¿Puede un católico disentir del Papa en relación a Venezuela?

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Es sabido que el Papa Francisco se sirve de distintos “portavoces” para dar a conocer su pensamiento.

En el caso de Venezuela parece haber escogido al dirigente social(ista), Juan Grabois, al menos de acuerdo a lo que éste se atribuye. Juan Grabois, líder argentino de izquierda, mantiene una estrecha relación con Francisco desde que era Arzobispo de Buenos Aires.

De acuerdo al portal argentino Infobae, “el dirigente Juan Grabois reveló cuál es la postura del Papa Francisco sobre la crisis política e institucional de Venezuela, (…) ‘Él tiene una definición muy clara, tiene que haber diálogo dentro de Venezuela, sin intervención externa’.

El supuesto “portavoz oficioso” agregó que el Papa “comparte la postura de México y Uruguay con respecto a Venezuela”, y concluyó condenando al gobierno norteamericano: “Los intereses de Trump son sobre las reservas de petróleo, no sobre los derechos humanos en Venezuela. Ni hablar de Mauricio Macri”. Estas últimas opiniones serían a título particular.

La postura de México y Uruguay, que comparte el Papa, se da mientras Argentina, Estados Unidos, Canadá, Paraguay, Colombia, Brasil, Chile, Guatemala, Costa Rica y Ecuador rechazan la dictadura de Nicolás Maduro y aceptan como presidente interino al opositor Juan Guaidó.

De acuerdo a la versión del vocero “oficial” del Papa, Alessandro Gisotti, el Pontífice apoya “todos los esfuerzos para ahorrar sufrimientos a los venezolanos”, pero sin tomar posición ante Nicolás Maduro, que se manifiesta el mandatario legítimo (sic) y el titular de la Asamblea Nacional.

En realidad ambas versiones no difieren en lo medular. El Papa no apoya al Gobierno del Presidente de la Asamblea venezolana Juan Guaidó y llama a un diálogo con el dictador, mientras éste reprime sin cesar a los venezolanos que aún no huyeron de la miseria en que se encuentra Venezuela y que manifiestan su oposición.

Por su parte la posición asumida por los Obispos venezolanos es la opuesta a la del Papa Francisco. La Iglesia Católica en el país, perseguida y atacada por el propio Maduro, apoya también la marcha de la oposición y lo explica: “Es un pecado que clama al cielo querer mantener a toda costa el poder y pretender prolongar el fracaso e ineficiencia de estas últimas décadas: ¡es moralmente inaceptable!” Tanto es así que varios obispos participaron de las protestas callejeras contra el régimen injusto y violento.

Mientras tanto el panorama interno de esa infeliz nación parece acercarse a una guerra civil. Para evitarla, la comunidad internacional, en su mayoría, se ha alineado en reconocer al Presidente de la Asamblea como el único auténtico detentor de la legitimidad.

El asunto está tan candente y cambiante que todo puede suceder de un momento para otro. Sin embargo queda una sensación que, para los fieles católicos, es sumamente incómoda.

El Papa, Supremo Pastor y Vicario de Cristo, toma una posición de “equidistancia” entre el dictador que oprime sistemáticamente a su población y las fuerzas sanas que manifiestan su oposición al régimen con riesgo de sus vidas. Más aún, aunque los Obispos venezolanos no lo manifiesten, resulta evidente que la posición que ellos asumieron es enteramente opuesta a la de la Santa Sede.

¿Qué pensar al respecto?

La respuesta es simple. De acuerdo a la doctrina católica, el Papa es infalible sólo en materias de fe y moral, cuando se dirige oficialmente a la Iglesia Universal queriendo definir una verdad universal. Fuera de ello, es Papa puede equivocarse, de modo que los católicos pueden expresar sus opiniones, con tal de que lo hagan respetuosamente.

Por lo anterior, si bien se debe un respeto “obsequioso” a la opinión del Papa, eso no obliga a compartirla ni asumirla como propia. En ese sentido, la carta que hace pocas semanas 20 ex Jefes de Estado latinoamericanos, varios de ellos católicos, le hicieron llegar a Francisco, en protesta por su posición “ambigua” respecto de la dictadura de Maduro, es un buen ejemplo de la licitud de disentir de la posición asumida por él.

A lo anterior se suma el hecho de que esta posición de Francisco ha constituido una constante en su pontificado. Abertura indiscriminada a los gobiernos “bolivarianos” o del “socialismo del siglo XXI” y antipatía a los de signo opuesto. El silencio clamoroso adoptado por la Santa Sede con relación al Gobierno del nuevo Presidente del Brasil, Jair Bolsonaro, es más que elocuente al respecto.

Similar situación se verifica en relación a la obsesiva prédica papal de abertura indiscriminada a la inmigración musulmana en Europa. La población italiana, en su mayoría católica, eligió a un gobierno que defiende exactamente lo contrario de esa abertura descontrolada.

En los hechos señalados, los fieles pueden, sin separarse en nada de la obediencia debida al Santo Padre, -y muchas veces deben- manifestar su discrepancia con las posiciones por él asumidas, si tienen razones de peso para tal cosa.

Es el caso de quienes nos orgullecemos de nuestro nombre de “Credo”. Hijos de la Santa Iglesia, decimos al Santo Padre, parafraseando la declaración de Resistencia de Plinio Corrêa de Oliveira a Paulo VI: “Nuestra alma es vuestra, nuestra vida es vuestra. Mandadnos lo que quieras. Sólo no nos mandéis que crucemos los brazos delante del lobo rojo que embiste. A esto, nuestra conciencia se opone”.

Credo.

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