Un pronóstico para el 2019: ¡La Fe será la única luz! 

0 196

Lo que diferencia un pronóstico de una adivinanza es que el primero se basa en datos conocidos y racionales y la segunda en quimeras subjetivas. En ese sentido, se puede decir que lo que nos dejó el 2018 es una base que nos permite visualizar con objetividad lo que será este nuevo año.

Si tuviéramos que resumir la herencia del año que terminó diríamos que fue el año del derrumbe de todas las instituciones.

En efecto, tanto en el plano nacional cuanto internacional, en la esfera pública cuanto en la privada, desde las instituciones más sagradas, como la Iglesia Católica, pasando por las más cercanas, como Carabineros de Chile o las Fuerzas Armadas nacionales, todas sufrieron un profundo terremoto.

En el plano internacional, las manifestaciones de los “chalecos amarillos” en Francia pusieron en jaque desde el Presidente Macron hasta los legisladores, en una especie de cuestionamiento general de todas las instituciones galas.

El mismo Papa, suprema imagen de lo que debería ser un faro incontrovertible, no parece iluminar con la claridad de otrora. Las luces de este faro sagrado muchas veces emiten señales ambiguas, imprecisas o indican hacia una dirección diferente de lo que la Iglesia siempre enseñó.

Ocurre que las instituciones son para las sociedades, de algún modo, lo que los padres son para los niños. Así como el niño crece viendo e imitando a sus progenitores, las sociedades se desarrollan de acuerdo a sus propias instituciones. Por eso, cuando faltan las instituciones la sociedad pierde la guía y el norte y casi todo se hace obscuridad.

El 2019 no será una travesía por el desierto, sino una travesía en la oscuridad. Y quien camina en lo obscuro debe estar preparado para todas las malas sorpresas, para los golpes inesperados, para los choques con lo que no se ve con claridad.

Quizá algún lector nos objetará que estamos siendo “profetas de desventuras” y que ello sólo sirve para deprimirlo.

No pensamos así. La peor situación de un ciego no es haber perdido la vista, es no darse cuenta de que está ciego, porque ahí los riesgos de la ceguera se transforman en reales calamidades.

Quien ve a un ciego caminar por la calle, observa que sus pasos son cuidadosos, su bastón lo ayuda a tantear lo incierto, está dispuesto a recibir ayudas y consejos de quienes le pueden indicar el camino seguro, etc. En una palabra es un ejemplo de la virtud de la prudencia.

¿Quiere esto decir que debemos tomar una actitud vacilante y timorata?

En ningún caso. En medio de esta obscuridad general, hay una luz que no se apaga, que lo ilumina todo y que ayuda en cualquier circunstancia. Es la luz de la Fe católica, apostólica y romana.

Demos un ejemplo concreto y admirable de esta obscuridad y confusión, iluminadas por la Fe.

La actitud de los católicos chinos fieles a Roma.

Ahí todo es confusión. Las autoridades comunistas los persiguen por su fidelidad al Papado y, al mismo tiempo, las autoridades romanas firman un acuerdo con las autoridades comunistas y reconocen a los Obispos cismáticos.

Así, los católicos fieles, llamados “clandestinos”, están entre la espada y la pared. Sin embargo ellos no vacilan, tienen clara su Fe y la debida obediencia a sus mandamientos, y en medio de la obscuridad y confusión dan un ejemplo a los católicos del mundo entero. Ellos fueron capaces de celebrar la conmemoración de la Navidad, en medio de este ambiente.

Un ejemplo histórico de esa misma actitud valiente en medio de la obscuridad, fue la del noble Juan I conde de Luxemburgo, en la guerra de los Cien Años, en la batalla de Crécy, el 26 de agosto de 1346.

Juan de Luxemburgo era ciego y, haciendo gala de gran coraje, fue a la batalla atado a otros dos caballeros que le hacían de guías. En el momento de cargar con la caballería, Juan montó y atacó con los demás, mientras otro jinete le llevaba el caballo de la brida. Junto con los anteriores, murieron Luis I, conde de Flandes, y Rodolfo, duque de Lorena.

Sin embargo, tal fue el heroísmo del caballero ciego, que el príncipe de Gales, del lado opuesto a los franceses, recogió su escudo y pidió a su padre incorporar al suyo las tres plumas que lucían en el del caballero ciego.  Hasta hoy ellas distinguen a los Príncipes de Gales, tres plumas de avestruz blancas con el lema “Ich Dien”, que en alemán quiere decir: “Yo sirvo”.

Es la prudencia de quienes tienen Fe. Saben dónde y cómo golpear y Quien merece ser servido. Dos buenas lecciones para empezar este año en medio de la obscuridad general.

Credo; pasado, presente y futuro de Chile

 

Déjanos tu opinión

Leave A Reply

Your email address will not be published.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.