Derecho de los ciudadanos y ciudadanos sin derechos

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Sorpresa y desconcierto fue la reacción general del País delante del rechazo a la extradición del asesino del Senador Jaime Guzmán, condenado por la justicia chilena y posteriormente fugado de la cárcel, el terrorista Palma Salamanca.

Tal sorpresa se debe al hecho de que aún muchos creen que de Francia, país donde por primera vez fue acuñada la expresión “derechos humanos”, se debería esperar que ellos fuesen más respetados que en otros lugares.

En realidad esa creencia no tiene base histórica. Como se sabe, poco después de la caída de la Bastilla, en julio de 1789, los promotores de esa revolución proclamaron la llamada “Déclaration des Droits de l’Homme et du Citoyen”.

Sin embargo, pocos meses después, los mismos que habían redactado esa declaración, no tuvieron ningún inconveniente en promover y ejecutar el asesinato del Rey, de la Reina y de miles de religiosos y nobles, como también incontables simples franceses, por el simple hecho de no ser entusiastas de la ideología que los inspiraba; lo que se llamó la ley de los sospechosos.

El célebre Robespierre declaraba en la Convención, en 1974: “Cuando se trata de la salvación del pueblo, el testimonio del Universo no puede suplantar a la prueba testimonial”. Y por ello entendía que si todo el Universo pensaba diferente de lo que el Comité de Salud Pública consideraba (prueba testimonial), de nada valían esas objeciones.

Quien lea la obra “El Libro Negro de la Revolución francesa”, (editorial Cerf, 2008) encontrará abundante documentación en este sentido. Y verá también la paternidad directa de la Revolución Francesa en relación con la bolchevique.

Los franceses que ahora rechazaron la extradición del asesino del Senador, llevan en su ADN esa ideología.

En efecto, de acuerdo a información del portal chileno El Líbero, Pascal Brice, el Director de la Oficina francesa que concedió el asilo al asesino, es un personaje de larga trayectoria revolucionaria: “sus padres, muy comprometidos con los sucesos del 68, lo llevaron desde muy pequeño a las protestas de la época. (…) ‘Más tarde, él va ‘donde suceden las cosas’. En Chiapas, donde se encuentra con el Subcomandante Marcos, en Siria, en Derry, mucho antes de los acuerdos de paz entre las dos Irlandas, en la Nicaragua sandinista…”. Además de ser un admirador incondicional de Salvador Allende.

Hay en la actitud de este personaje francés, una coherencia con el error inicial de la proclamación de los Derechos del Ciudadano. Para ellos, ciudadano era exclusivamente el revolucionario, y quien no lo fuera, no tenía derechos, pues no era ciudadano.

Los seis diputados chilenos pertenecientes a Revolución Democrática y que presentaron el miércoles pasado un proyecto de resolución alternativo, no son sino los últimos retoños de esta hidra llamada Revolución. Ellos no se atreven a decir lo que en el fondo piensan: ni el asesinato de Guzmán, ni el secuestro de Cristián Edwards merecen una sanción penal, pues ellos no eran favorables a la revolución y por lo tanto no eran verdaderos ciudadanos.

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Sirvan estas amargas decepciones para hacernos comprender que, de parte de los revolucionarios, sean los de hoy o los de ayer, los de aquí o los de la antigua Europa, la mentalidad será siempre la misma: El hombre, el ciudadano, el pueblo, o se identifican con la Revolución, y entonces son cómplices a proteger; o son contra revolucionarios, e ipso facto deben ser perseguidos de modo implacable.

La Verdad es que, la única fuente del derecho y del auténtico respeto a la dignidad de las personas, emana de la Ley de Dios, acuñada en los 10 Mandamientos, y de la Fe en las enseñanzas de su Divino Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Todo lo demás no pasa de mero engaño.

Credo; pasado, presente y futuro de Chile

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