Autoridad, obediencia e individualismo

El pasado 11 de febrero se celebró el aniversario de las apariciones de la Santísima Virgen de Lourdes, por lo cual las grutas que se encuentran a lo largo de todo el país se llenaron de devotos para pedir sus favores o agradecer las gracias concedidas por a la Madre de Dios.

Es probable que alguno de los radioyentes que en este momento nos escuchan, a través de esta su emisora regional, hayan ido a alguna gruta cercana y hayan podido rezar a los pies de la Imagen.

Por mi parte yo estuve en la gruta de Santiago, donde se encuentra un sinnúmero de placas de agradecimiento de personas y familias que fueron oídas en sus pedidos. Me distraje un poco viendo los ex votos y sus leyendas. La mayoría eran de padres de familia que agradecían los favores pedidos por la salud o el trabajo de sus cónyuges e hijos.

Me llamó la atención una placa grande de la década del 40 que decía: “Te agradecemos Madre de Dios por haber sanado a nuestro jefe de su enfermedad”.

En primer lugar, me sorprendió la preocupación y el agradecimiento por la salud del “Jefe”. La placa no indicaba de qué empresa o repartición era, pero claramente se trataba de subordinados que estimaban en mucho la recuperación de su superior, el “jefe”.

Cuando la leí, me pregunté: ¿por qué hoy será tan difícil encontrar una placa con esta leyenda? ¿Por qué los “jefes” son tan poco estimados, que ver algo así llama hoy día la atención?

La respuesta que encontré pensando en el tema;  la comparto con Ud. estimado radioyente, porque me parece que tiene una importante relación con las preocupaciones de todas las familias.

Hay dos malas tendencias en la sociedad en que vivimos y que marchan juntas.  

La primera es el individualismo. El individualista es una persona que considera que en la vida se puede autoabastecer perfectamente solo, y que por lo tanto no necesita de otros para alcanzar su realización. Menos todavía de un “jefe” que lo contraríe en sus caprichos y preferencias.

La segunda es una consecuencia forzosa de la anterior. El que no quiere superiores tampoco quiere obedecer.  

Precisamente obedecemos cuando consideramos que no tenemos nosotros la última palabra en materia de sabiduría; y reconocemos que existen otras personas que, por las más variadas razones,  sean de edad, de experiencia, de conocimientos, de cargo, etc., están en relación a nosotros en una situación de superioridad, o sea, de “jefes”.

En sentido opuesto, al individualista le disgusta obedecer e incluso también mandar, pues el hecho de ejercer un cargo lo pone en relación con otros, cuando precisamente lo que  él busca es ser autónomo y tener que relacionarse lo menos posible con los otros.

A esta altura de mis pensamientos, me pregunté ¿Qué ocurriría en una sociedad sin autoridad y sin obediencia?

La sociedad inmediatamente paraba de progresar, pues la autoridad es precisamente lo que ayuda al inferior a suplir las propias carencias y a desarrollar sus potencialidades.

Es, por ejemplo, lo que se da en cualquier colegio o universidad. Los jóvenes que acuden a las clases van porque quieren aprender materias que desconocen y reconocen que sus profesores tienen los conocimientos que ellos no poseen.

De esa relación de inferior con superior,  debe surgir el respeto del alumno por el profesor. Porque él tiene algo que yo no tengo, y porque él me está transmitiendo ese conocimiento, yo le debo gratitud y respeto.  

A su vez también el profesor debe tener  una actitud de protección y respeto hacia su alumno, en el cual él debe ver  a quien quiere vencer su ignorancia y desarrollar las potencias intelectuales que Dios le dio.

Esa relación de respeto, gratitud y protección entre profesor y alumno, debe ser  todavía mucho mayor entre padres e hijos,  y ella se debe repetir entre todo tipo de relación de superiores con inferiores y viceversa.

De ahí que cuando esas superioridades están siendo permanentemente puestas en tela de juicio por los inferiores, surgen relaciones de abajo para arriba insolentes y agresivas. Lo que, muchas veces  obliga a los de arriba a tomar actitudes también fuertes y duras.

En una palabra, se acaba con la armonía en la sociedad, todo se vuelve conflicto y terminan ganando los que más gritan o los que tiene más fuerza. Es decir la ley de la selva.

Los padres nunca deben omitirse cuando ven actitudes o conductas gravemente inconvenientes en sus hijos. A pesar de parecer “mala onda”, o incomprensivos, ellos deben saber aplicar el principio de la autoridad, que consiste en saber corregir a los inferiores o subordinados en todo aquello y en la medida en que deben ser corregidos.

Muchas veces, de inmediato, no serán comprendidos. Pero no se preocupen por esto, porque, más tarde, cuando ellos sean mayores, se lo agradecerán.

Por su parte los hijos debes saber agradecer los consejos e incluso las reprimendas que le dan sus padres, pues les ayudan a darse cuenta de que ellos carecen de la experiencia de sus padres y los hace crecer y madurar. Es lo que dice el libro de la Sabiduría: «La vara y la corrección dan sabiduría»

De un acto de desobediencia nos vino la perdición: Fue la de  Luzbel, que se reveló contra Dios, exclamando “No serviré”.

De un acto de obediencia nos vino la salvación: Fue el “Sí” de María al Ángel que le anunció la encarnación de Jesús en su seno virginal. “Hágase en Mí según tu palabra”

De ahí surgen todas las demás virtudes de la sociedad.

Felices entonces las sociedades que saben apreciar la obediencia y colocan placas de agradecimiento por la mejoría de sus “jefes”.

Lo esperamos en la próxima semana, para otro programa de Acción Familia en esta su emisora regional, o puede seguirnos en wwwaccionfamilia.org.

Muchas gracias por su interés.

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