Amnesia consciente y voluntaria

176

Mucha razón tiene el adagio: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Lo mismo puede ser aplicado a la memoria: “Nadie más irreflexivo, del que no quiere recordar”.

La semana pasada el tema saltó a la palestra pública, motivado por la destitución en 90 horas del recién nombrado Ministro Rojas. Los hechos son más que conocidos como para repetirlos.

Hay, en el tema de los DDHH, una falta original, cometida en 1990, por el Gobierno del Presidente Aylwin al constituir la Comisión “Verdad y Reconciliación”.

Aylwin quiso obtener la “Reconciliación”, en base a la “Verdad” y de la justicia, “en la medida de lo posible”. Hasta aquí todo bien.

En efecto, no existe verdadera hermandad dentro de un país profundamente dividido, sino en dos circunstancias:

  • Que ambos sectores hagan un pacto de amnistía mutua, por donde unos y otros se perdonan sin escarbar en el pasado. Fue lo que ocurrió entre patriotas y realistas al comienzo de nuestra historia patria.
  • Que se escarbe en los hechos, para determinar las culpas de uno y otro sector. Y así poder aplicar una cierta justicia, en la medida de lo posible, y finalmente llegar a la reconciliación nacional.

Era obvio que la  izquierda no estaba en 1990, ni está ahora, dispuesta a perdonar nada. Una vez las cosas así, correspondía aplicar la segunda opción; o sea la investigación de los hechos ocurridos y la determinación de las responsabilidades.

Ahora, para que esa investigación fuera realmente imparcial debía comenzar por un análisis acucioso de los antecedentes. Al menos, para hechos de esta envergadura, de 5 a 10 años de anterioridad.

Así, era lógico que se analizara quiénes y cómo sostuvieron la opción de la lucha armada, quiénes y por qué descartaron las vías democráticas como meros recursos “burgueses”, quiénes se apartaron del camino de la legalidad a través de los resquicios legales, quiénes propiciaron las “tomas” de fábricas, fundos y cualquier tipo de iniciativa privada; etc.

En segundo lugar, se debería analizar para qué efectos se emplearon esos métodos ilegales y violentos. ¿Fue para obtener cambios moderados y consensuados? O, al contrario, ¿fue para transformarnos en el “hermano menor de la URSS” y acabar con el País como se forjó a lo largo de su historia? Es decir, para el más radical de los cambios, y sin vuelta atrás. (“Ni un paso atrás”)

 

Por último, correspondía estudiar cuánto tiempo duró este proceso de desquiciamiento de las vías democráticas, y cuántas advertencias hubo para quienes así procedían. Es claro que, cuanto más el proceso fue largo, consciente y voluntario, mayores son las culpas de sus protagonistas.

Una vez en posesión de todos los elementos de esta investigación, llevada a cabo por personas idóneas y no partidistas, se debería pasar al segundo punto del análisis: la violencia ejercida en la represión militar.

Estas son condiciones de sentido común para cualquier tipo de acuerdo, máxime para una reconciliación nacional.

El Presidente Aylwin prefirió omitirse de la primera parte: las causas. Optó sólo por los efectos. Ahora, todos los que aprendimos historia recordamos que lo más elemental (para cualquier época histórica) es saber, causas, hechos y consecuencias.

No juzgamos intenciones. Quizá el Presidente prefirió no escarbar en los antecedentes turbios de su propio Partido y del gobernante que fue llamado, a justo título, del “Kerensky chileno”. El hecho concreto es que los Partidos: Socialista, Comunista, Mapu, Izquierda Cristiana, etc. salieron limpios de polvo y paja de esa Comisión. Y quienes, obligados in extremis por la situación de descalabro nacional, debieron intervenir con la fuerza, son los grandes violadores de los DDHH.

¿Podría construirse una “reconciliación” con tamaña parcialidad?

Evidentemente que nunca. Y lo ocurrido esta semana pasada no es sino la muestra del fracaso de amputar las causas en el conocimiento de los hechos.

No quiere decir que estemos justificando las efectivas violaciones a los derechos de las personas. Sin embargo, no se puede poner en igualdad de condición la culpa de quien promueve el odio,  la lucha de clases y subvierte el orden establecido, con el que -para evitarla- se excede en la represión.

Una última y breve pregunta sobre el tema de los DDHH. ¿Tienen derecho de hablar de derechos humanos quienes acaban de aprobar la matanza de los niños no nacidos, inocentes e indefensos? ¿Tienen derecho de hablar de DDHH quienes han apoyado sin restricción a Cuba, Venezuela, Nicaragua, Corea del Norte y China?

Dios lo sabe y con eso basta.

 

Credo; pasado, presente y futuro de Chile

Déjanos tu opinión

Leave A Reply

Your email address will not be published.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.