Migrar: ¿un derecho?

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Ciertamente que el tema más debatido la semana pasada fue la decisión gubernamental, que felicitamos, de no asistir a la proclamación de Marruecos sobre la migración.

Pero vamos a la sustancia del problema: ¿Emigrar es un derecho humano? Y si lo es ¿Los Estados están obligados a acoger a las masas de migrantes que llegan?

Vamos por parte.

Si bien es cierto que salir del país del nacimiento es un derecho de cualquier persona, ello no obliga a los Estados a tener que acogerlos.

Lo mismo se aplica para el trabajo. Toda persona tiene derecho a trabajar, pero eso no quiere decir que él tenga derecho a exigir que lo empleen donde él mismo lo desea.

El derecho de migrar no tiene como contraparte la exigencia de recibir, precisamente porque la soberanía y la ciudadanía, no constituyen privilegios odiosos, sino uno de los últimos bastiones del orden internacional.

No hay en la medida gubernamental nada de xenofobia. Al contrario, el aporte proveniente de otras latitudes puede enriquecer al País, como fue por ejemplo la inmigración alemana promovida cuidadosamente por el Estado chileno en el siglo XIX.

Pero la situación actual es completamente diferente. El mundo pasó a ser una “inmensa aldea” donde las masas fluyen de acuerdo a las conveniencias económicas a uno u otro Continente; o dentro de un mismo Continente, de uno a otro país, provocando desequilibrios sociales, económicos e incluso políticos profundos.

No se puede cerrar los ojos a esta realidad evidente. Al contrario, es necesario encarar el problema con todas sus complejidades y sus futuras exigencias.

La firma de un acuerdo de esta naturaleza no se limita a hacer un “bonito papel internacional”. Ella compromete esfuerzos futuros de los Estados para acoger, sostener, alimentar, educar, proporcionar salud, etc., etc., a cantidades imprecisas de extranjeros, lo que ningún Estado puede asegurar, por más rico y próspero que hoy sea.

Más aún, cuando después de la firma vendrá el control de las Naciones Unidas, en especial de la alta comisionada de los DDHH, Sra. Bachelet, que considerará insuficiente todo lo que haga cualquier gobierno chileno que no sea de izquierda.

En verdad, no se consigue entender cómo puede haber políticos y ex ministros de RREE que se opongan a una medida tan elemental de defensa de los límites nacionales. La única explicación que encontramos para ello es un prejuicio ideológico.

En efecto, sus argumentos nos retrotraen a la década de los 60’ cuando se decía que los propietarios agrícolas eran unos “latifundistas”, que explotaban mal sus fundos y que la tierra era para “los que la trabajan”. ¿No bastan para ellos la pobreza y la inestabilidad que trajo aquello?

Pasado medio siglo, la misma “lógica” se aplica a las naciones. Ellas son extensiones -más o menos latifundiarias- que no están suficientemente aprovechadas y que les pertenece a los que la “ocupan”, independiente de su nacionalidad.

En pocas palabras, para quienes se oponen a la medida gubernamental, la soberanía, la nacionalidad, la ciudadanía son conceptos obsoletos que dicen relación a un orden de cosas perimido y quienes se obstinan en defenderlos se parecen a los antiguos propietarios que, por egoísmo, no querían entregar sus “latifundios” a las Naciones Unidas.

Lo que está por detrás de la mentalidad del pro emigración, es que no debería haber ni límites, ni fronteras geográficas, que no deberían existir países más ricos o más pobres, ni tampoco países más o menos ricos en recursos naturales.

O sea, el principio marxista, de la república universal, “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”, bajo el control de las Naciones Unidas.

Obviamente que el control de la ONU no se limita a exigir la abertura a los emigrantes, sino también la de legalizar el aborto y otros “derechos sexuales y reproductivos”, que se incluyen en el acuerdo de Marruecos y sobre lo cual nada se ha dicho en los comentarios de la prensa nacional.

***

Por todo lo anterior, no queda sino felicitar la sabia medida gubernamental y desear que ella sea mantenida sin vacilaciones.

No podemos concluir estas consideraciones sin lamentar el apoyo dado por el Vaticano al referido acuerdo de Marruecos, sin condenar cuestiones morales graves, como las señaladas arriba.

“La caridad empieza por casa”, dice el sabio refrán. Querer abrir las fronteras poniendo en riesgo la sobrevivencia y la paz social de los propios ciudadanos, no es lo que nos exige el Primer Mandamiento de la Ley de Dios: “Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo”.

¿Quién más próximo de los chilenos, que los propios chilenos? Comencemos por preocuparnos de ellos.

Credo, pasado, presente y futuro de Chile

 

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