La gran misión de las clases dirigentes

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No es rara, desgraciadamente, entre los componentes de la Nobleza y las élites tradicionales de nuestros días, la tendencia a aislarse de los acontecimientos.

 

¿Por qué este ausentismo? Por una conjugación de cualidades y defectos. Examínese de cerca la vida de estas élites: es en la mayoría de los casos digna, honesta e incluso ejemplar, pues se inspira en nobles recuerdos de un pasado profundamente cristiano. Sin embargo, este pasado les parece que ya nada significa a no ser para ellas mismas. Se apegan, pues, a él con un ahínco minucioso y se apartan de la vida presente. No perciben que, si en el acervo de reminiscencias de las cuales viven hay cosas que ya no son aplicables a nuestros días, de él emanan, sin embargo, valores, inspiraciones, tendencias, directrices que podrían influir favorablemente y a fondo en la vida contemporánea. Se comprende así la responsabilidad que hay en la omisión de las élites perpetuamente ausentes.

 

A este respecto nos dice Pío XII:

 

“(En medio de la crisis contemporánea, si el hombre justo y fuerte es cristiano), no se contentará con permanecer en pie, impasible, en medio de las ruinas; se sentirá obligado a resistir y a impedir el cataclismo, o por lo menos a limitar el efecto de sus daños; y aun cuando no sea capaz de contener su fuerza destructora, allí estará él para reconstruir los edificios derribados y sembrar los campos devastados. Así ha de ser vuestra conducta, la cual consiste en que -sin que debáis renunciar a vuestros libres juicios y convicciones sobre las vicisitudes humanas- toméis tal como es el orden contingente de las cosas, y dirijáis su eficacia no tanto hacia el bien de una determinada clase, sino de la comunidad en su conjunto”. (2)

 

“…lo que de vosotros esperamos es, antes que nada, una fortaleza de ánimo que ni las más duras pruebas consigan abatir; una fortaleza de ánimo que no solamente os convierta en perfectos soldados de Cristo para con vosotros mismos, sino también por así decir, en animadores y sustentadores de quienes se sientan tentados de dudar o ceder”. (3)

 

En efecto, la multitud necesita hoy de guías idóneos: 

 

“La multitud innumerable, anónima, es fácil de ser agitada desordenadamente; ella se abandona a ciegas, pasivamente, al torrente que la arrastra al capricho de las corrientes que la dividen y extravían. Una vez transformada en juguete de las pasiones o de los intereses de sus agitadores, no menos que de sus propias ilusiones, no es capaz ya de poner el pie sobre la roca y afirmarse para formar un verdadero pueblo, es decir, un cuerpo vivo con los miembros y los órganos diferenciados según sus formas y funciones respectivas, pero concurriendo en conjunto a sus actividad autónoma en orden y unidad “.(4)

 

“… En sí no es difícil mantener en el pueblo la religión y las sanas costumbres, cuando las clases altas van delante con su buen ejemplo y crean condiciones públicas que no hagan desmedidamente gravosa la formación de la vida cristiana, antes bien la conviertan en imitable y dulce. ¿No es acaso también ésta vuestra función, amados hijos e hijas que por la nobleza de vuestras familias, y por los cargos que frecuentemente ocupáis, pertenecéis a las clases dirigentes?

La gran misión que a vosotros, y con vosotros a no pocos otros, os está señalada – esto es, la de comenzar reformando o perfeccionando vuestra vida privada, en vosotros mismos y en vuestra casa, y la de empeñaros después, cada uno en su puesto y por su parte, en lograr que surja un orden cristiano en la vida pública- no admite dilación ni retraso…” (5).

Notas:

Extractos del libro “Nobleza y élites análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza Romana”. Plinio Corrêa de Oliveira.

(2)-(3)-(4)-(5): Pío XII. Alocución al Patriciado y a la Nobleza Romana, 1947.

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