La revolución cultural

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Una verdad olvidada que explica el Chile de hoy

 La revolución cultural (1)

 

1. Una revolución para cambiar las formas de sentir, de actuar y de pensar

 

Los socialistas occidentales han tomado la expresión revolución cultural del

comunismo chino, el cual, bajo Mao Tse Tung (1893-1976), intentó acelerar

drástica y violentamente las etapas del proceso revolucionario rumbo a la sociedad

autogestionaria, meta común de los movimientos comunistas, socialistas y

anarquistas.

El escritor socialista Pierre Fougeyrollas así la explica: “Mal traducida (…) la

expresión revolución cultural significa verdaderamente una revolución de las formas

de sentir, de actuar y de pensar, una revolución de las formas de vida colectiva e

individual, en suma, una revolución de la civilización” (2). Y añade que por medio

de ella Mao Tse-Tung pretendía “liberar las energías de la revolución socialista” (3)

y así destruir en China lo que quedaba del antiguo orden de cosas.

Este concepto fue presentado como novedad revolucionaria en Occidente a raíz de

la explosión estudiantil anarquista de mayo de 1968 que, a partir de la Sorbona, se

irradió por todo el mundo. Desde entonces, la revolución cultural pasó a ser el

aspecto principal del nuevo tipo de revolución. Los partidos socialistas aggiornati,

entre ellos el PSOE, fueron adaptando gradualmente sus programas a ella.

2. Revolución cultural: meta que tiene prioridad sobre las transformaciones socioeconómicas

 

Ignacio Sotelo, uno de los principales ideólogos del PSOE, al comparar la revolución

de estilo clásico (que pone el acento en la esfera socioeconómica) y la

neo-revolución (que lo coloca preponderantemente en los cambios de costumbres,

de formas de sentir y de mentalidad) afirma: “Sin negar la mutua influencia de las

dos esferas (…) me parece correcto insistir en la prioridad de la revolución cultural”

(4). Recuerda también la importancia fundamental que tiene para el socialismo

vencer en el campo de las “ideas dominantes”, lo cual, para este teórico socialista,

“no incluye tan sólo formulaciones conceptuales muy elaboradas, sino también y

sobre todo actitudes, mentalidades, valoraciones, formas de sensibilidad, modos de

vida, etc.” (5).

Es, pues, en la sociedad, en el cambio de la vida cotidiana, donde la nueva revolución centra su objetivo prioritario:

“No perdamos de vista un hecho fundamental — continúa Sotelo —, no es la política

ni son los políticos los que abren nuevos caminos; éstos sólo pueden

institucionalizar legalmente lo que la sociedad ha madurado como reivindicación

inexcusable (…) Es en la sociedad, en sus formas de producción, como en sus

formas de pensar y de comportarse, donde tienen que operarse los cambios” (6).

O sea, en la lógica del raciocinio de Sotelo, intentar modificaciones estructurales

antes de que la opinión pública esté preparada para aceptarlas sería un suicidio

político. Las reacciones de un pueblo agredido en sus hábitos seculares pueden

provocar una marcha atrás del proceso revolucionario (7).

3. Revolución sobre todo psicológica, para desintegrar el actual orden de cosas

 

El filósofo Herbert Marcuse, inspirador más conocido del mayo del 68 francés,

explicó a sus seguidores el efecto específico de los factores psicológicos para

derribar el actual orden de cosas: la psicología, es decir, el conocimiento del alma

humana, pasó a ser en esta nueva estrategia una preocupación fundamental del

revolucionario, al punto que política y psicología se funden: “El énfasis en esta

nueva dimensión no implica sustituir la Política por la Psicología, sino lo opuesto.”

Es decir que la psicología es para Marcuse una ciencia política; esto es, un

instrumento de las fuerzas revolucionarias para la conquista del poder. Marcuse

insiste en que es indispensable que el revolucionario recurra a “las mayores ciencias liberadoras de nuestro tiempo, la Psicología y, principalmente, el Psicoanálisis y la Psiquiatría”. Recuerda que los revolucionarios deben luchar para ganar la psiquis humana, pues “la sociedad ha invadido hasta las más profundas raíces de la existencia individual, hasta el mismo inconsciente del hombre”.

