Urgen medidas públicas y privadas para el aumento de la población en Chile

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Urgen medidas públicas y privadas para el aumento de la población en Chile

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Estimado Radioyente

 

En nuestro último programa nos referimos a los preocupantes resultados del último Censo, de 2012.

Comentamos cómo el resultado sorprendió a todos por el bajo crecimiento poblacional de Chile.

 

Se esperaba que fuéramos 17 millones de chilenos y sólo llegamos a un poco más de 16 millones y medio. Se deseaba que el número promedio de hijos por madre se mantuviese en el nivel de reposición generacional, es decir 1.99 hijos por madre y el resultado fue de 1.45 hijos, lo que equivale a que, dentro de pocos años -tres o cuatro a lo más- el País comenzará de decrecer poblacionalmente.

 

Indicamos en ese programa los perjuicios sociales, económicos, psicológicos etc. que esta situación crea para el presente y para el futuro de Chile y quedamos de referirnos en otro programa a las políticas públicas que se deben implementar para intentar revertir este lamentable decrecimiento poblacional de Chile.

 

Es precisamente lo que queremos conversar con Ud. en este programa.

 

Comencemos por recordar un  principio que se aplica a todo orden de cosas: “Nada de grande se hace de repente”. Un país no disminuye su población de una generación para la otra. Éste es un proceso de varias generaciones, que comenzó en Chile concretamente en la década de los 60, con una masiva política pública impuesta por el gobierno de aquella época en favor del control demográfico de la población.

 

En favor de ese control del crecimiento de la población se alegaba que los recursos alimenticios del Planeta no alcanzarían para alimentar tanta gente; que mientras más chilenos hubiera, más difícil sería salir del subdesarrollo; que crecimiento de la población era sinónimo de pobreza, etc.

 

Junto con esa prédica oficialista, apoyada por pseudo científicos, comenzó la distribución masiva de píldoras anticonceptivas para evitar los nacimientos. Hubo situaciones en que el gobierno de turno llegó a promover políticas de esterilización de las futuras madres como medio de evitar el crecimiento de la pobreza y no faltaron quienes propusieron el aborto como medio de planificación familiar.

 

Pasado ya cerca de medio siglo desde el comienzo de esa prédica,  vemos dos realidades que se han consolidado.

 

Por un lado, ha quedado evidente la falsedad de los argumentos aducidos a favor del control de la población. Los recursos alimenticios no se acabaron como se amenazaba; al contrario, ellos no han hecho sino crecer en el mismo período de tiempo y lo que hoy todos lamentan es el “invierno demográfico”.

 

Sin embargo,  por otro lado la prédica del decrecimiento poblacional caló profundamente en la opinión nacional e internacional.

 

Así, en 1950 una familia chilena tenía en promedio cinco hijos, cifra que se mantuvo hasta el año 1963. A partir de 1964 comienza el descenso más importante, de tal forma que ya en el año 1994 el promedio de hijos por mujer era de 2.6.  Exactamente la mitad de lo que era en el comienzo de las políticas antinatalistas.

 

De entonces para acá, las cifras no han sino disminuido hasta la ya indicada del último Censo de 1.45 hijos por madre. Y las expectativas son que ellas se agraven aún más pues el número de matrimonios también ha disminuido y ha aumentado la proporción de solteros.

 

Lógicamente Ud. nos podrá preguntar ¿qué se puede hacer para revertir esta lamentable situación que traerá ciertamente perjuicios sociales de todo tipo?

 

Comencemos por decir que la solución no está sólo en las políticas públicas sino también en la decisión de los esposos para abrirse con generosidad a recibir los hijos que responsablemente traigan a la luz.

 

No se trata ciertamente, como propuso hace pocas semanas un candidato a la presidencia, de dar un bono a cada madre adolescente soltera. Esta medida irresponsable fue justamente llamada como un “incentivo perverso”, pues no haría sino agravar otro índice muy malo en el crecimiento del País y es que más del 60% de los niños nacen fuera del matrimonio,  con evidente riesgo de no recibir después una formación familiar ni una educación adecuadas.

