Violencia y “Apruebo”

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Esta semana tuvo lugar, a través de las páginas de un matutino, una interesante polémica entre personeros del centro y de la derecha con relación al tema de la violencia y el voto “apruebo” en el plebiscito del 26 de abril.

Por un lado, el ex Ministro de Educación Gerardo Varela manifestó que, en virtud de los permanentes actos de violencia perpetrados por quienes promueven una nueva Constitución, pensaba que ganará el voto “rechazo”.

A lo anterior le respondió Juan Luis Ossa Santa Cruz, favorable al “apruebo”, diciendo que no se puede afirmar que quienes están a favor de su posición fueran todos violentistas, narco- comunistas, etc.

El tema es importante pues deja en evidencia un aspecto poco considerado del próximo plebiscito.

En teoría, el Sr. Ossa tiene razón al afirmar que no se puede poner en “el mismo saco” a todos lo que pretenden votar “apruebo”. Sin embargo, él no parece tomar en cuenta que la génesis del proceso plebiscitario es fruto manifiesto y reconocido de la violencia.

En efecto, el Acuerdo parlamentario que terminó aprobando el próximo plebiscito se dio en un contexto de violencia tal que los Partidos oficialistas y el propio Gobierno capitularon de toda su agenda creyendo que así evitarían que el País terminase en un espiral de violencia imparable.

A lo anterior se debe agregar que el referido Acuerdo no obtuvo ni de lejos la pacificación de los violentistas, quienes –como es de público conocimiento– continúan semana a semana perpetrando todo tipo de atentados contra Carabineros y propiedades públicas y privadas, entre las cuales muchos templos religiosos.

En consecuencia, quienes llevan “la voz cantante” dentro de los “apruebo” no son los moderados de centro derecha, como pueden ser los Sres. Ossa, Lavín, Desbordes y otros, sino los violentistas que persisten pertinazmente en sus actos de amedrentamiento.

Por ello, y por más que existan moderados dentro de los pro “apruebo”, fatalmente ellos han pasado a integrar un mismo bloque con los violentistas que mantienen tal actitud.

El único modo para que tal identificación no se produzca es que los moderados consigan inhibir y neutralizar a los violentistas. Pero, aquí entra el tema de difícil solución: los moderados se dividen en relación frente a los violentistas.

Existen algunos que, como los nombrados, parecen preferir que los violentistas se moderasen en algo, pero les reconocen el “mérito” de haber instalado el tema y de haber forzado el Acuerdo pro nueva Constitución.

Otros, menos moderados, no sólo les reconocen ese “mérito”, sino que legitiman esa misma violencia impidiendo el monopolio de la fuerza por parte del Estado, de acuerdo con la ley.

La fracasada acusación contra el Intendente Guevara fue una clara señal de ese ánimo por parte de la casi totalidad de los Partidos de oposición. Tanto es así que aquellos pocos de entre ellos que se negaron a sumarse a aprobar la acusación, hoy son llamados a los tribunales disciplinarios de sus propias colectividades por haber “traicionado” la posición de sus Partidos.

En consecuencia, cuando coinciden en una misma opción grisácea en relación a los métodos violentos, y un conjunto –ciertamente minoritario, pero muy activo y totalmente inescrupuloso– de violentistas, los primeros desaparecen de la escena, dejando el protagonismo a los segundos.

Es lo que ha ocurrido históricamente en todos los procesos revolucionarios. Los Jacobinos terminaron deglutiendo a los Girondinos; los bolcheviques a los mencheviques; los Lenín a los Kerenskys, los comunistas radicales a los “idiotas útiles” y así por delante.

No nos cabe ninguna duda que esa constante fatal se repetirá en nuestro País. Serán los Messina que terminarán deglutiendo a los Ossa, a los Lavín o a los desbordes, a no ser que éstos exijan absolutamente acabar con la violencia. Pero para ello se necesita mucha valentía y convicción, además de un grupo numeroso de guardaespaldas…

¿La tendrán?

El tiempo lo dirá.

Si no lo consiguen, desde ya están avisados que el plebiscito habrá perdido su carácter democrático, pues si hay algo que impide tal rótulo es precisamente el ejercicio de la violencia.

Credo, pasado, presente y futuro de Chile

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