Cep: radiografía del fracaso de una mentalidad

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Los resultados de la última encuesta del CEP han dado mucho que hablar. No insistiríamos al respecto si no viéramos que una de las evidencias de esos resultados ha sido pasada por alto.

Se trata del fracaso de una mentalidad. Pero no la de quienes están en las agitaciones y desmanes, sino la de sus padres, de sus profesores, de sus formadores, en una palabra la mentalidad que precedió a la de los protagonista de hoy.

¿Y cuál fue la mentalidad de esta generación, que hoy oscila, grosso modo, entre los 40 a 50 años?

En dos palabras, ella consistió en la valoración exclusiva del esfuerzo individual, para poder alcanzar el progreso material y de este modo, la felicidad.

Precisamente aquí se encontraba el talón de Aquiles de la generación de los 40/50, hoy fallida.

Expliquémonos.

Los que hace 30 años comenzaban a trabajar y a construir el Chile de hoy, consideraron que -tanto en el campo individual como social- lo más importante era alcanzar el bienestar económico y el aprovechamiento de ese bienestar para ser feliz. Todo lo demás era secundario y peligroso si se insistía en ello.

Toda esa generación pensaba: “Hazte un poco más rico y serás un poco más feliz”. Lo que también se conoció como, “hoy bien, mañana mejor”.

Quizá algún lector nos preguntará qué vemos de errado en estas máximas. ¿No son ellas acaso las más naturales en el ser humano?

Respondemos que ellas no son naturales sino naturalistas y, al final del camino, materialistas y ateas. Excluyen del panorama toda y cualquier idea de un fin trascendente de la persona humana, de un Dios que nos espera y que nos al final del camino de esta vida nos juzgará a todos; de una Madre virginal que intercede misericordiosamente por nosotros.

Esa generación -de los 40/50- recibió con simpatía o indiferencia la agenda cultural de la Concertación que consistía en mantener las reglas del juego de la economía y destruir las raíces de la cultura cristiana de Chile, comenzando por la familia.

Pensaban ellos que si la economía seguía bien, todo lo demás iría igualmente bien, que dando pan y circo al pueblo no habría más revolución posible. Lo que en la práctica significó la inversión de la máxima de Nuestro Señor Jesucristo: “Procurad el Reino de Dios y su justicia y lo demás os vendrá por añadidura”.

Ahora, cuando la vida se limita a sus aspectos meramente naturales y se extirpa cualquier vinculación religiosa y trascendente ella, a la larga, se vuelve insípida y no dan ganas de ser vivida.

De ahí que la generación siguiente, la que hoy participa de los desmanes, consideró que lo que le ofrecían sus padres, es decir más trabajo y más dinero para ser más feliz, no valía la pena, primero, y a la larga era una estafa.

La estafa “del sistema” o “del modelo”.

Para los agitadores de hoy, si se trata de “pasarlo mejor”, hay que “pasarlo mejor” de inmediato y sin trabajar. Más aún, antes de vivir esa vida incolora e insípida que le ofrecen los de 40/50, es mejor asumir una épica de rechazo total, con ribetes de heroísmo.

“Luchar hasta que valga la pena vivir”, es uno de sus eslóganes.

La “épica” de la generación de los actuales destructores, compartida por una proporción muy importante de sus coetáneos, es la de aquellos “que lo quieren todo, lo quieren ya y lo quieren para siempre”, sin costos ni sacrificios.

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