Profanación de Iglesias y declaraciones de Monseñor Aós

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Las recientes profanaciones a templos católicos durante las manifestaciones “pacíficas” que han tenido lugar en varias ciudades del País de nadie pueden pasar desapercibidas.

Se supone que los manifestantes se mueven por reivindicaciones económicas y sociales. ¿Qué relación puede haber entonces entre tales exigencias y la invasión y posterior saqueo de los templos católicos?

En principio ninguno. Al contrario, las autoridades eclesiásticas se han mostrado más que abiertas a tales reivindicaciones, y desde hace mucho tiempo. Los manifestantes les deberían estar más que agradecidos.

Sin embargo, en este mismo espacio hemos advertido que lo que realmente mueve a buena parte de los manifestantes “pacíficos”, cuanto a la totalidad de los violentos, no es un mero deseo de regalías por parte del Estado para poder trabajar menos y vivir mejor.

Lo que en el fondo une a todos ellos es un profundo malestar, muchas veces inexplícito, con el actual orden establecido. Pero no sólo con el orden “in concreto” que tiene Chile, sino que contra todo y cualquier orden. Es decir, en la profundidad de muchas de esas mentes existe un anhelo de anarquía en las instituciones y de caos en el campo social.

Y ambos anhelos, el de anarquía y el de caos, están siendo encendidos por un odio sordo e insaciable de destrucción contra aquello que tenga relación con las instituciones que dieron orden al País.

Todo esto es atizado constantemente por las izquierdas de todos los matices y gran parte de la prensa que no se avergüenza de dar noticias no verificadas y de hacer la propaganda de un país utópico, sin elites, en que todos ganan y nadie paga la cuenta. Para ellos nada cuenta el país que sí está sufriendo con la situación creada, pero que teme la violencia desatada contra cualquier opositor.

Entre ellas, evidentemente que se encuentra en primer lugar la Iglesia Católica. No sólo por su papel histórico, como fundamento espiritual de la sociedad chilena, sino también y muy principalmente por sus enseñanzas morales y por su papel de preparar las almas para conocer, amar y servir a Dios.

En efecto, quien odia el orden no puede dejar de odiar al Autor del orden, que es Dios. Y quien se deja llevar por este odio, participa del odio de aquel que dijo en la primera batalla que tuvo lugar entre los ángeles creados por Dios: “no serviré”.

Este es un odio metafísico y profundo, que exige la destrucción de cualquier imagen del orden. Tanto de las instituciones que lo reflejan, cuanto de los edificios que lo representan.

Esta es la causa más profunda que inspira a los destructores. Delante de ella no cabe otra respuesta que la dada por San Miguel: “¡Quien como Dios!”.

Por este mismo motivo nos parecen especialmente inoportunas las declaraciones del Sr. Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Santiago, Monseñor Celestino Aós, al afirmar que “es evidente que la Constitución debe ser cambiada” y de ofrecer los espacios parroquiales para acoger los cabildos constituyentes.

No le corresponde a la autoridad religiosa de la Arquidiócesis manifestarse en un campo enteramente civil y político, cuanto es la reforma o redacción de una nueva Constitución. Éste es específicamente un campo que no le compete.

El Sr. Administrador Apostólico debería limitarse a señalar la necesidad de que en la eventualidad de que ella sea cambiada, nunca se deberá alejar de las enseñanzas del Magisterio católico y de la ley natural. Y que, en consecuencia, deberá mantener todas las garantías al derecho de propiedad privada y a la promoción de la familia natural y cristiana. Él podría, sí, decir que en el caso de que hubiera una nueva Constitución se debería incluir el sagrado derecho a nacer de todos los seres concebidos y consagrar al matrimonio exclusivamente como la unión del hombre y de la mujer.

Monseñor Aós no dijo nada de esto. Sólo se limitó a sumarse a las reivindicaciones de la “calle”. De los mismos que poco después profanaban las parroquias que él ofrecía como lugar de debates políticos.

Tales declaraciones parecen ingenuas de parte de quien está a cargo de la Arquidiócesis donde se han producido los más graves atentados. Desconocen el aspecto religioso del odio que se esconde detrás de quienes promueven estos atentados, y, peor aún, les otorga un sustento moral a los incendiarios.

Lo que espanta a cualquier observador sensato es que no haya liderazgo para decir un ¡basta! a tanta subversión al estado de derecho. ¿Estará Chile condenado a transformarse en una nueva Venezuela? Depende de Ud., lector, como depende de mi y de cada unos de los chilenos que nos coliguemos para decir no más anarquía, no más demagogia, coloquemos la casa en orden.

Las revoluciones más sangrientas fueron las que no tuvieron oposición desde el comienzo, como la francesa y la rusa, con una elite acobardada y solo queriendo salvar lo suyo y no el bien común de la nación.

Es hora más que propicia para que las autoridades religiosas recuerden a los católicos lo que Nuestro Divino Redentor nos enseñó: “Sin Mí nada podéis hacer”, porque todo lo demás proviene del “maligno”.

 

Credo Chile.

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