Nuevos zarpazos de la “cultura de la muerte”

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La expresión “cultura de la muerte” es una fórmula que sintetiza en dos palabras una profunda realidad.

En efecto, como se sabe, la cultura es el conjunto de instituciones, hábitos, leyes, costumbres generados por una sociedad a lo largo del tiempo. La muerte es la cesación de la vida.

La “cultura de la muerte” pretende, por lo tanto, conseguir el fin de todo lo que caracteriza la vida de una nación.

Más grave aún, ella busca, en último análisis, la muerte del Autor de la Vida, pues, como enseña San Juan Evangelista, “en Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Nuestro Señor es, en consecuencia, el mal absoluto para esta cultura.

Las feministas que se treparon sobre la estatua de Mons. Crescente Errázuriz frente a la sede central de la UC, más que defender sus “derechos”, daban una señal de muerte a la decencia; quienes aprobaron el aborto no hicieron sino declarar la muerte de los inocentes; los defensores de la homoparentalidad, acaban con la idea del padre y de la madre; los que emplean el lenguaje “inclusivo”, torturan los conceptos y así matan las ideas; quienes postulan una educación “no sexista”, matan las naturales diferencias entre hombre y mujer, lo mismo hacen los ideólogos de la “identidad de género”… y así podríamos continuar “ad infinitum”.

Sin embargo, esta “cultura de la muerte” no se satisface con nada. Mientras haya cualquier forma de vida, ella querrá destruirla.

Lo que ocurrió esta semana pasada, no es sino dos nuevos zarpazos de esta “cultura de la muerte”. La primera contra los ancianos y los jóvenes que sufren enfermedades; la segunda contra todos los no nacidos.

La estrategia de la “cultura de la muerte” consiste en suscitar casos puntuales para justificar su acción. La semana pasada reflotó el caso de Paula Díaz, la joven de 19 años que sufre hace cuatro años una patología que aún no ha podido ser diagnosticada.

Los focos de los promotores de “la muerte”, se centraron entonces sobre la pobre niña y todos -a coro- exigieron que ella pueda “descansar”. Para lo cual, naturalmente, es “urgente” la aprobación de una la ley de la “muerte a asistida”, un asesinato consentido por la víctima, y colocando en riesgo su propia salvación eterna.

Pero como la “cultura de la muerte” no puede aparecer de modo tan evidente, ella siempre alega primero sólo tres causales en las cuales el asesinato sería legal: La del paciente desahuciado y terminal. En el caso de las enfermedades invalidantes, incurables y que implican un sufrimiento para el paciente. Y, finalmente, el dolor sicológico. Es lo que plantea, por ahora, la iniciativa presentada por el parlamentario Mirosevic.

Al anterior se suma otro proyecto, presentado por las diputadas de RN, Marcela Sabat, Karin Luck, Erika Olivera, y sus pares Sebastián Torrealba, Andrés Longton y Aracely Leuquén. La diferencia con el anterior es sólo que no incluye la tercera causal.

Así siendo, los mencionados parlamentarios habrán solucionado el problema de la contingencia y de los sufrimientos humanos. Sólo que la “solución” consistirá en matar a quienes las padecen. Una “solución” que será propuesta para cada vez más “beneficiarios” y los expondrá a una desgracia –por así decir- infinitamente peor…

El segundo zarpazo de esta cultura, también fue dado por el mismo parlamentario liberal, Mirosevic. Junto con él estarían acordes la mayoría de los parlamentarios del Frente Amplio: El aborto libre y sin causal ninguna. Esto, antes de que se cumpla un año de la legalización del aborto por  “las tres causales”.

Para lo cual, por supuesto, contarán con la conformidad de la DC y de los parlamentarios de Chile Vamos adictos a la “cultura de la muerte”.

En sentido opuesto a los vaticinios de estos oráculos, la semana pasada la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) emitió un informe donde recomienda a los Gobiernos de los países integrantes, entre los cuales Chile, a reforzar las políticas dirigidas a los más vulnerables, así como a la infancia, centrándose en el rol de la familia.

Como se ve, para un organismo técnico, evidentemente no confesional, el progreso de un país está sujeto a la fortaleza de la familia. En sentido opuesto, para los mencionados parlamentarios, éste está supeditado a la capacidad de matar que tenga el Estado.

¿Cuál de las dos terminará prevaleciendo?

Eso dependerá de Ud., de mí y de la actitud que tomemos todos los chilenos.

Credo, pasado, presente y futuro de Chile.

 

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