Aborto, coherencia y sacramentos

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La polémica que tuvo lugar la semana pasada, con posterioridad a la carta publicada por S.E. el
Cardenal Jorge Medina, es un tema que arroja luces sobre la actual tramitación del proyecto de
aborto.
¿Qué dijo el Cardenal?
Simplemente recordó que, según el Derecho Canónico, no es lícito dar los sacramentos
(eucaristía, absolución ni extremaunción) a los parlamentarios que votaron a favor del proyecto
de aborto. Para poder recibirlos deben, previamente, hacer una reparación pública del pecado
público que es la aprobación de una ley que legaliza el asesinato de no nacidos.
Por las mismas razones, ningún católico puede dar su voto a quienes hayan contribuido a la
aprobación de esta ley.
El Cardenal citó además los cánones respectivos, en que se fundamenta esa medida y agregó que,
tampoco se deberán hacer funerales religiosos para las personas que se encuentran en estas
condiciones.
En definitiva, de acuerdo a los comentarios del cardenal, el católico debe ser coherente en todas
las circunstancias de su vida personal y profesional.
¿Qué respondieron los sacerdotes de la corriente “progresista”?

Los sacerdotes jesuítas Berríos y Walker contra argumentaron exaltando la libertad de
conciencia y acusando al Cardenal de una campaña de “terror”. El sacerdote SSCC Percival
Cowley, se sumó a esa posición. Muchos otros deben pensar igual, pero prefirieron callarse…
¿Quién tienen la razón?
No cabe la menor duda.
El Sr. Cardenal no está negando que exista una libertad de conciencia, pero lo que afirma es que
ella, en primer lugar, debe estar informada por el derecho natural y la doctrina católica. Y que,
además, la Iglesia tiene recursos jurídicos, y debe hacerlos cumplir, para exigir de sus miembros la
coherencia a su doctrina.
De lo contrario, la libertad de conciencia se transforma en una libre disposición de los actos y
decisiones, sin referencia a las normas de la moral. Lo que produce el libertinaje. Y, por otro lado,
si la Iglesia no dispusiera de medios coercitivos para asegurar la coherencia de sus hijos tibios,
entonces ella no pasaría de una asociación de meras buenas intenciones y relativista. No sería el
“Arca de Salvación”.
Si tuviéramos que aplicar el razonamiento de los sacerdotes “progresistas” a la vida civil, sería
como afirmar que los legisladores deberían establecer leyes, pero no sanciones para quienes las
violen, pues de lo contrario, se promovería una legislación del “terror”.
Llama la atención, por otra parte, como se juega con estos conceptos del “terror” y de la libertad
de conciencia.
Para el P. Berríos, “terror” es recordar a los parlamentarios católicos su necesaria coherencia. Pero
no es “terror”, mil veces peor, el promover la ley que asesinará sin piedad a miles de chilenos no
nacidos. Él se conmueve con los “derechos de libertad de conciencia”, pero no se conmueve con
los asesinatos que ocurrirán en virtud de esa libertad mal entendida.
Por otra parte, como se sabe, los promotores de la ley de aborto intentaron, tanto cuanto les
fue posible, reducir el ejercicio de la objeción de conciencia para médicos, personal de salud e
instituciones hospitalarias de inspiración religiosa opuestas al aborto.
Sin embargo, al mismo tiempo, rompen las vestiduras cuando un Cardenal de la Iglesia recuerda
que no existe libertad de conciencia para matar.
Son las contradicciones de las mentalidades liberales. No aceptan que haya oposición (de
conciencia) al mal, pero se escandalizan cuando la Iglesia enseña que la libertad (de conciencia)
debe ser limitada e iluminada por la verdad.
El episodio nos deja una importante enseñanza: Desconfiar de aquellos que apelan a las buenas
intenciones, al sentimentalismo, a la libertad de conciencia.

A poco andar, estos liberales se transforman en los peores dictadores, que niegan a la Iglesia el
derecho de establecer sus propias normas morales y disciplinarias y a los simples civiles, el
derecho a practicarlas.
©Credo, pasado, presente y futuro de Chile

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