Siembra libertinaje y tendrás violencia

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Bombas molotov, disparos en un colegio de Puerto Montt y cuchilladas entre niños en Antofagasta marcaron la semana.

En realidad, los referidos hechos no son sino la punta de un iceberg: la violencia crece asustadoramente en los colegios de Chile.

De acuerdo con el primer estudio nacional de formación ciudadana, realizado por la Agencia de Calidad de la Educación entre estudiantes de octavo básico (14 años), un tercio de ellos estima que “la violencia o la fuerza física son medios válidos para lograr lo que una persona quiere”.

Frente a esta espiral se proponen medidas paliativas. Las Municipalidades de Las Condes, Quilpué, Lo Barnechea, Colina y Peñalolén anunciaron que llevarán a cabo una consulta ciudadana el próximo 23 de junio con el fin de que la comunidad se pronuncie si quiere establecer algún horario de restricción para la circulación de menores de edad -principalmente en horas de la madrugada-con el objetivo de disminuir los índices de consumo de alcohol y estupefacientes.

Por otra parte se propone establecer la revisión de las mochilas al interior de los colegios, como forma de evitar el ingreso de armas por parte de estudiantes y de este modo disminuir los riesgos de hechos criminales como los ocurridos en la semana pasada.

¿Serán eficaces estas medidas?

Para responder a esta pregunta es necesario saber primero cuál es el origen de la violencia por parte de niños de tan corta edad. De lo contrario se arriesga a transformar las plazas, los colegios y hasta las guarderías infantiles en casi presidios donde todos los menores de edad podrán pasar a ser potenciales delincuentes.

En realidad, los menores de edad, más que ser los culpables de esta situación de violencia generalizada, son las primeras víctimas.

En efecto, desde la década de los 90, junto con la “vuelta de la democracia” y de la “alegría que viene”, se consideró que cualquier medida represiva del desorden y de la mala conducta en los colegios debía ser eliminada como resabio de la “dictadura”.

Los parlamentarios de entonces comenzaron a hablar del “derecho a la rebeldía”, del fin de los uniformes, de la no “discriminación” entre alumnos buenos y malos, y una larga lista de otras reivindicaciones cuyo fin último era liberar a la juventud de cualquier obligación o compromiso con el bien común de la sociedad.

Al mismo tiempo la familia natural y cristiana fue siendo sistemáticamente bombardeada por leyes que la relativizaron en su constitución, en su finalidad y en su indisolubilidad.

Las primeras víctimas de esas medidas de la Concertación de entonces, son hoy los padres de los niños que opinan que la violencia es un recurso válido para alcanzar sus fines.

Llevamos dos generaciones de permisivismo, el cual insiste sin cesar en los derechos del niño, de los adolescentes y de los estudiantes. De los deberes, ni una palabra.

Esa prédica se acompañó con una “educación” sexual que más podría ser llamada de “perversión” sexual. La primera generación fue asaltada por las Jocas, que hoy serían consideradas casi como lecciones de un colegio de religiosas. Durante el primer gobierno de la Presidenta Bachelet, un organismo dependiente del Estado promovió un concurso literario cuyas bases eran: “haz lo que quieras, con quien quieras, donde quieras, cuando quieras”. El resultado es que casi el 75% de los nacimientos son fuera del matrimonio y por tanto de la familia.

¿Cómo, entonces, puede llamar ahora la atención que los hijos de esas primeras víctimas de la revolución cultural promovida por la Concertación, estén llegando a las consecuencias más extremas de aquello que les enseñaron?

Hay en esta “sorpresa” pública delante de la violencia por parte de los menores, mucho de cinismo y de ingenuidad liberal.

Los primeros -los cínicos- se escandalizan con los resultados de lo que ellos mismos sembraron. Los segundos -los liberales- consideran que se debe dar a los menores todas las libertades porque ellas nunca van a producir malos efectos.

Y cuando éstos se producen, ambos partidos rompen sus vestiduras y comienzan a discutir las medidas “preventivas” que ellos mismos saben que serán perfectamente inútiles.

Lo que no quieren reconocer es que se equivocaron de camino. Que del libertinaje no sale el orden, sino la violencia; que de la relativización del papel de la familia no sale la educación, sino la rebelión; que del pan-sexualismo no sale la madurez, sino la procacidad. Y que todas estas son las verdaderas causas a resolver.

Por lo tanto, la única solución verdadera es fortalecer a la familia, restablecer las normas basadas en la moral y en el derecho natural y permitir e incentivar la enseñanza de la religión por parte de verdaderos católicos, sacerdotes o laicos, con tal de que sean absolutamente serios y coherentes.

¿Será posible conseguir esto?

Credo; pasado, presente y futuro de Chile.

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