¿Ceder para no perder o combatir para ganar?

0 392

Los recientes acontecimientos que han trastornado la vida nacional suscitan perplejidad y formas contradictorias en el afán de encontrar una solución.

Queremos contribuir a la búsqueda de una auténtica salida a un “callejón” del que algunos quieren que conduzca a la renuncia del Presidente o a un baño de sangre.

Comencemos por establecer los campos contrincantes y cuál es la verdadera naturaleza de ellos. Nos serviremos de luminosas enseñanzas del Papa Pio XII a respecto de lo que significa la auténtica “opinión pública”.

Hasta el momento los medios de comunicación intentan representar la situación como una explosión civil de descontento “pacifico” por aspiraciones no atendidas, pero son incontables y graves los actos de violencia a lo largo de la semana. Se dice que a ese descontento se habrían sumado elementos marginales violentistas, que no representan la mayoría de los que protestan, pero éstos no muestran rechazar la violencia dominante.

Frente a esta situación, el Gobierno habría llamado a las FFAA a las calles para reprimir las manifestaciones civiles, reduciendo a la opinión pública a un silencio forzado, lo que naturalmente estaría agravando la situación, como ocurre normalmente con una olla de presión.

Tal visualización es contraria a la evidencia de los hechos. Las manifestaciones comenzaron por un llamado de los estudiantes en estado de rebelión del Instituto Nacional a “evadir” el pase del Metro en represalia por el alza del 5% del valor del pasaje. De ahí, comenzó un espiral de actos vandálicos a los que se sumaron posteriormente las manifestaciones “pacíficas”.  La palabra “evasión” quedó como consigna de estas manifestaciones, y en ella se resume la idea de “evadirse” de toda ley, del respeto al orden y de la adhesión al estado de cosas que rige al País.

Ante estos hechos cabe preguntarse, en primer lugar, si los manifestantes (pacíficos o violentos) representan a la opinión pública nacional, o si ellos son sólo un resabio de indignación, articulado por fuerzas y movimientos que hasta ahora no han mostrado su autoría.

Organizaciones de masas que buscan silenciar a la opinión pública.

Al respecto de esta importante cuestión de la organización de una sana opinión pública, el Papa Pio XII constataba en la década de los 50’: “Lo que hoy es llamado de opinión pública, muchas veces tiene sólo su nombre –un nombre sin sentido, algo como un vago ruido, una impresión artificial y superficial- nada más de que un eco espontáneo que surge en la conciencia de la sociedad y de ella emana (…) Agréguese a esto el abuso de la fuerza de gigantescas organizaciones de masas (…) que sofocan fácilmente toda la espontaneidad de la opinión pública y la reducen a un conformismo ciego y dócil de pensamientos y de juicios.”[i]

Las enseñanzas pontificias son tan aplicables a la situación por la que pasa el País que parecerían expresadas para nuestra crisis.

En efecto, lo que estamos presenciando es el falseamiento de lo que es la opinión pública. Es como alguien que hubiese robado el altoparlante de la voz general y quisiera servirse de él para engañar a todos, haciéndose pasar por la voz pública.

De acuerdo al Papa Pio XII, lo propio de una auténtica opinión pública es que ella sea conducida por la razón: “¿Osaría alguien afirmar con seguridad que la mayoría de los hombres es capaz de juzgar, de evaluar los hechos y las corrientes con el debido peso, de modo a que la opinión sea guiada por la razón? No obstante esta es una condición sine qua non para que la opinión sea válida y saludable, la única manera legítima de juzgar los hombres y las cosas de acuerdo con reglas claras y justos principios”.

Apliquemos estos principios a los hechos nacionales. ¿Se puede afirmar con honestidad que quienes gritan en las calles o delinquen en la noche, estén movidos por los principios de la justa razón a los cuales hace mención el Papa? ¿Cuáles son los estudios técnicos que los avalan? ¿Cuáles las metas sensatas que proponen? Por el contrario, es obvio que el apasionamiento y aun el odio se manifiestan continuamente.

Pedido de “perdón” presidencial.

Ahora, si esas manifestaciones carecen de la primera idoneidad de cualquier protesta seria, que es la racionalidad, tanto en el análisis de los problemas que se enjuician cuanto a las soluciones que se proponen, ¿cómo entonces el Presidente de la República le otorga no sólo legitimidad sino derechos, y pide disculpas por no haberlos oído con anticipación?

Su actitud no pudo haber sido más desafortunada. Ella cubrió a los artífices del desorden de una autoridad que no les correspondía. Si se trata de atender justas reclamaciones económicas, ellas nunca deben ser concedidas en medio de la violencia y con un arma en el pecho, pues esto no hace más que enardecer a los violentos.

Fue exactamente lo ocurrido. A las pocas horas de los “anuncios” presidenciales, los manifestantes redoblaron sus protestas, pasando a exigir la renuncia del Presidente Piñera y una “Asamblea Constituyente” en la cual se daría durante meses el mismo clima violentista, con efectos nefastos para la vida nacional.

Al mismo tiempo, sus declaraciones le quitaron el sustento moral a las fuerzas del orden, pues si las manifestantes y sus reivindicaciones son tan justas que el propio Presidente les pide perdón, ¿cómo entonces se puede reprimirlas con indignación?

La única solución: “combatir para no perder”

El Presidente Piñera declaró, al comienzo de los disturbios, que estábamos en guerra con fuerzas muy bien organizadas que buscaban la destrucción del Chile honrado. A algunos tal declaración les pareció desmentida por el posterior pedido de perdón. Finalmente quedó una confusión en la cabeza del chileno medio: ¿guerra o perdón?

El gran ausente en medio a toda esta confusión ha sido el Chile silencioso, el trabajador honrado; el damnificado diariamente por la ausencia del servicio público de transporte; el que debe cuidar su pequeño o medio negocio; el taxista que no puede salir a trabajar por miedo que le rompan su única fuente de trabajo; la nana que no puede llegar puntualmente a su ocupación; en fin, la gran mayoría de los chilenos.

Es a la voz de ese Chile que el Presidente debería darle volumen y medios de expresión. No a los presidentes de partidos políticos de centro izquierda que cada vez significan menos, no sólo en número sino en importancia moral.

Ese Chile silencioso quiere a su vez oír una voz clara y fuerte que reimponga el Estado de Derecho. Ese Chile es valiente y exige valentía. Es honrado y exige honradez. Es categórico y exige fuerza. Él no se deja convencer por las contemporizaciones democratacristianas, por las medidas ambiguas, por las señales confusas.

Siempre ha existido en ese Chile auténtico una admiración por las Fuerzas Armadas. Esa admiración tiene su origen precisamente en el hecho de que él se ve retratado, del mejor modo posible, en el modo de ser de los uniformados: ordenados, abnegados y disciplinados.

Conclusión

Mientras la autoridad pública no quiera o no sepa sintonizar con ese Chile -auténtico y cristiano- y continúe buscando una convergencia con la falsa opinión pública -la ruidosa, irracional y odiosa- no estará sino excavando con más profundidad su propia tumba.

Credo; pasado, presente y futuro de Chile.

 

[i] Discurso de Papa Pío XII a los periodistas católicos en Congreso Internacional en Roma, 17/II/1950.

Ayúdenos a llegar a miles de personas como usted.