¿Patético final o tragedia sin fin?

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Parece el guión de una película de terror. Un dictador hermético y brutal, heredero de otros dos dictadores, manda matar a su ministro de defensa por haberse dormido en un desfile militar. Y lo asesinan con un cañonazo antiaéreo. La ejecución se suma a la de otros 15 funcionarios y cuatro músicos en similares circunstancias.

Otro hecho del mismo tenor. Un Presidente de Francia aterriza en una isla donde hace más de medio siglo gobiernan sin elecciones ni derecho de oposición, dos viejos decrépitos, uno de los cuales en situación terminal que más parece un resto arqueológico. El Presidente de Francia no se digna recibir a los representantes de los sectores disidentes que quieren el respeto de los derechos de la persona humana en la Isla Prisión, pero se muestra encantado con las dos piezas de arqueología.

Y, colmo de burla, el hermano menor menor – de quien no se debería olvidar su actuación en el Paredón – sale de una larga entrevista con el Papa, bromeando que, si Francisco  sigue hablando así, él volverá a oír Misa, pero sin que diga una sílaba sobre enmienda, pedido de perdón ni aceptación del Decálogo u otra expresión de la doctrina de la Iglesia.

¿Qué hay de común en estos hechos ocurridos en esta semana?

Son los estertores de una secta ideológica llamada “comunismo” que se empecina en no morir y que encuentra en quienes debería ser sus adversarios, consideración, estímulo y simpatía dignos de ser dedicados a una mejor causa o, al menos, a una que no merezca el calificativo de “secta intrínsecamente perversa”.

Nadie recuerda a las víctimas de esos dictadores, pocos dicen que muchos de ellos murieron gritando “Viva Cristo Rey” frente a los pelotones de fusilamiento. Sólo se condena el aislamiento a que Estados Unidos sometió a ese régimen inicuo en respuesta a todos sus crímenes.

Y, como si todo lo anterior fuera poco, el propio Presidente de los Estados Unidos se arrepiente de haber aislado al gobierno de los Castro y promueve un acercamiento unilateral y sin condiciones de democratización de la dictadura y menos en el sentido de que respete un poco los derechos humanos.

Parece el final patético de dos posiciones. La del comunismo que se arrastra pidiendo limosnas a sus antiguos enemigos y matando a sus propios funcionarios. Y la de los liberales, que, ante el evidente aplastamiento moral y económico de una nación cristiana, hace “gestos” de simpatía a los culpables de esa situación.

Se nos podrá alegar que esos “gestos” están orientados a preparar la transición para el futuro después de los Castro. En este caso, más que preparar una transición, lo que se está haciendo es prolongar una agonía. Pues, cuando no se formula ni una sola crítica a la opresión que esos dictadores han sometido a su propia nación, la transición difícilmente podrá excluir a los continuadores de esa enorme injusticia.

Y para ver que ésta es una “mala hierba que nunca muere”, más cerca de nosotros los comunistas pasaron a tener dos ministros y una “compañera” con rango ministerial (Barattini) en el nuevo gobierno de Chile. Es parte de nuestra neo-retroexcavadora que, como en los casos arriba, quiere hacer olvidar sus desgracias, sin reconocer sus males.

Así, el Partido Comunista chileno, que se apresuró a felicitar al actual dictador norcoreano por ocasión de su subida al poder, se mantiene silencioso ante la purga que éste lleva a cabo en esa nación.

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“Un solo corazón y una sola alma”, hecha de odio, de rencor y de crímenes de toda especie…

 

 

 

 

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