Dime a quién lloras y te diré quién eres

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Como es característico en los regímenes comunistas, el fallecimiento del dictador Castro fue misterioso. No se informó la causa del fallecimiento, no se mostró el cuerpo, ocurrió de noche y posteriormente se “veneró” en una fea caja hermética, donde se afirmó que estaban sus cenizas.

Sin embargo, a pesar de todo este misterio, su muerte sirvió para dejar muy claro quiénes, por qué y cuánto lo lloraron en el mundo entero. Y en este sentido, se puede decir que su fallecimiento fue muy esclarecedor.

Digamos en primer lugar una cosa evidente. Cuando se “llora” a un fallecido, es porque éste deja un vacío difícil de llenar, o porque las cosas ya no serán más aquello que fueron en su vida. En el caso de Castro, de tal modo él se identificó con la revolución comunista, llegando a personalizarla, que es imposible no asociar la “pena” a una clara adhesión a esa revolución.

Por eso las “lágrimas” que derramaron tan abundantemente los líderes religiosos, los medios de comunicación occidentales, las autoridades civiles de países no comunistas, y hasta los homenajes de un ex rey, fueron una muestra de la enorme connivencia que existía entre ellos y quien encarnó esa revolución y que inclusive la simbolizó.

Oigamos a algunos de sus “deudos”.

Especialmente esclarecedor fue el pésame del patriarca ruso, Kiril, a quien sólo le faltó canonizar a Castro. Como se sabe, la iglesia ortodoxa rusa no pasa de ser una oficina dependiente del poder central, o sea de Putin. Sin embargo, no puso objeción para que Kiril manifestara:

“El Comandante Fidel era fue uno de los de los hombres de estado más conocido y más considerado de nuestro tiempo. Él se adjudicó una autoridad a nivel internacional. Él entró en la leyenda en vida. Hijo del pueblo cubano, dio todas sus fuerzas para que su patria fuera verdaderamente independiente (sic) y ocupe un lugar digno de ella en la familia de las naciones”.

A su vez, el propio Putin declaró: “La Cuba libre e independiente que construyeron él y sus compañeros se convirtió en un miembro influyente de la comunidad internacional y ha servido de ejemplo inspirador para muchos países y pueblos”.

Curiosos elogios de quien se quiere hacer aceptar como un nuevo San Vladimir y restaurador de la Rusia cristiana.

Por su parte, la Conferencia de Obispos cubana fue bastante más parca: “Los obispos católicos de Cuba, al conocer la noticia del fallecimiento del Dr. Fidel Castro Ruz, quien fuera Presidente del Consejo de Estado y del Gobierno, expresamos nuestras condolencias a su familia y a las autoridades del país.”

A pesar de una cierta frialdad protocolar en los términos, llama la atención que los Obispos cubanos no hayan encontrado una sola palabra de censura a quien fue el principal artífice de la miseria, opresión y crisis moral en la que vive esa población, otrora rica y próspera.

Similar omisión tuvo el comunicado del Vaticano al respecto: “Al recibir la triste noticia del fallecimiento de su querido hermano, el excelentísimo señor Fidel Alejandro Castro Ruz, ex presidente del Consejo de Estado y del Gobierno de la República de Cuba, expreso mis sentimientos de pesar a vuestra excelencia”, afirmó el Sumo Pontífice.

Desde Chile, y de modo no protocolar, la Presidente Bachelet tuiteó: “Mis condolencias al Presidente Raúl Castro por la muerte de Fidel, un líder por la dignidad y la justicia social en Cuba y América Latina”.

Lo que hace aún más esclarecedor esa enorme connivencia con el comunismo y con quien lo representaba, es cuando se compara con las reacciones de los mismos sectores frente al fallecimiento del ex Presidente Pinochet, ocurrido una década antes.

En esa ocasión no hubo un solo elogio a su gestión. Lo único que se oyó fue un clamor mundial de pesar por el hecho de no haber muerto en una prisión por el “crimen” de haber depuesto al marxista Allende.

Dos pesos y dos medidas, que en boca de Bachelet no dejan dudas.

Por ocasión del fallecimiento del ex Presidente chileno y siendo ella la Mandataria no le quiso conceder ni funerales de Estado ni duelo nacional: “cuando uno toma una decisión, tiene que ver con los valores, y yo no tengo doble moral”, y “no acepto la corrupción al interior del Estado, ni la acepto en ningún lado”.

Lo que en esta semana pasada quedó evidente, fue un verdadero “misterio de iniquidad”: la complicidad entre los comunistas de ayer y de hoy y entre los líderes de Occidente y el victimario comunista.

©Credo Chile

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