“Le echaron poca tierra y volvió a resucitar…”

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Sin lugar a dudas, los acontecimientos más importantes de la semana pasada fueron los resultados del plebiscito de Inglaterra sobre la salida de la Unión Europea (EU) y la firma de la paz con las FARC en la Habana.

Sobre el primero, aún es prematuro comentar sus consecuencias. Lo que se anuncia es la posible exigencia de que se realicen similares plebiscitos en otros países miembros del pacto, con resultados imprevisibles por el momento.

Más cerca de nosotros, y también con consecuencias para todo el Continente, el Gobierno Santos de Colombia y las FARC firmaron un acuerdo de paz en la Habana, acompañados de los Presidentes Bachelet y Maduro y del anfitrión, el dictador Raúl Castro. Malas compañías…

El referido acuerdo de paz es un ejemplo de un procedimiento desleal para con los ciudadanos, por ser secreto, y así poder pasarlo ante el optimismo que muchos anticomunistas alimentan en relación a sus adversarios… y que éstos a la larga se encargan de desmentir.

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Veamos los hechos hasta ahora conocidos.

Las FARC constituyen la guerrilla marxista mejor organizada. Más antigua y más poderosa del Continente. Ella tiene ramificaciones en otros grupos subversivos, entre los cuales miembros del PC chileno y violentistas de la Araucanía, según información dada a conocer por los organismos oficiales de Colombia.

Apoyados en un rentable negocio de narcotráfico y extorsión, las FARC poseen un arsenal no conocido por el Gobierno, pero de amplio poder destructivo.

Los objetivos de esta ofensiva no son otros que las de todas las guerrillas comunistas, es decir, la toma del poder por las armas para la implantación de un sistema colectivista, en todo similar al modo como ellos mismos viven en la selva: sin propiedad, sin familia y sin Dios.

Su historia está marcada por medio siglo de asesinatos, extorsiones, secuestros, asaltos, intimidación y narcotráfico. Es decir, un reguero de sangre y de sadismo que ha marcado de combates y de luto la vida de toda la Nación.

¿Es posible un acuerdo de paz con esta organización?

Sí, con tal de que se cumplan los requisitos más elementales para que la pacificación sea auténtica.

El primero de todos, es que se requise y destruyan todas las armas en su posesión. Para ello es indispensable una verificación exhaustiva por parte de las Fuerzas Armadas colombianas de todos los campamentos donde están instalados.

En segundo lugar, juicio y condenación a todos los culpables de delitos de lesa humanidad -crímenes imprescriptibles por su propia naturaleza- por un tribunal ad hoc, o por los propios tribunales colombianos constituidos para este fin.

En tercer lugar, disolución efectiva de todos los grupos remanentes de la guerrilla y verificación permanente del cumplimiento de los acuerdos firmados, acompañado de severas leyes penales para los recalcitrantes.

Y que todo lo anterior sea sometido a un plebiscito nacional vinculante para saber si el conjunto de la nación aprueba los términos del pacto debidamente publicado, conocido y debatido en todos sus detalles por los votantes.

Nada de esto se conoce, pues los términos de los acuerdos son secretos y deben ser ratificados – ¡vaya locura! – por el Parlamento y el posible plebiscito sin conocerse su texto. Y, como si lo anterior fuera poco, una reforma constitucional para que sean vinculantes.

El deseo de llegar a la paz no justifica el procedimiento aplicado. La paz es la tranquilidad en el orden y el orden es el resultado de la justicia. “Opus justicia, pax”, (La obra de la justicia es la paz) dice el conocido lema latino. Lo que indica que, sin justicia, no puede haber paz.

Firmar un acuerdo de esta naturaleza, acompañados de dos presidentes marxistas y de una socialista “ex ayudista” de la guerrilla, en un país que es símbolo de la opresión, del colectivismo y de la consiguiente miseria indica bien que los “acuerdos de paz” no serán sino una tregua para el fortalecimiento de la guerrilla y el desmontaje o sujeción de las Fuerzas Armadas colombianas.

De este acuerdo y de sus posteriores consecuencias, se debe sacar una lección: con el comunismo y los comunistas no se pueden firmar acuerdos en base a la buena voluntad de ellos, pues como estos mismos lo reconocen, lo único que les interesa es lo que favorece a la revolución.

La ceremonia de la firma nos recuerda el estribillo de una música que los niños antiguamente entonaban: “anoche murió un bombero, lo fueron a enterrar, le echaron poca tierra y volvió a resucitar”.

©Credo Chile.

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