Una declaración de la Conferencia Episcopal que causa perplejidad

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La semana pasada la Conferencia Episcopal, a través de su Presidente, Monseñor Santiago Silva,  dio a conocer una larga declaración que fue noticiada de modo resumido y con poco destaque por los medios de comunicación.

Por la importancia que tiene la voz de la Conferencia Episcopal, al menos para quienes somos católicos, consideramos importante reseñar –con el debido respeto- algunas observaciones que ella nos merece.

Dada a conocer pocos días antes de las elecciones, esperábamos que ella se refiriese a la imposibilidad moral de dar el voto a los candidatos que se han manifestado en favor del aborto.

Lamentablemente, no encontramos en la referida declaración ninguna referencia a tal prohibición. Sin embargo, hay otros aspectos, que parecen destinados a “contentar” a todos.

El primero de ellos es precisamente lo relativo a la aprobación de la ley del aborto.  Esperábamos de parte de la CECh, una declaración que fuera, al mismo tiempo , una censura proporcionada al pecado cometido, cuanto una debida reparación al Supremo Ofendido: Dios Nuestro Señor.

En vez de eso leemos lo que sigue: “Al respetar y promover la vida humana, en todas sus dimensiones, la Iglesia rechaza el aborto, como asimismo las escandalosas e injustas desigualdades sociales, la usura, la eutanasia y la discriminación arbitraria.”

Al hacer un elenco de temas tan disímiles, cuanto el aborto y la usura o las desigualdades sociales, pareciera que la declaración engloba en igualdad de condiciones lo que significa el pecado individual del usurero,  con un pecado nacional, como es el de la aprobación de una ley inicua.

Más aún, el modo de decir que “la Iglesia rechaza el aborto”, parece más una declaración notarial que una debida y proporcionada reparación al pecado cometido al aprobarlo.

A reglón seguido, en vez de convocar a la resistencia legal a esa ley,  la declaración asume como fatal la situación y se limita  a informar que hará  “un acompañamiento”. Con lo cual, ipso facto, apagan el ánimo de continuar la batalla en contra del mantenimiento de la ley asesina, por parte de las organizaciones católicas de civiles que se han consagrado, por años, a impedir su aprobación.

Otro ítem que nos llama la atención, en la declaración en comento, es lo relativo a las conductas homosexuales. Nadie ignora que existe un fuerte lobby nacional e internacional que está presionando para legalizar lo que se llama el “matrimonio homosexual”.  

Frente a esa embestida, era de esperar que la CECh, reiterase su total rechazo de la iniciativa. .  

Lo que leemos al respecto dista mucho de cualquier condena a esas conductas: “las personas homosexuales merecen ser tratadas con el respeto que todo hijo e hija de Dios se merece, y acogidas con respeto, compasión y delicadeza, evitando todo signo de discriminación injusta”.

Naturalmente que todo ser criado por Dios merece el debido respeto. Pero, ¿por qué omitirse de formular, a lo menos, una cesura  al proyecto de “matrimonio homosexual”? ¿Por qué no recordar que de acuerdo a la doctrina moral de la Iglesia católica, las conductas homosexuales son “intrínsecamente perversas”?

Por último, delante de la pavorosa disgregación del vínculo conyugal, que gangrena a todo el cuerpo social, era de esperar también, de parte de los Pastores,  un llamado a la fidelidad de los esposos como norma única de convivencia sana entre ellos.  Para lo cual bastaba citar lo que Nuestro Divino Salvador enseñó: “Lo que Dios unió no lo separe el hombre”.

Al contrario, leemos en texto episcopal: “respecto de la situación eclesial de las personas separadas que han formado una nueva unión, que la pastoral y catequesis matrimonial ha de fundarse en el criterio que plantea el Papa Francisco en su exhortación apostólica “La Alegría del amor”, sobre el amor en la familia: ‘discernimiento pastoral cargado de amor misericordioso, que siempre se inclina a comprender, a perdonar, a acompañar, a esperar, y sobre todo a integrar’”.

Pareciera que el pecado de adulterio, que se multiplica de modo devastador, ha desaparecido para los maestros de la moral. Quienes se encuentran en esta situación,  ya no son adúlteros ni están privados de los sacramentos;  sólo son “separados que han formado una nueva unión”, a los cuales se debe, “sobre todo integrar”.

¿Dónde quedó el mandato “lo que Dios unió no lo separe el hombre”?

Baste lo señalado para decir que el documento en cuestión nos deja perplejos.

Sí, perplejos delante de una doctrina que parece omitir los mandatos de Nuestro Señor, de una alimentación que no nutre las almas y de una luz que no ilumina las conciencias.

“Sea vuestro lenguaje Sí, sí; No, no, porque lo demás viene del maligno”, fue la enseñanza de Nuestro Divino Redentor -es decir un Sí a la virtud y un No al vicio-. El documento de la CECh, parece decir, “sea vuestro lenguaje sí, sí; Sí sí, porque lo demás viene de los rigoristas”.

¿Cómo no quedar perplejos?

©Credo. Pasado presente y futuro de Chile

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