Dictaduras “malas” y dictaduras “buenas”

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Las izquierdas chilenas, desde el 11 de septiembre de 1973, han construido su identidad y su razón de ser en el rechazo a la “a la violación de los DDHH y a la dictadura de Pinochet”.

El argumento les ha dado buen provecho. Hoy tienen una importante representación parlamentaria y han gobernado al País por cerca de treinta años, sin mayores sobresaltos.

Es que defender los DDHH y condenar la dictadura es un discurso que siempre atrae incautos. Sin embargo, por primera vez, el discurso les está jugando como un boomerang.

La aparición de un gobierno claramente dictatorial y la sistemática violación de los DDHH por parte de un régimen de su misma ideología en Venezuela, los coloca en una difícil encrucijada.

Si ellos no condenan con el mismo énfasis la dictadura de Maduro, como condenaron y condenan la del gobierno militar, su principal razón de ser cae como un castillo de naipes.

Si ellos la condenan y reconocen al Presidente de la Asamblea Nacional, rompen la unidad de sus filas.

¿Cómo salir del impasse?

Hasta ahora la fórmula ha sido la de siempre: criticar a los Estados Unidos y mostrar a Venezuela como la “próxima presa” del imperialismo del Norte. Las elecciones que le dieron el triunfo –el tercero- a Maduro fueron “transparentes” y “democráticas”.

El problema que esta argumentación es querer tapar el sol con el dedo. La situación ya no se soporta más en esa infeliz nación, y la comunidad internacional mira con preocupación lo que puede terminar en un verdadero baño de sangre.

Mientras tanto, la izquierda chilena tergiversa, balbucea unas tímidas censuras a Maduro, dice que Allende fue más democrático que Maduro, pero al final no condenan a Maduro y a su régimen.

El problema, para ellos, es que si lo condenan, deberían hacer lo mismo para su principal mentor: el régimen marxista de Cuba. Y ahí las cosas se complican aún más.

Cuba y los Castros han sido, desde hace 60 años, la “menina de los ojos” de toda la izquierda mundial, comprendida -¡y en qué grado!- la chilena. Ella ha sido la Meca de sus aspiraciones, la guarida de los terroristas, la cómplice de todos los movimientos subversivos, la escuela incansable de entrenamiento militar, la caja generosa en todas las empresas violentas.

¿Cómo condenarla? ¿Y cómo condenar a Maduro sin, ipso facto, condenar a su principal artífice?

Aquí está el meollo del problema para las izquierdas. “Ser o no ser contra las dictaduras”.

O, lo que es lo mismo, afirmar que hay dictaduras “buenas” y dictaduras “malas”. Las primeras serían las marxistas y las segundas las de derecha. Las buenas: Corea del Norte, de China comunista, la ex URSS, Nicaragua, etc.

Este impasse está dejando transparente la verdad: la izquierda no promueve sino la ideología marxista de siempre, que ha sumado a la lucha de clases, la lucha contra las instituciones de la civilización cristiana, en especial de la familia.

De ahí la dificultad en que se encuentra la izquierda chilena. Perder su principal argumento o tener que condenar a sus principales aliados.

Difícil situación…

Credo; pasado, presente y futuro de Chile

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