Juicio a un Gobierno

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El Gobierno de la Nueva Mayoría presidido por la Sra. Bachelet entrega el mando esta semana. Es natural que los chilenos podamos hacer sobre él un juicio, en virtud de lo que prometió y de lo que realizó.
Si tuviéramos que sintetizar sus promesas en dos conceptos, diríamos que ellos fueron, sin lugar a dudas, libertad e igualdad. El proyecto, tan poco leído y tantas veces aludido, repitió hasta el cansancio estas dos promesas. Al final de su Gobierno Chile sería un país más igualitario y más libre.
¿Alcanzó estos objetivos?
Comencemos por decir que ellos son entre sí contradictorios pues, en la medida que las personas son libres, ellas serán siempre más desiguales.
Tomemos como ejemplo un curso de alumnos común y corriente, donde todos los compañeros son libres de estudiar o no. Naturalmente, al final de año habrán unos que lo habrán hecho bien y otros que no, por diferencias en el empeño; habrá también diferencias entre el aprovechamiento de los estudios de unos y otros, de acuerdo a las capacidades individuales y, por último, habrá materias en que unos descollarán y otros quedarán rezagados, de acuerdo al interés que cada uno tuvo por ellas.
Siempre será así, pues todas las personas somos naturalmente únicas y desiguales. Para obtener la igualdad entre los alumnos habría que haberles prohibido a los más destacados de aprovechar sus cualidades, para así “emparejar la cancha”. Fue lo que quiso hacer el ex Ministro de Educación Eyzaguirre, y que formuló de modo bien gráfico, “sacarle los patines” a los alumnos que los tienen.
Esto no sólo ocurrió en la educación, lo mismo se dio en la vida laboral, tributaria, las iniciativas legislativas y las políticas públicas impuestas por el gobierno que entrega la banda presidencial. A bien decir, no hubo una sola medida que no tendiese a la igualdad total entre los chilenos.
Pero, forzosamente, a medida que nos hacía más iguales, nos hacía menos libres. Y los chilenos sentimos eso. Percibimos que los esfuerzos que toda la familia había realizado para superarse, para que el hijo pudiese entrar a la Universidad, para tener una mejor Isapre, para comprarse un auto no catalítico, en fin todo aquello que remitiese a “calidad” era mal visto por las autoridades. Eran “los patines” condenados.
Y cuando uno se siente más igual al del lado, pero se da cuenta que los dos están en una cárcel, naturalmente que se vota por ser más libres y menos iguales.
Este es en el fondo el resultado del fracaso del Gobierno de la Nueva Mayoría. No convenció porque su promesa, a pesar de parecer muy halagüeña, era utópica y contradictoria.
Este Gobierno quiso convencernos que la igualdad es sinónimo de justicia, y que mientras más iguales las personas entre sí, mayor justicia existe.
Actuando así, cometió un gran error, porque la justicia, según ya la definió en el siglo III de nuestra era el jurista romano Ulpiano, “es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su propio derecho”. Una máxima que también fue defendida por Santo Tomás de Aquino y por toda la moral católica de siempre.
Volviendo al ejemplo del curso de alumnos, el Gobierno, como mal profesor, quiso dar a todos los alumnos una misma nota -digamos un 3,5- creyendo que de este modo se conquistaría la simpatía de todos ellos. Lo que consiguió fue que sólo los alumnos mediocres, que no querían más, quedaron satisfechos, pero los empeñosos, que aspiraban al 6 ó al 7 quedaron frustrados.
Las últimas elecciones nos mostraron que, gracias a Dios, en este curso, que se llama Chile, el número de los alumnos empeñosos es mayor que el de los mediocres. Y por eso ganó la oposición.
Queda, para los victoriosos de hoy, la responsabilidad de no frustrar las expectativas de la gran mayoría.
Él atenderá estos justos anhelos en la medida en que no repita el mismo error del Gobierno anterior; querer hacernos más libres y más iguales.

Credo, pasado, presente y futuro de Chile

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