PSU e igualdad en el punto de partida

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Todos los años, después de conocerse los resultado de la PSU, surgen invariablemente los mismos comentarios.

Ella sería “clasista” porque los más altos porcentajes los obtienen los colegios particulares pagados. Es lo que afirmó el Presidente del gremio de profesores, Mario Aguilar, (los resultados) vienen a ratificar los reparos serios que ya existen, sobre todo, por el carácter segregador que tiene, dijo, tachándola de ‘clasista’“.

De acuerdo con ésta y otras opiniones similares, habría que acabar con la prueba para evitar desigualdades en el punto de partida de la carrera universitaria.

Para estos críticos, el mundo ideal sería llegar a una “inclusión” general y gratuita a todas las carreras de todas las universidades. Así, se empezaría por igual en el punto de partida de la vida, las diferencias vendrían por los méritos posteriores individuales.

El problema obviamente que trasciende al mero campo estudiantil, pues abarca un objetivo universal: alcanzar la igualdad desde el punto de partida. De acuerdo a este postulado, la justicia está en la igualdad y cualquier desigualdad es una injustica.

¿Es esta máxima verdadera?

Analicemos el asunto desde el punto de vista de la PSU.

Comencemos por observar que sus resultados no dice relación únicamente con los estudiantes que la rinden. Los resultados son una consecuencia de sus esfuerzos individuales, conjugados con los de sus padres y los del Estado.

En primer lugar el de los padres. ¿Ellos tienen derecho a esforzarse para alcanzar una mejor educación para sus hijos? ¿Tienen derecho a pagar colegios particulares exigentes si sus medios se lo permiten?

Es claro que sí. Los padres no trabajan solamente para su exclusivo provecho. Su principal preocupación naturalmente está en el futuro de sus hijos, negarles el derecho de traspasar sus esfuerzos para darles una educación de excelencia, es quitarles uno de los principales incentivos a su trabajo. Es condenarlos a la mediocridad.

¿Y es justo que existan colegios particulares pagados que terminen obteniendo siempre los más altos puntajes?

También respondemos por la afirmativa. Si es justo que los padres transmitan los frutos de sus esfuerzos a sus hijos, es justo también que existan los establecimientos educacionales de su preferencia para hacer este derecho efectivo. Negar la posibilidad de su existencia sería tan absurdo como impedir la importación de vehículos con mejor motor, porque ellos siempre ganan las carreras. Quedaríamos como en Cuba, con vehículos de la década de los 50’ o con los Lada que ya conocimos.

Nos parece oír la objeción de un lector de “buen corazón”. ¿Entonces Ud. quiere que los pobres siempre estén condenados a quedar fuera de las universidades y a entrar en el espiral de la pobreza y la delincuencia?

Evidentemente que no.

Digamos, en primer lugar, que entrar a la Universidad no quiere decir necesariamente abandonar la pobreza. ¿Cuántos han gastado años de tiempo y recursos en carreras que no les ha servido para el desempeño de su vida laboral?

En segundo lugar, aquí entra también el rol de los padres menos pudientes. Si ellos no tienen los medios económicos para pagar colegios caros, sí tienen los medios humanos para formarlos con fuerza de voluntad de modo a poder suplir esa carencia material. Vale mucho más un joven con fuerza de voluntad para estudiar y sin medios económicos, que otro con muchos medios económicos y sin fuerza de voluntad. Y que los hay, los hay.

A lo anterior hay que agregar el rol del Estado. Corresponde a él implementar las medidas subsidiarias para poder llenar las lagunas que los padres no lo puedan hacer por sí mismos. Es aquí donde se echa de menos una “educación de calidad”, en vez de una “educación inclusiva”. El Estado debe ayudar a los padres incentivando a los alumnos de colegios fiscales, sin regalar notas, pero fomentando el espíritu de superación.

Un ejemplo de lo anterior es el caso del Liceo Augusto D’Halmar. Es uno de los tres mejores a nivel nacional en resultados de la Prueba de Selección Universitaria (PSU), y el mejor entre los municipales gratuitos, lugar que ha ostentado durante los últimos cuatro años.

A la pregunta de “¿cómo un liceo gratuito, con 690 alumnos en total y 53 que rindieron el examen este año logra tener, a lo menos, ocho resultados sobre los 800 y un puntaje nacional?” Responde su director, Sr. Jaime Andrade: “Acá se quedan los que se esfuerzan, los luchadores, los que quieren y pueden”. Uno de sus alumnos reconoce que para “quedarse” tuvo que renunciar al skate.

***

Resumiendo: No es buscando la igualdad que se encuentra la solución. Al contrario, si imaginamos una entrada universal y sin pago a la Universidad, lo que ocurriría inmediatamente después sería que los títulos universitarios no valdrían más que el precio de una fotocopia. Entonces comenzarían los post grados, los doctorados, los magister, etc.

La igualdad es siempre la peor de las “soluciones” pues ella es una utopía contraria a la naturaleza con que Dios nos creó.

Credo; pasado, presente y futuro de Chile

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