 

La primera y más evidente de las soluciones apunta a fortificar la familia natural constituida por un hombre y una mujer regularmente casados, para recibir y educar a los hijos que engendran como resultado de un compromiso para toda la vida.

 

Ahí está el único ambiente propio para recibir a los recién nacidos. Por eso el Estado, que debe su propia existencia a la familia, célula básica de la sociedad, debe lógicamente comenzar por promover el fortalecimiento del matrimonio.

 

Para ello se deben promover las diversas medidas que son resorte del aparato público como pueden ser: programas de apoyo a la maternidad: post natal más largo, salas cunas, apoyo fuera del horario escolar, flexibilidad laboral que permita una mayor conciliación de los roles de madre y de trabajadora, subsidios por hijo: bonos por nacimiento y/o descuentos tributarios; educación pública de buena calidad, más becas para la educación superior y más ayuda en materia de salud. Éstas son algunas de las que se han sugerido recientemente en foros y estudios al respecto.

 

Ud. me dirá que varias de esas medidas ya se han tomado. Sin embargo, lo que ocurre, es que  ellas son insuficientes si al mismo tiempo existen otras políticas anti natalidad. Como son por ejemplo, la aprobación del proyecto de ley de uniones homosexuales, (AVP); la distribución de píldoras del día siguiente a menores de edad de 14 años sin el consentimiento de los padres, una educación sexual que incentiva las prácticas amorales, en especial las que estimulan, directa o indirectamente,  la vida sexual antes del matrimonio.

 

Son precisamente las realidades que vemos tristemente definidas en nuestra sociedad. Mientras más decrece la natalidad, más crece el ejercicio de las conductas reñidas con la moral. Y de esta forma, la familia, pilar natural para el crecimiento de una sociedad sana, va encontrando un suelo cada vez más árido, seco y hostil para poder vivir y crecer.

 

Tal situación fue descrita con singular precisión por el Papa Paulo VI, precisamente cuando comenzó esta campaña mundial en favor del control artificial de la natalidad, el año 1968, cuando probablemente muchos de nuestros auditores no habían ni siquiera nacido.

 

Decía el Papa de ese entonces en la famosa encíclica Humanea Vitae:”(El matrimonio) es, por fin, un amor fecundo, que no se agota en la comunión entre los esposos sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas. “El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres”.

 

Y agregaba en la misma encíclica: “En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan, por tanto, libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia”

 

Pero el Papa no se dirigía sólo a los esposos cristianos, también señalaba a los Poderes Públicos cuáles son sus obligaciones a respecto de la procreación de nuevas vidas en el seno de las familias: “Nos decimos a los gobernantes, que son los primeros responsables del bien común y que tanto pueden hacer para salvaguardar las costumbres morales: no permitáis que se degrade la moralidad de vuestros pueblos; no aceptéis que se introduzcan legalmente en la célula fundamental, que es la familia, prácticas contrarias a la ley natural y divina.

 

Es otro el camino por el cual los poderes públicos pueden y deben contribuir a la solución del problema demográfico: el de una cuidadosa política familiar y de una sabia educación de los pueblos, que respete la ley moral y la libertad de los ciudadanos”.

 

Como  nuestros auditores pueden ver, no faltaron los avisos para enmendar el camino. Lamentablemente ellos fueron poco oídos y hoy lamentamos las consecuencias.

 

Que los resultados del último Censo nos sirvan de un campanazo de alerta para recordar estas prudentes y sabias enseñanzas; y, tanto las familias en su conjunto, cuanto el Poder Público en su esfera propia, es decir la sociedad chilena como un todo, sepamos enmendar el camino para lograr un Chile auténtico, cristiano y fuerte.

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