¿En nombre de Dios o en nombre del “pueblo”?

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La moción presentada por la diputada comunista Vallejo de suprimir la invocación a Dios y cambiarla por el “pueblo”, al inicio de las sesiones legislativas, produjo justificada conmoción.

La razón de esta conmoción es simple. Todo el país considera, a excepción de los comunistas, que la principal garantía de nuestro futuro como nación se encuentra en la bendición que Dios quiera otorgar a la Patria como a un ente espiritual y material.

En efecto, la nación no es sólo, ni principalmente, la materia de la que está compuesta, tierra, agua y aire; ella está constituida por el conjunto de personas y familias dotadas de alma y cuerpo, con un destino común en esta vida, que incluye una misión específica, y con la esperanza de una vida eterna.

Negar estas verdades fundamentales sobre las cuales reposa nuestra propia identidad, es negar la esencia de nuestra existencia como nación. Y quien niega lo esencial, niega la propia razón de existir. De ahí que sea explicable el malestar producido por la propuesta comunista.

Este malestar no es sólo un problema de hábitos mentales. Él tiene razones profundas.

En primer lugar, el alegato de que invocar a Dios contradice la separación de la Iglesia y del Estado constituye una versión fundamentalista de tal separación. Que los poderes (religioso y civil) estén separados, no quiere decir que ellos estén en lucha permanente o que se desconozcan mutuamente. La separación no significa la eliminación del otro, como parece entender el PC.

En segundo lugar, las consecuencias lógicas de la propuesta, en rigor, deben conducir a la eliminación de cualquier vestigio religioso en la vida nacional. Como observó un diputado, por las mismas razones que se quiere dejar de invocar a Dios, el Estado debería entonces acabar con todos los feriados religiosos, entre los cuales obviamente la Navidad; más tarde con la enseñanza de religión en los colegios y finalmente con las señales religiosas en lugares públicos y privados.

Por último, se debe considerar también, que las fórmulas de protocolo, no son secundarios, sino que constituyen los símbolos de lo que la nación reconoce como sus pilares. Aceptar el cambio propuesto por los comunistas chilenos, sería aceptar la imposición de un símbolo marxista, ateo y profundamente subversivo de nuestra identidad nacional.

Sería como si los Estados Unidos se debiera sacar de sus billetes el “In God we trust”, o que se dejara de cantar en Inglaterra y en todas las naciones del Commonwealth “God save the Queen”, esos países dejarían de ser lo que son.

Todo esto no sería sino la declaración de guerra a la religión en cuanto tal. Es lo que está en juego detrás de la aparentemente inocua propuesta comunista.

¿Sólo esto?

No, también hay otro aspecto no debidamente considerado por quienes han opinado al respecto. Es la noción de “pueblo” para el PC.

Nadie ignora que los comunistas consideran “pueblo”, no al conjunto de los habitantes de una nación, sino al conjunto de los proletarios en lucha por su  supuesta “liberación”.   Los otros, o sea la parte del pueblo no concientizada por el marxismo, son los “amarillos”, los “vendepatrias”, los capitalistas, los burgueses, los “gusanos” o los plutócratas…

Esta visión de “pueblo” constituye el ABC de la sociología marxista, y es lo que explica la veneración que la diputada Vallejos y sus “camaradas” profesan al dictador comunista Castro, que mantiene el vergonzoso presidio llamado Cuba.

Por lo anterior, cuando los comunistas están proponiendo dejar de invocar a Dios, para cambiarlo por el “pueblo chileno”, lo que ellos quieren imponer es la “dictadura del proletariado”, si no ya en el gobierno, al menos en las fórmulas del protocolo estatal.

Y, si alguien duda de lo anterior, le transcribimos un pedazo de la letra del himno de la ex URSS: “¡Gloria a nuestra patria, por tu libertad, refugio seguro de amistad entre los pueblos. ¡El partido de Lenin, la fuerza del pueblo, nos lleva al triunfo del comunismo!”

***

Consideración aparte merece la reacción de la presidenta de la DC frente a la propuesta comunista. La senadora Goic declaró al respecto que ella “nada importa” y es “inconducente”. Agregó que lo que verdaderamente importa es la seguridad ciudadana y la salud.

Las declaraciones DC son características. En vez de enfrentar el problema en su raíz, intenta minimizarlo y desviar su impacto. Ahora, cuando las propuestas malas, como ésta, no son combatidas en su primera formulación, ellas crecen por la falta de respuestas claras e incisivas.

La DC, con su falta de respuesta categórica, contribuyó, una vez más, a que el laicismo comunista crezca en Chile.

Y, como siempre, bajo el nombre de cristianos…

©Credo Chile

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