¡No es la Constitución, es la destrucción del Estado!

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Los actos criminales ocurridos después de los Acuerdos demuestran que sus organizadores consideran intrascendente una nueva Constitución.

En efecto, sería lógico que, si sus reivindicaciones tuvieran relación con el plebiscito para una nueva Constitución, ellos estuvieran promoviendo asambleas, cabildos y todo tipo de discusiones al respecto de su redacción.

No hay nada de esto. Las protestas siguen su cauce completamente independiente de los acuerdos políticos, como si ellos no existieran o no les interesara.

Y la razón de este total desprecio por una Nueva Constitución, es porque simplemente a los vándalos no les interesan las instituciones republicanas. Lo que pretenden es destruirlas todas. ¿Para qué entonces perder tiempo en discusiones bizantinas sobre su contenido o la composición de sus redactores?

Tal actitud no es exclusiva de quienes están destruyendo Chile. Ellos cuentan con la complicidad de los sectores políticos de izquierda que se han marginalizado de los Acuerdos y de aquellos que los firmaron sólo para ver claudicar las posiciones del Gobierno y de los Partidos que lo apoyan.

En realidad una nueva Constitución convocada y discutida en medio del caos y de batalles campales entre las Fuerzas del Orden y las huestes del desorden, es completamente inviable. Y esto es de tal evidencia que nadie puede ignorarlo.

Ahora, si estas huestes del desorden –las llamamos así pues en ellas se mezclan todos los ingredientes del lumpen político, delincuencial, social y otros ingredientes del mismo jaez- no se interesan por una nueva Constitución, entonces, ¿qué las mueve?

Precisamente lo contrario de una “constitución”, ellos quieren “deconstituir” el propio Estado de Chile. Y este objetivo ha ido quedando cada vez más patente a medida que van pasando las semanas de la anarquía.

La primera y única gran manifestación tuvo como símbolo una gran bandera nacional con los díceres: “Chile despertó”.  A poco andar, la bandera nacional fue siendo sustituida por las mapuches, y finalmente ella fue presentada en posición invertida o de negro, como muestra de repudio al emblema patrio.

Concomitantemente con este impune agravio al símbolo patrio se quemaron las Iglesias y las estatuas de los héroes nacionales.  

La consiga de “Chile despertó”, cambió por “ni Dios, ni ley”. Y bajo estas consignas se están moviendo los “deconstitucionalistas”.

Para ellos el Estado, con sus preceptos, instituciones, leyes y prohibiciones es una rémora de siglos pasados que se trata de superar.

Es precisamente lo que invocaba la Constitución de la URSS y el comunismo científico de Marx. Después del período de la “dictadura del Estado”, se debería pasar al de un sistema autogestionario, sin control de ningún tipo estatal donde cada colectivo se organizara de acuerdo a sus conveniencias y propios intereses, en total libertad e igualdad.

Después de que Chile se salvó del socialismo real y de la dictadura del Estado, dirigido por la UP, estamos volviendo –por medio de un salto cualitativo brusco- a la etapa final del proceso comunista: la anarquía autogestionaria de las “minorías” de todo tipo y género.

Por eso, si alguien increpase a los destructores recientes, echándoles en cara su incoherencia en sus delitos después de haber conseguido todo lo que querían, ciertamente se reirían y responderían:

“¡No es la Constitución lo que queremos, imbécil, es la destrucción del Estado.”

 

Credo; pasado, presente y futuro de Chile

 

 

 

 

 

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