Obispos y Araucanía: “reconversión cultural” sin condena al terrorismo

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La reciente declaración del Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile, dada a conocer el pasado 6 del corriente, no puede dejar de producir un profundo desaliento entre los fieles católicos de todo el País.

En efecto, a lo largo de su declaración los Sres. Obispos no condenan en ninguna ocasión las acciones de carácter subversivo y terrorista practicado por una minoría de delincuentes que se aprovecha del rótulo indígena para instaurar un foco sedicioso que -de no ser urgentemente extirpado- podrá expandirse por todo el territorio nacional.

Al contrario, los redactores del documento parecen querer mostrase por encima de las partes, aconsejando por igual a un diálogo sin exclusiones. Sin embargo, cuando existe por una parte quienes hace décadas están atentando contra  el Estado de Derecho, con homicidios y todo tipo de ataques graves, entre los cuales la quema de Iglesias y seminarios de la zona; y, por otra, toda una población que sufre indefensa esos ataques, no puede haber equidistancia.

Por otra parte, un diálogo sólo es eficaz cuando las partes tienen un mismo rechazo al ejercicio de la violencia. En estos días el Gobierno ha dado a conocer su abertura al diálogo, con la excepción de aquellos que se encuentran condenados por hechos de homicidio y otros graves delitos.

Preguntamos, con todo el respeto y la consideración que sus altos cargos nos merecen, si los Obispos firmantes de la carta consideran posible dialogar con quienes desconocen el Estado de Derecho. O si ellos no estiman que -antes de un llamado al diálogo- la virtud de la prudencia exigiría de su parte una condenación previa a quienes están promoviendo o practicando esta violencia subversiva.

En las actuales circunstancias, formular un llamado al diálogo sin este fundamental esclarecimiento, tiene como principal efecto el de insinuar que ambas partes son igualmente legítimas, con lo que estimulan a los delincuentes a persistir en sus atentados y pretensiones. Así éstos se considerarán impunes de sus fechorías, y ello lógicamente no puede sino perjudicar la meritoria acción de las fuerzas del Orden en el cumplimiento de su deber de reprimir el delito.

Todo esto no hace sino agravar una situación ya altamente explosiva, con el consecuente perjuicio para el bien común.

A lo anterior se debe agregar que no dejan de llamar la atención en el texto episcopal los llamados a un reconocimiento de la “multiculturalidad” y de la “pluriculturalidad”. Es sabido que esos términos, que en sí mismos pueden parecer anodinos, hoy están siendo utilizados por el llamado “socialismo bolivariano” para descoyuntar las unidades nacionales de nuestro Continente. Así, la Constitución de Bolivia del 2009, se hace llamar “plurinacional de Bolivia”. Similares definiciones de “multiculturalidad y pluriculturalidad” se encuentran reseñadas en los textos constitucionales de Ecuador y de Venezuela, con la concesión de autonomía territorial y judicial, lo que está dando lugar a todo tipo de conflictos étnicos, sociales y políticos.

¿Esperan los Señores Obispos que una eventual próxima constitución chilena incluya los mismos conceptos del socialismo bolivariano? ¿Serán estos los “pasos efectivos y audaces para consensuar una agenda y un itinerario político y social” que nos aconsejan, de modo medio enigmático, los autores de la declaración?

Hay otro aspecto aún más cuestionable en la declaración de los Sres. Obispos. Lo que todos los chilenos de Fe tenemos derecho de esperar de nuestros Pastores es que, en esta hora tan crucial de la historia Patria, ellos formulen un llamado solemne a la conversión de la sociedad en su conjunto para Aquel que es “el camino, la Verdad y la Vida” y que nos advirtió “Sin Mí nada se podéis hacer”.

Lejos de realizar este llamado urgente, los Obispos – pareciendo abstraer del único Dios vivo y verdadero – consideran que el País requiere una “’reconversión’ que le permita emigrar hacia una auténtica interculturalidad, donde cada persona pueda vivir libre y plenamente su propia identidad, convicciones y cosmovisiones”.  Tal afirmación, proveniente de Maestros en la Fe, pareciera indicar que tanto vale invocar al Hijo de Dios hecho hombre, cuanto a la Pachamama o participar de un guillatún.

Para concluir, afirmamos que la paz sólo es fruto de la práctica de la “buena voluntad” entre los hombres. Es lo que cantaron los Ángeles en Belén: “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. Quienes emplean el crimen y la violencia para alcanzar sus objetivos, no pueden ser considerados “hombres de buena voluntad” y, por lo tanto, con ellos no podrá haber diálogo mientras no depongan sus armas y reconozcan el Estado de Derecho vigente en todo el territorio nacional.

Credo; pasado, presente y futuro de Chile.

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