Desconcertante declaraciones pontificias.

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En esta misma sección criticamos recientemente la actitud de la ex presidente Bachelet y de los miembros del partido socialista chileno de enviar una carta de adhesión al condenado ex presidente Lula da Silva, del Brasil.

En la ocasión ponderábamos que no le correspondía a una ex Jefe de Estado, inmiscuirse en un tema exclusivamente brasileño, y peor aún, desconocer la honestidad del Poder Judicial de ese país.

Continuamos pensando así.

Sin embargo, esta misma semana la prensa informó de una entrevista concedida por el Papa Francisco en casa Santa Marta con líderes políticos, (el ex canciller brasileño de Lula, el ex jefe de gabinete argentino Aníbal Fernández el ex senador Ominami.)

Trascendió de esa visita que: “el Santo Padre habló sobre la justicia, manifestando su inquietud por lo que denominó nuevas jurisprudencias basadas en prejuicios, en alusión a las prisiones preventivas dictadas contra dirigentes como Milagro Sala y Fernando Esteche   (ambos activistas políticos de Argentina). Sobre el mismo punto el Papa Francisco se refirió a los procesos contra Lula da Silva en Brasil y Rafael Correa en Ecuador, entre otros, y aludió a una aparente tendencia continental guiada por Estados Unidos para suprimir ese tipo de liderazgos. En este punto se dijo esperanzado por la elección en México de Andrés Manuel López Obrador”. Finalmente le habría pedido a Ominami que le enviara “buena onda”.

Como hasta ahora no hubo ningún desmentido de la Santa Sede a estos trascendidos, debemos darlos por verdaderos y responder a una pregunta inevitable. Si considerábamos impropios los términos de la carta del PS chileno en apoyo a Lula, ¿podemos, en estricta lógica, considerar buenas y oportunas las declaraciones papales?

Comencemos por responder que, como católicos, apostólicos y romanos, reconocemos en el Santo Padre  al Vicario de Cristo en la tierra, y, en cuanto tal, le consagramos todo nuestro respeto y obediencia y declaramos nuestro estremecido amor al papado. No obstante, tal obediencia y amor no pueden ni deben ser ciegos. Máxime en materias que no envuelven asuntos de carácter infalible, como son las opiniones políticas.

Hechas estas salvaguardas, séanos permitido expresar nuestra mayor perplejidad y tristeza  delante de las declaraciones de Francisco.

¿Corresponde que un Papa opine de materias estrictamente políticas, en reunión con políticos, critique al Poder Judicial de tres países (Argentina, Brasil y Ecuador) y se manifieste “esperanzado” por el triunfo de otro político, (López Obrador)?

¿Y que, en esas declaraciones, no formule ninguna consideración de tipo religioso, moral y ni si quiera ético?

¿Y que ellas se den en la misma semana en que se descubre una de las operaciones más corruptas del mismo gobierno argentino – a cuyos representantes está recibiendo –  como es el caso del taxista y de sus pormenorizados relatos de recolección millonaria de dólares?

Evidentemente que no.

Si es reprobable la adhesión de Bachelet a Lula, mucho nos entristece la actitud de Francisco en el mismo sentido. Pues, al final de cuentas, tanto Bachelet cuanto Lula son políticos, pertenecen a la misma banda socialista y sus gobiernos fueron aliados permanentes.

El Papa no es, ni debe ser político. Él es Padre espiritual de las tres naciones sobre las cuales opina.  En los tres países, Argentina, Brasil y Ecuador,  se encuentran católicos que, con sobradas razones,  comparten el rechazo a esos ex jefes de Estados socialistas.  Y, por último, en cuanto Jefe de Estado, no debería criticar a un poder soberano, como es el Judicial, de tres Estados con los cuales el Vaticano mantiene relaciones diplomáticas. Tampoco, es triste tener que decirlo, le correspondería decir que esos países son, “guiados por Estados Unidos para suprimir esos liderazgos”.

De ser ciertas estas declaraciones, que deseamos vivamente sean debidamente desmentidas, ellas rebajarían su autoridad de Sumo Pontífice a la de un mero comentarista político de la contingencia latinoamericana. Y, como la opinión de un comentarista político, en rigor, no vale más que la de cualquier otro comentarista del rubro, toda la figura del papado se vería empañada.

Un penoso agravante es que ellas se dan en el mismo momento en que más de 20 ex Jefes de Estados de España y Latinoamérica acaban de manifestar su malestar delante del silencio del Vaticano, frente a la brutal persecución que están sufriendo el pueblo católico y el clero de dos naciones del Continente: Venezuela y Nicaragua.

Es decir, de acuerdo con la opinión de esos ex Jefes de Estado, el Vaticano se silencia delante del crimen y de los sacrilegios allí perpetrados y, al mismo tiempo, abre sus puertas para recibir a los aliados políticos de los culpables de esos mismos crímenes.

El resultado de esto no puede dejar de turbar la conciencia de los fieles y es por  eso que queremos pronunciarnos al respecto.

El mandato que Nuestro Señor concedió a San Pedro, el primer Papa, fue el de “apacentar las ovejas” y el de “confirmarlos en la Fe”. Entretanto, los temas tratados y el carácter de las opiniones vertidas, de acuerdo a la información de prensa, no apaciguan ni confirman en la Fe, pues son contingentes y no expresan relación con las verdades enseñadas.

Se nos podrá objetar que entonces debemos decir lo mismo del Episcopado venezolano y nicaragüense, que están enfrentado a los gobiernos de sus países.

Respondemos que no. Pues la actitud de esos Obispos se encuentra respaldada por el sagrado deber de hacer respetar el derecho de la libertad de practicar la religión verdadera y de libertad de expresión  de la población de sus países. Si esas libertades, que son atributos con que Dios dotó a todos los hombres,  son conculcadas, los Obispos están en conciencia obligados a manifestarse, pues de lo contrario traicionarían su deber episcopal.

Es con aflicción que nos vemos forzados a pronunciarnos al respecto de esta situación. Pero, a ser confirmada la noticia en ese tenor, no nos queda otra opción, máxime para quien antes condenó la actitud de los políticos socialistas.

Recemos para que La Virgen Maria, Nuestra Reina y Soberana, conceda a todos sus hijos – y en especial al Santo Padre- la luz y el Buen Consejo que nos guíen rectamente en las vicisitudes de este conturbado mundo.

Credo, pasado, presente y futuro de Chile.

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