Y concluye poniendo una vez más en realce la nueva prioridad: “Nosotros debemos

alcanzar las raíces de la sociedad en sus propios individuos.” En otras palabras,

para crear una sociedad revolucionaria, es necesario cambiar las apetencias, los

hábitos y los principios de los “propios individuos”. Es una estrategia de base

psicológica y socioeconómica.

Lo que incluye la destrucción de la moral, de la cultura y de los hábitos de vida

actuales: “Uno puede indudablemente hablar de una revolución cultural, puesto que

la protesta está apuntada hacia todo el Establecimiento cultural, incluyendo la moral de la sociedad existente.”

Para los revolucionarios todo ello implica un radical cambio de estrategia: “Hay una

cosa que podemos afirmar con seguridad: se acabaron la idea tradicional de

revolución y la estrategia tradicional de revolución. Estas ideas son anticuadas.”

Estrategia nueva, que tendrá el efecto de un SIDA social: “Lo que debemos

emprender es una especie de difusa y dispersa desintegración del sistema” (8).

4. Radicalismo que se alimenta de una atmósfera pragmática y festiva

 

La revolución de estilo clásico usaba la violencia y el terror como métodos de

intimidación e incluso de persuasión.

Esta neorrevolución, en cambio, ha dejado de lado dichos recursos, por

considerarlos poco eficaces, cifrando sus esperanzas en intervenciones que no

produzcan en el público dilaceraciones traumáticas.

En este sentido, el profesor Henri Arvon, especialista francés en movimientos

anarquistas, pone de relieve que los partidarios del mayo del 68 escogieron “la

fiesta”, es decir, un ambiente lúdico y despreocupado, como caldo de cultivo

específico para su revolución, que tiene como ingredientes esenciales la “alegría de

sentirse a sí mismo” y la “imaginación creadora” (9). Este ambiente, según Arvon,

“permite caminar rumbo a una sociedad libre”, en la cual será posible “el desarrollo

de la nueva sensibilidad” libertaria. En consecuencia, la revolución pierde el

“carácter trágico” (10) de las macabras jornadas del Terror de la Revolución

Francesa o de la siniestra actividad de la Tcheka y del GPU, asumiendo el aspecto

de “revolución tranquila”, para usar la expresión de Txiki Benegas (11).

“Lo que debemos emprender es una especie de difusa y dispersa desintegración del

sistema” (H. Marcuse)

En vista de todo ello se comprende que para Javier Solana, ministro de Cultura y

portavoz del Gobierno, “el cultivo de los aspectos lúdicos y festivos de la existencia”

se haya convertido en “el componente más dinámico de nuestra civilización,

superando incluso el dinamismo de la tecnología” (12).

 

 

(1) Covadonga Informa, Año IX, Núm. 123, Marzo-Abril-Mayo 1988.  Sumario del libro “España: anestesiada sin percibirlo, amordazada sin quererlo, extraviada sin saberlo. La obra del PSOE”. Comisión de estudios TFP Covadonga. Editorial Fernando III El Santo. Abril 1988.

(2) Pierre Fougeyrollas, Marx, Freud et la révolution totale, Anthropos, París, 1972, p. 390.

(3) Ibídem.

(6) Socialismo y Cultura, en PSOE, Propuestas Culturales, Mañana Editorial, Madrid, 1978, p. 30.

(7) Ibídem, p. 27.

(8) Ibídem, p. 25.

(9) En este mismo sentido ya advertía la resolución política del XXVII Congreso del PSOE, de

diciembre de 1976: “Muchos intentos esperanzadores y preñados de fe socialista han fracasado

por no haber prestado atención suficiente a los posibles traumas a corto plazo de una transición

sin condiciones previas adecuadas, por haberse dejado llevar por voluntarismos suicidas.” A

continuación, la resolución enuncia la orientación política que debe ser seguida por el PSOE: “Se

trata de avanzar, en la serenidad y sin dramatismo, y no de pasar a la historia como autores

heroicos de un intento fracasado más de utopía social” (XXVII Congreso del PSOE, Editorial

Avance, Madrid, 1977, pp. 255-256).

10) Herbert Marcuse, La Sociedad Carnívora, Editorial Galerna, Buenos Aires, 1969, pp. 44, 45,

76, 77, 91.

11) Henri Arvon, Le Gauchisme, PUF, París, 1974, pp. 97-98.

12) Ibídem, p.98

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