“La fe sin obras es fe muerta” (Santiago 2:17)

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Hay ciertos pecados que no merecen comentarios;  sólo rechazo y reparación.

 

Es el caso de la profanación perpetrada contra el Cristo de la Iglesia de la Gratitud Nacional. Allí se juntan todos los agravantes. Premeditación del crimen, clara conciencia de lo que están haciendo,  publicidad en su ejecución, anonimato por las capuchas  y, hasta ahora, total impunidad.

 

Sin embargo, no son los autores materiales los únicos que se deben censurar por esta afrenta a la imagen crucificada del Hijo de Dios.

 

Ellos son fruto de una agenda cultural de los sucesivos gobiernos que recientemente han dirigido el País, quienes sólo les han prometido la satisfacción plena de todos sus falsos  derechos.

 

De los deberes que se deben cumplir, de las obligaciones ante Dios, la Patria, la familia, el prójimo, ni una sola palabra.

 

Son sólo exigencias: “yo elijo”, “yo decido”, “yo merezco”, “gratuidad ya”, “aborto”, “matrimonio igualitario”, “identidad de género”; yo, yo, yo… de deberes nada: N-A-D-A.

 

Esto es lo que han oído desde que nacieron los autores de la profanación de la Gratitud Nacional. Para ellos la Iglesia Católica, los Mandamientos de la Ley de Dios y todo lo que les recuerde algún deber, significan una represión, y, por lo tanto, deben ser destruidos.

 

Así se “comprende” ese repugnante atentado ocurrido el jueves pasado, que no es un hecho aislado. Se suma a una larga seguidilla de profanaciones, sacrilegios, rayados a imágenes, incendio de Iglesias, asalto de la Catedral de Santiago por hordas abortistas, desmanes constantes y variados, de los cuales la prensa nos informa casi diariamente.

 

Es necesario que sepan que existen deberes.

 

Envíele ahora mismo este pedido al Ministro del Interior para que el Gobierno reponga con urgencia suma la penalización de quienes participen encapuchados en manifestaciones y protestas públicas.

 

¿Es posible revertir esta situación?

 

Sí, siempre que se cumplan dos condiciones.

 

Primero, un profundo rechazo a lo ocurrido en la Gratitud Nacional y a todos y cada uno de los sacrilegios impunemente protagonizados a lo largo de todo el territorio nacional. En estos casos, el ofendido es Nuestro Señor: ¿que hizo Él para merecer tal trato? ¿Acaso fue el dar su Sangre para redimirnos de nuestros pecados?

 

En segundo lugar, necesitamos exigir medidas concretas a nuestras autoridades. La primera de ellas es que se penalice más severamente a los encapuchados. Ellos sólo pueden cometer estos delitos porque saben que no podrán ser identificados y, en consecuencia, no serán sancionados.

 

Los autores de la profanación estaban todos encapuchados. Fueron fotografiados y filmados, pero sus capuchas impedirán su total identificación para un proceso penal.

 

Lo que exigimos ya es ley en muchas democracias.

 

En Alemania el “encapuchamiento” está prohibido desde 1985 y en el caso de repetirse se penaliza con cárcel de hasta un año o multa. El Ministro Fernández conoce bien el caso, pues él vivió en ese país.

 

En Austria también se penaliza a los encapuchados desde 2002. Si la máscara no amenaza la seguridad y el orden público, el no acatamiento a la ley no significa detención de los portadores. Pero si ocurren ofensas reiteradas, su no observancia implica privación de la libertad, de seis meses a un año, o multa.

 

En España las multas llegan al equivalente a dos millones de pesos a quienes participen encapuchados. No seremos nosotros los únicos a tolerarlos. Mande ahora mismo la carta al Ministro del Interior

 

Hágalo como un modo de reparación al atentado contra Nuestro Señor Jesucristo. La oración es indispensable, pero es necesario también “poner manos a la obra”. Es lo que nos enseña el Apóstol  Santiago: “La fe sin obras es fe muerta” (Sant 2:17)

 

Desde ya le quedo muy agradecido,

 

En Jesús y María

 

 

 

Carlos del Campo  García Huidobro.

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