Abusos sexuales: “siembra vientos y cosecharás tempestades”

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En esta semana que pasó hubo una verdadera ola de alarmas, medidas, anuncios, resoluciones, etc., relativos a la “epidemia del acoso sexual”.

En las universidades, en los colegios, en las municipalidades, en los ministerios, las denuncias de víctimas crecen en proporción geométrica, y parece no haber ninguna institución que se libre de esta plaga.

Sin embargo, para un observador atento, tales manifestaciones de sorpresa y escándalo ante los acosos, no dejan de llamar la atención.

En efecto, las políticas públicas vienen, desde inicio de la década de los 90’ -¡más de una generación!- diciendo que todas las personas tienen derecho a practicar las conductas sexuales que considere, placenteras, sin límite de edad.

La “píldora del día siguiente” se aprobó, como un método para impedir los embarazos, después de las relaciones libres. Las teleseries, de amplia audiencia, proyectan en el espacio público, lo mismo que estas políticas implantan en el orden legal. Es decir, el adulterio, la homosexualidad y un etcétera de nunca acabar.

Ahora, como no podía dejar de ser, todas estas iniciativas han terminado implantando en la sociedad la idea de que en materia de comportamiento sexual no debe existir ninguna inhibición de carácter moral, social, ni religiosa.

Y que, al contrario, las personas se deben guiar sólo por sus propios instintos. Es lo que se podría llamar, “la ley de la selva”.

Pero, lo que no se repara, es que en la selva también se aplica otra ley: la “del más fuerte”. Y, en materia de fuerzas físicas, el mamífero macho siempre tiene más fuerzas que la hembra.

Por eso, en todas las sociedades sin moral ni religión, la ley “del más fuerte”, en materia de relaciones entre varones y mujeres, vigoró siempre. Y fue precisamente gracias a la religión católica, después de la caída del Imperio Romano, cuando la situación de la mujer comenzó a cambiar.   

Antes de esto, la mujer era para el bárbaro una propiedad del “hombre-guerrero”, de la cual podía disponer a su libre antojo y, para el romano, una cosa del “pater familias”.

No hablemos de los pueblos musulmanes, donde la mujer hasta hoy está relegada casi a la condición de un objeto. El Corán establece al respecto: “¡Amonestad a aquellas de quienes temáis que se rebelen, dejadlas solas en el lecho, pegadles! Si os desobedecen, no os metáis más con ellas.” Y, en China, a las mujeres se les mata antes de nacer, en consecuencia del “aborto selectivo”.

La idea del respeto a la mujer, y después a la dama, floreció en la Edad Media, como fruto de la enseñanza de la Iglesia Católica, que presentaba a la Santísima Virgen como modelo de todas las mujeres, a quienes se les debía consideración, respeto.

Así, la idea de castidad, de fidelidad, de maternidad, y de reinado de la mujer en el propio hogar comenzaron a ser atributo de los pueblos ya catequizados. Y esta idea duró, más o menos, hasta que las naciones respetaron a la familia natural y a las instituciones cristianas.

Con la desaparición de la familia y de la moral católica, es más o menos forzoso que el hombre vuelva a la ley “de la selva”. Y, peor aún, pues al menos los animales se guían por instintos ordenados, no así los hombres, que pervierten sus propios instintos.

No podemos olvidar que hace precisamente 50 años atrás, la Revolución de la Sorbonne proclamó para el mundo entero: “prohibido prohibir”.

Como eco de esta máxima del libertinaje, la semana pasada los parlamentarios debatieron aprobar el “matrimonio homosexual”, lo que, de acuerdo a San Pablo, no es sino mudar el uso natural contra la naturaleza.

Por eso llama la atención que en el Manual de las “Políticas de prevención y apoyo a las víctimas de violencia sexual en contextos universitarios”, de la Universidad Católica, no aparezca la palabra castidad, ni se haga mención a la virtud de la pureza. Y ninguna de las instituciones que han salido a pronunciarse al respecto, hace mención a la necesidad de la virtud moral. Ni siquiera las estudiantes que han hecho paros y huelgas por esta causa.

En conclusión, no habrá solución, prevención ni leyes capaces de evitar esta plaga de los abusos sexuales, mientras impere, al mismo tiempo, la ley de la selva.

Y para que esta ley no impere, el único remedio es la auténtica moral católica de siempre, basada en el VI Mandamiento: “No cometerás acciones impuras”.

Todo lo demás no pasa de lágrimas de cocodrilo.

©Credo Chile, pasado, presente y futuro de Chile.

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