Aula segura y Sínodo de la Juventud

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Esta semana pasada, con el atentado a un carabinero al interior del Instituto Barros Arana, quedó en evidencia que el ambiente de violencia dentro de los establecimientos públicos de enseñanza llegó a su climax.

El Alcalde de Santiago declaró que estamos cerca de tener que lamentar muertes al interior de los colegios y llamó a legislar con urgencia a respecto de esta situación. Similares declaraciones formularon la Ministra de Educación y el propio Presidente desde Bruselas.

En resumidas cuentas, se trata de un alarma general frente a una situación que parece haberse escapado de las manos.

El video que registra la paliza de puntapiés y golpes sufrida por el efectivo de 25 años de los Carabineros dejó claro las dos actitudes que se contraponen.

Por un lado un conjunto, minoritario pero muy activo e inescrupuloso de “estudiantes” que pertenecen a colectivos marxistas y terroristas  que se oponen a cualquier medida disciplinaria al interior de los colegios. De otra parte, un conjunto mayoritario de alumnos y de padres de familia que quieren que los colegios puedan ser establecimientos de enseñanza y no de enfrentamiento ni de masacres.

La pregunta es ¿cómo se llegó a una situación en que los directores, profesores y alumnos pacíficos están intimidados frente a una minoría que obviamente no quiere estudiar, pero que determina las reglas del juego?

La respuesta es simple. Desde hace precisamente 30 años comenzó a instalarse en el País, en las leyes y en la propia cultura, una nueva versión de los derechos de las personas en virtud de la cual cada uno podría manifestar sus caprichos independientemente del bien común de la sociedad.

Dos fueron las víctimas inmediatas de esta mentalidad.

La primera fue la disciplina y el orden en la calle. Se prohibió a los carabineros la detención preventiva y otras disposiciones vigentes hasta entonces, que cohibían a los delincuentes. Estas leyes fueron llamadas, “Cumplido”, en honor a su artífice, el Ministro de Justicia del primer gobierno de la Concertación.

No hay duda que ellas “cumplieron” –valga la redundancia– con su objetivo: transformar la vía pública en un paraíso para los delincuentes y en una pesadilla para las personas pacíficas y honradas, así como inhibir a las fuerzas del orden al cumplimiento de su deber.

La segunda víctima fueron los colegios. Los parlamentarios de la misma Concertación comenzaron a dictar normas a favor del “derecho a la rebeldía”, del “derecho a la educación”, de la “no discriminación” y un largo vocabulario de diversas expresiones “talismánicas”, cuyo significado final era: “prohibido prohibir”, como en la revolución estudiantil de mayo del 68’.

El resultado es lo que estamos viendo hoy.

En todo esto no existe ningún secreto. Todas las personas, incluso quien escribe y Ud. que lee estas líneas, tenemos tendencias anárquicas y desordenadas, como fruto del Pecado Original de nuestros primeros padres, y en virtud de esas tendencias, o las cohibimos por el ascetismo y la práctica de las virtudes opuestas, o ellas nos transforman en subversivos.

No hay cómo escapar de esta disyuntiva.

Ya lo decía el gran santo mariano, Luis Grignion de Montfort: “En el calvario hay tres cruces: Una la del inocente, otra la del penitente y otra la del mal ladrón que pena eternamente, escoge sabiamente”.

 

Sínodo de la juventud.

 

Similar disyuntiva se produjo esta semana al interior del Sínodo de la Juventud que se realizó en Roma.

Algunos eclesiásticos, no pocos, sostuvieron que a los jóvenes hay que acompañarlos en sus opciones, independientemente de cuales sean ellas, pues si  se los catequiza y se los corrige ellos se alejarían de la Iglesia. Por esa razón incluyeron a todas las opciones sexuales, homosexuales, lesbianas, transgéneros, etc. en igualdad de condiciones.

Otros, con buen criterio y prudencia, sostuvieron lo opuesto. La Iglesia tiene el deber de enseñar la Fe y la Ley Moral, esa es su misión. Y los jóvenes necesitan ser formados y corregidos en sus desviaciones, sean ellas las que fueren.

El Arzobispo de Filadelfia (Estados Unidos), Mons. Charles Chaput, dijo que las siglas como “LGTB” nunca han sido verdaderas en la vida de la Iglesia y no deberían usarse en sus documentos.

En ese contexto, aseguró que aquello que la Iglesia “sostiene que es verdad sobre la sexualidad humana no es un obstáculo”, sino que es “el único camino real hacia la alegría y la integridad”.

En esta discusión lo que se esconde es el propio papel de la Iglesia en su misión salvífica. Ella debe ser, como lo mandó Nuestro Señor, “la sal de este mundo. Pero si la sal deja de estar salada, ¿cómo podrá recobrar su sabor? Ya no sirve para nada, así que se la tira a la calle y la gente la pisotea”.

Una Iglesia que no enseña, que por lo tanto no ilumina, y que se limita únicamente a “acompañar” y a “discernir”, es lo mismo que “una sal que no sala o una luz que no ilumina”, pues la sal junto con darle sabor a las cosas, también hace arder las heridas.

Los resultados de esa actitud -que no enseña la verdad ni condena al error- los estamos viendo a diario.

Credo; pasado, presente y futuro de Chile

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