Soberanía y población: cuando un país deja de tener hijos

Estimado radioyente:

Hay una cuestión que, de vez en cuando, vuelve a aparecer en las relaciones entre Chile y Argentina: la soberanía sobre el Estrecho de Magallanes.

Conviene comenzar por una afirmación clara: el Estrecho de Magallanes pertenece a Chile y se encuentra bajo su soberanía.

El régimen jurídico del Estrecho está establecido por el Tratado de Límites de 1881 y por el Tratado de Paz y Amistad de 1984

Pero precisamente porque la soberanía chilena sobre Magallanes está jurídicamente establecida, podemos hacernos una pregunta más profunda: ¿qué hace que un país sea realmente soberano de un territorio a través del tiempo?

En la historia de las naciones encontramos diversos elementos: los títulos jurídicos, los tratados, la ocupación efectiva, el ejercicio de la autoridad y, naturalmente, la presencia estable de la propia población.

Y aquí aparece un problema crucial que Chile no puede ignorar.

Entre los argumentos que se escuchan por parte de algunos argentinos que cuestionan la soberanía exclusiva de Chile, se refiere a la realidad demográfica de la Patagonia: la existencia de una importante población argentina en diversas localidades.

Ese argumento puede constituir una señal de alerta mucho más profunda.

Porque un territorio no se defiende solamente con documentos guardados en archivos, ni solamente con declaraciones de cancilleres. Un territorio necesita ser habitado, trabajado, comunicado, desarrollado y amado por la nación que ejerce sobre él su soberanía.

Y es aquí donde debemos mirar el problema demográfico chileno.

Los datos son extraordinariamente elocuentes.

Miremos los extremos de Chile.

El Censo de 2024 registró apenas 244.569 habitantes en Arica y Parinacota, mientras que la Región de Magallanes y de la Antártica Chilena alcanzó 166.537 habitantes.

Chile tiene, por lo tanto, enormes extensiones territoriales con una población extraordinariamente pequeña.

Y al mismo tiempo, en esas zonas existe una presencia creciente de personas nacidas fuera de Chile.

En Arica y Parinacota, el Censo 2024 registró 36.188 personas nacidas en el extranjero; en Magallanes fueron 10.997. En el extremo norte, la población nacida fuera de Chile representa el 14,9% en Arica y en Tarapacá llega al 23,2%.

Esto tampoco significa, por supuesto, que los inmigrantes constituyan una amenaza para la soberanía.

El problema es otro.

El problema es que Chile necesita tener suficientes chilenos viviendo en todo el territorio nacional.

Porque una nación que envejece y se reduce demográficamente puede conservar durante mucho tiempo sus fronteras en los mapas, pero comienza a enfrentar dificultades para mantener escuelas, servicios, infraestructura, actividad económica, fuerzas de seguridad y, en definitiva, una presencia humana efectiva en las zonas más alejadas.

El propio Censo muestra que Magallanes tiene uno de los crecimientos regionales más bajos del país. Aysén, con 100.745 habitantes, aumentó solamente un 1,3%.

En el otro extremo, Arica y Parinacota tiene 244.569 habitantes y una proporción de población nacida fuera del país cercana al 15%.

Por eso, el problema de la natalidad no puede ser visto únicamente como una cuestión privada, económica o familiar. También tiene una dimensión nacional.

Una nación que deja de tener hijos no solamente tendrá menos trabajadores, menos jóvenes y más personas mayores. Tendrá también menos población disponible para habitar sus regiones extremas.

Esta situación puede, con el paso de las décadas, producir graves dificultades para sostener una presencia humana, económica y estratégica suficientemente vigorosa en sus territorios extremos.

Y eso debería preocuparnos porque Chile comienza en Arica y termina en Magallanes. Chile está en Visviri, en Putre, en Tierra del Fuego, en Puerto Williams, en las islas australes y desde la comuna donde Ud. nos está oyendo. En cada uno de estos lugares donde una familia chilena decide permanecer, trabajar y educar a sus hijos está el mismo País.

Por eso, cuando hablamos de natalidad, estamos hablando mucho más que de estadísticas. Estamos hablando de continuidad nacional.

Una sociedad puede tener excelentes carreteras, buenos tratados internacionales, Fuerzas Armadas preparadas y una diplomacia competente. Todo eso es indispensable. Pero hay algo que ninguna de esas instituciones puede sustituir: la existencia de una población chilena que quiera vivir y permanecer en el propio territorio nacional.

Y aquí aparece una pregunta incómoda para todos nosotros.

¿Qué ocurrirá con Chile si durante generaciones nacen cada vez menos niños? ¿Qué ocurrirá con nuestras ciudades pequeñas? ¿Qué ocurrirá con las regiones extremas?

No debemos mirar este problema con miedo ni con hostilidad hacia quienes vienen de otros países. Debemos mirarlo con sentido de responsabilidad nacional.

Los argentinos que viven en la Patagonia argentina tienen todo el derecho a ser argentinos. Los bolivianos y peruanos que viven legalmente en Chile tienen sus propios vínculos nacionales y familiares. Pero los chilenos tenemos también una responsabilidad: mantener viva nuestra propia nación y poblar nuestro propio territorio.

Por eso, la crisis de natalidad debería entrar definitivamente entre las grandes preocupaciones de la sociedad y del Estado.

Tenemos que preguntarnos ¿quiénes vivirán en nuestras regiones, ¿quiénes mantendrán nuestras ciudades y quiénes continuarán la presencia histórica de Chile en los lugares más apartados de nuestra “loca” geografía?

Y la respuesta no puede consistir simplemente en esperar que otros ocupen el espacio que nosotros mismos hemos dejado vacío.

La solución de fondo comienza en la familia.

Porque detrás de cada niño que nace no hay solamente una nueva persona. Hay una nueva generación. Hay una nueva familia. Sobre todo, hay un proyecto de Dios que se hace realidad.

Por eso, defender la soberanía de Chile no consiste únicamente en levantar la voz cuando alguien formula una injusta pretensión territorial.

También consiste en tener hijos.

Y quizás una de las maneras más concretas de comenzar a defender nuestra soberanía sobre el Estrecho de Magallanes esté mucho más cerca de nosotros de lo que imaginamos: en nuestros propios hogares, en nuestra capacidad de formar familias y en nuestra disposición a recibir con esperanza a las nuevas generaciones que Dios nos mande.

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