Libre iniciativa y liberalismo moral

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Cada vez queda más patente la profunda división que afecta al conjunto de partidos políticos que apoyan el actual Gobierno -y también en su interior- en lo que dice relación a lo que se llama “agenda valórica”.

En la semana que pasó conocimos los ácidos emplazamientos de la diputada Sabat contra la UDI por estos temas. Ella recibió, como merecida respuesta, la recomendación de que mirara al interior de su partido, pues ahí también las posiciones están muy lejos de ser unánimes. La misma situación se repite entre las fundaciones y “think tanks” que apoyan la libertad económica pero, al mismo tiempo, promueven una agenda amoral.

La “lógica” de estos liberales en materias económicas y libertarios en materias de ética se basa en el presupuesto de que, así como todas las personas son libres para poder emprender un trabajo -libre iniciativa- así también deben ser libres para decidir sobre temas como aborto, uniones homosexuales, eutanasia, consumo de drogas, etc. La libertad, afirman ellos, debe valer igualmente para todos y en todas las circunstancias de la vida.

¿Es verdadera esta posición? ¿Dónde está su error?

Comencemos por recordar que la libre iniciativa en materia económica deviene de la propia naturaleza humana. El Profesor Plinio Corrêa de Oliveira demostró en su estudio, “La libertad de la Iglesia en el Estado comunista”, que la propiedad no es otra cosa que el resultado de la libre disposición de sí mismo. El individuo, al no ser esclavo de nadie, es dueño del fruto de su trabajo. La acumulación de los resultados de sus esfuerzos, constituye la propiedad privada.

Hasta ahí coincidimos todos los que defendemos la libre iniciativa. Pero, ¿por qué entonces no se puede aplicar el mismo principio para el resto de las actividades de una persona?

La respuesta es simple. La libre iniciativa se basa, como vimos, en el hecho de que ella está conforme al orden de la naturaleza humana. Ahora, no es cualquier acto humano que es conforme a su naturaleza. Y esto por la sencilla razón de que, después de la rebelión de nuestros primeros Padres contra el orden puesto por Dios, todos sus descendientes quedamos inclinados a adherir al error y a practicar el vicio.

Ahora, ¿cómo saber lo que está conforme a la naturaleza humana y lo que no está de acuerdo a ella?

La respuesta tampoco es difícil. La ley natural está impresa en el interior de la conciencia de todos los hombres. Este orden se encuentra perfectamente codificado en los 10 Mandamientos de la Ley que Dios le entregó a Moisés en el Sinaí.

Por eso, en todas las épocas y en todas las civilizaciones, matar, mentir, robar, etc., ha sido considerado como malo. Y, en sentido opuesto, defender la vida, ser honesto, veraz, puro, etc., siempre y en todo lugar fue reconocido como el bien moral.

Por lo mismo, no puede existir la libertad de hacer el mal, como intentan quienes pretenden legalizar los proyectos de ley “libertarios”, pues, al hacerlo, inducen a hacer un falso concepto de libertad y conducen a la población a lo contrario de ella, o sea, a una verdadera esclavitud.

De ahí es que una persona que se deja llevar por sus malas tendencias, sea normalmente considerada como “un esclavo de sus vicios”. Y, al contrario, quien cumple con todas las obligaciones de su naturaleza, sea llamado “un esclavo del deber”.

Sin embargo, en el primer caso, el “esclavo de sus vicios” es verdaderamente un esclavo, pues él difícilmente consigue salir de sus malas costumbres. Mientras que en el segundo caso, el “esclavo del deber” en realidad es verdaderamente libre, pues procede de acuerdo a su razón y conforme al orden objetivo.

De ahí la máxima de las Sagradas Escrituras “la verdad os hará libres”. Esta enseñanza de Nuestro Señor Jesucristo indica también, que la única libertad la que nos hace auténticamente libres, es aquella que está conforme a la verdad.

Por último, para demostrar lo anterior vía “ad absurdum”, imaginemos una sociedad en que cada uno pudiese ser capaz de hacer todo lo que le pidan sus caprichos individuales: abortar, matar a los ancianos, suicidarse, drogarse, etc.; la sociedad ipso facto deja de existir, pues ella se transforma en un conjunto de ególatras, insoportables los unos para los otros.

¿Un ejemplo?

Negar la libertad de conciencia para las instituciones a no practicar el aborto, según la fórmula gubernamental que dejó contentos a la oposición.

Es hacia el absurdo donde nos conducen los “liberales libertarios”, sean ellos de “derecha” o de izquierda, pues, en esta materia, se diferencian bien poco.

Credo, pasado, presente y futuro de Chile.

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