¿Sínodo de la Amazonia o amazonización de la Iglesia?

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Imagine el lector las consecuencias para la civilización y el progreso del mundo si San Remigio le hubiera dicho a Clodoveo: “no hay necesidad de que quemes a los dioses que adoras pues ellos representan valores inmemoriales de la cultura original de tu pueblo”.

O si San Bonifacio como apóstol de lo que sería Alemania, no hubiese quemado delante del pueblo germano el roble que estos adoraban, considerando que en éste se escondían fuerzas en armonía con la naturaleza que se deberían respetar.

O, peor aún, si San Pedro y San Pablo al llegar a Roma hubieran dicho que los manes, lares o penates representaban valores culturales ancestrales que no se deberían perder.

Si así hubieran procedido los primeros apóstoles, ciertamente que más tarde, los misioneros que viajaban con Hernán Cortés, siguiendo el ejemplo de sus predecesores, en vez de lavar la sangre de la pirámide de los sacrificios humanos, hubieran encontrado aspectos altamente rescatables de la “semilla del verbo” en estos indios un tanto belicosos.

A su vez los compañeros de Pizarro habrían considerado también que los Incas no deberían abandonar sus costumbres y antes que recibir el Evangelio, deberían ser ellos mismos enseñados por indios tan llenos de sabiduría innata.

Si todo eso hubiera pasado no habría existido ni civilización ni cristiandad. Hoy seríamos pueblos nómades en medio del atraso, la barbarie y la estagnación multisecular.

En realidad esta hipótesis es tan absurda que cuesta imaginarse incluso si ella sería factible.

Sin embargo, el Instrumentum Laboris (IL) para el Sínodo de la Amazonia, dado a conocer esta semana pasada, sostienen posiciones bien similares a lo que imaginamos.

Toda su redacción está impregnada de una visión trasnochada del “buen salvaje” de Rousseau. Los indios en general y las tribus de la Amazonia en particular serían pueblos intocados de la corrupción del occidente, en relación a los cuales, antes de enseñar, hay que aprender.

Veamos algunas de sus afirmaciones:

Sobre la evangelización sostiene que: “Los pueblos originarios de la Amazonía tienen mucho que enseñarnos. Reconocemos que durante miles de años han cuidado de su tierra, agua y bosque, y han logrado preservarlos hasta el día de hoy, para que la humanidad pueda beneficiarse de la alegría de los dones gratuitos de la creación de Dios. Los nuevos caminos de la evangelización deben construirse en diálogo con estas sabidurías ancestrales en las que se manifiestan las semillas de la Palabra”.

Sobre el tipo de civilización a la cual parece aspirar el IL es el comunitarismo tribal en comunión con el medio ambiente: “la vida de las comunidades amazónicas aún no alcanzadas por el influjo de la civilización occidental se refleja en la creencia y en los ritos sobre la actuación de los espíritus, de la divinidad, – llamada de inúmeras maneras – con y en el territorio, con y en relación a la naturaleza. Esta cosmovisión se resume en el ‘mantra’ de Francisco: ‘’Todo está integrado’”. Nótese que la referencia a la “divinidad llamada de innúmeras maneras” se está refiriendo a la visión en general panteísta de esas tribus, para las cuales dios se confunde con el todo visible y con la tierra. Es lo que en las tribus del Pacífico se llama la “Pachamama”.

Sin embargo, para los redactores del IL, esta realidad que se caracteriza por: “la diversidad original que ofrece la región amazónica –biológica, religiosa y cultural-evoca un nuevo Pentecostés”, “un paradigma, una esperanza para el mundo”.

Naturalmente, si la admiración por la vida tribal de la Amazonia significa “un nuevo Pentecostés”, el “Hombre viejo”, del cual nos habla San Pablo y del cual debemos librarnos, es la civilización y el progreso: “Tanto el acelerado fenómeno de la urbanización, como la expansión de la frontera agrícola a través del agronegocio y hasta el abuso de los bienes naturales (…) se agregan a las ya mencionados injusticias”.

Nótese también que el documento en cuestión pone en el mismo plano de las “injusticias” la urbanización y la agricultura, con el abuso de los bienes naturales. Lo cual deja la impresión de que todo ello significa lo que hay que acabar, pues “provoca una crisis de la esperanza”.

La verdadera euforia de los redactores del IL por este tipo de vida tribal lleva a presentarlos como una lección para la Iglesia y el mundo: “Se trata de una gran oportunidad para que la Iglesia pueda descubrir la presencia encarnada y activa de Dios: en las más diferentes manifestaciones de la creación; en la espiritualidad de los pueblos originarios; en las expresiones de la religiosidad popular; en las diferenciadas organizaciones populares que resisten a los grandes proyectos; y en la propuesta de una economía productiva, sustentable y solidaria que respeta la naturaleza.”

Las expresiones utilizadas por el referido documento para el Sínodo presentan como malo cualquier “gran proyecto”, sin distingos de ninguna especie, y exaltan las “organizaciones populares que resisten” a ellos como un ejemplo a imitar. Es una condenación, entre otras, a cualquier inversión minera que utilice los recursos de un modo industrial y lucrativo, lo que se alinea con los discursos de las extremas izquierdas del Continente.

Con relación al mandato divino “Id y evangelizad a todos los pueblos”, el IL lo presenta en clave de “diálogo”. Se debe “reconocer los otros caminos que procuran desvendar el misterio insondable de Dios. La abertura no sincera al otro, así como la actitud corporativista, que reserva la salvación exclusivamente al propio credo, son destructoras del mismo credo”.

En palabras más claras. La Revelación y el mensaje de salvación que Nuestro Divino Redentor nos enseñó, no pasa de uno de los tantos modos de “desvendar el misterio insondable de Dios”. Aferrarse a Él, en una actitud “corporativista”, o sea católica, es una “destrucción del propio credo”, o sea, del catolicismo. Es la inversión completa de toda la misión que la Iglesia desarrolló en sus XX siglos de apostolado.

El espacio de este artículo no nos permite extendernos en la transcripción de las diferentes propuestas del IL, pero basta lo señalado para mostrar que éste documento puede subvertir todo el fruto milenario de la civilización y del progreso, retrotrayéndonos a una situación como la que imaginamos al comienzo de este comentario:

No quemes lo que adoraste” y entremos en un diálogo, fiero sicambro.

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