Congreso Mundial de las Familias: muchas preguntas y pocas respuestas

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Esta semana pasada se celebró, con poca repercusión en la prensa internacional, el IX Encuentro Mundial de las Familias, bajo el título de “El Evangelio de la Familia, alegría para el mundo”.

El hecho de que el Congreso fuera celebrado en la ciudad de Dublín, un país tan azotado por los escándalos de abusos de carácter homosexual por parte de sacerdotes y religiosos, hacía especialmente oportuno que quienes dictaban las exposiciones recordasen la condenación de la doctrina moral de la Iglesia relativa a esos pecados contra la naturaleza.

Cosa que, como se sabe, no se limita sólo al caso de Irlanda, sino que afecta a la Iglesia universal.

En fin, todas las circunstancias eran propias para que en el mencionado Congreso se subrayase un rechazo a la sodomía y se afirmase de modo claro y valiente la virtud de la castidad, tanto en el estado sacerdotal, cuanto en la vida matrimonial.

Sin embargo, llamó la atención de los irlandeses, antes del evento, que se anunciara, entre los conferencistas, al sacerdote pro agenda LGBT, Padre James Martin, S.J. Ellos veían -con razón- una contradicción en la promesa de purgar las conductas homosexuales al interior de la Iglesia y, al mismo tiempo, invitar como conferencista a quien jactanciosamente las promueve.

Sin embargo, a pesar de esa sana reacción, los organizadores se negaron a cancelar la conferencia del sacerdote jesuita, quien se transformó en la estrella del Congreso.

Peor aún, el referido Congreso que se debería consagrar a fortalecer el papel de la familia natural y cristiana en la sociedad de hoy, tarea cada vez más difícil y necesaria, este año fue dedicado a todos los “tipos de familias”.

Asumiendo la misma visión que en Chile promovió el ex presidente socialista Ricardo Lagos, de que no existe “la familia”, sino “las familias”, el Cardenal Farrell, prefecto del Dicasterio Laicos, Familia y Vida y responsable del evento, abrió los debates aludiendo a que ya no existe más un solo tipo de familia, sino una rica “diversidad de familias”.

Su declaración causó consternación entre muchos fieles. Al cardenal no le correspondía, en cuanto responsable del Congreso, limitarse a constatar un hecho lamentable, sino a indicar las razones por las cuales esa “diversidad de tipos de familia” contradice el mandato divino: “Hombre y mujer los creó” y “lo que Dios unió no lo separe el hombre”, y trazar las vías para solucionar tal grave desvío.

Su omisión a cualquier reparo delante de la “diversidad de familias” equivale a una aprobación de todas ellas por igual. Es decir, quienes asistieron al referido Congreso, deben haber salido más confundidos de lo que entraron.

Todo lo anterior es un pésimo precedente en medio de la crisis que afecta la credibilidad de nuestra Santa Madre Iglesia. No existe reparación de la culpa sin enmienda del pecado y no puede haber enmienda cuando, al mismo tiempo, se enseña que esas conductas homosexuales son tan buenas cuanto las uniones naturales y cristianas.

El P. Martin llegó a proponer que los homosexuales fuesen admitidos como Ministros extraordinarios de la Sagrada Eucaristía y pudiesen dar testimonio de sus conductas en el saludo de la paz con sus concubinos. Más aún, el sacerdote llamó a la “conversión”, no de los homosexuales, para que dejen de serlo, sino a los católicos, para que no censuren a los homosexuales.

Quizá algún lector nos responda que, tanto el P. Martin como el Cardenal Farrell, están inspirados en la virtud de la caridad y de la ayuda al prójimo, en este caso a los católicos homosexuales.

Les respondemos, en primer lugar, que, si bien es necesaria la caridad, ella no se puede confundir con el permisivismo moral que considera a cualquier conducta igualmente “buena”, sea ella homosexual o heterosexual, matrimonio sacramental e indisoluble, o unión de hecho y efímera.

En segundo lugar, la mayor caridad al prójimo consiste en ayudarlo a salir del vicio y del error y conducirlo a la práctica de la virtud. Si se promueven esas conductas homosexuales al interior de la Iglesia, quienes las practican no verán en ellas ni error ni vicio y, por lo tanto, no las abandonarán.

En tercer lugar, la primera obligación de la caridad es enseñar a todos los fieles la verdad, tal cual Nuestro Divino Señor nos mandó: “Sea tu lenguaje Si, sí; no, no, porque lo demás viene del maligno”. Y respecto de las conductas sodomíticas, San Pablo advirtió: “los sodomitas no entrarán en el Reino de los Cielos”.

¿Cómo entender entonces este último Congreso de las familias?

En verdad, el Congreso Mundial de las Familias dejó muchas preguntas y pocas respuestas en una hora en que, como nunca, es necesario dar respuestas claras, verdaderas y santas.

Credo; pasado, presente y futuro de Chile

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