere”,  y abandonando la comodidad de sus casas y castillos,  se embarcaron en la más noble de las batallas que fueron las cruzadas.

Nos falta el espíritu de cruzada porque nos falta el espíritu de Fe que animaba las almas de esos soldados de Cristo.

Pidamos en el día en que celebramos la Fiesta de todos los santos, que ellos nos obtengan, por los ruegos de María Santísima, quien nunca vaciló en la fe en la divinidad de su Hijo, que nuestras almas también reciban el don de una Fe categórica y combativa.

Un Fe que sea proporcional y contraria al odio de quienes la persiguen a través de la espada, de la mentira, o peor aún, con el mal ejemplo de quienes deberían ser los primeros a edificarnos con su virtud.

Muchas gracias.

Y no olvide seguirnos en nuestra página web. wwwaccionfamilia.org, o en el próximo programa de esta su emisora.

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