Semana Santa: La felicidad y el sufrimiento

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 Semana Santa: La felicidad y el sufrimiento

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La reciente elección del Papa Francisco I para ocupar el Trono de San Pedro produjo una verdadera conmoción mundial.

No sólo los más de 1200 millones de católicos extendidos por todos los continentes, sino  a bien decir el mundo entero,  acompañaron paso a paso primero la renuncia de Benedicto XVI, luego el cónclave y por último las primeras apariciones del nuevo Pontífice.

Llama la atención que hasta los medios de comunicación, siempre hostiles y críticos a todo lo que venga de la Iglesia, abrieron sus páginas para informar y comentar estos magnos acontecimientos, sumándose así a la expectativa de la gran mayoría de los fieles.

La sensación de alivio y esperanza, no exenta de preocupación por el futuro, es la actitud natural por parte de los católicos. El trono Pontificio es el lugar propio para estar allí el Vicario de Cristo en la Tierra, y la ausencia de un Papa produce en los fieles una sensación parecida a la causada en el hogar la ausencia del padre de familia.

A lo anterior se debe sumar el hecho de que, dentro de pocos días más, el mundo cristiano conmemorará uno de los períodos más importantes de la liturgia católica: La Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

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Quizás algún auditor nos podrá preguntar, ¿por qué es tan importante la conmemoración de la Semana Santa? ¿Por qué celebrar el dolor, el abandono, la cruz cuando todo lo que nos rodea nos dice precisamente lo contrario?

La cruz, para muchos, parece un símbolo antipático que debería ser prohibido. La vida, para los que así piensan, debería ser la búsqueda de la felicidad, y para alcanzarla no deberíamos preocuparnos sino de tener muchas cosas, o de saber mucho, o quizás para otros de mandar sobre los que nos rodean, o quizás de gozar de todos los placeres que en esta vida se pueden alcanzar.  Tener todo, poderlo todo, saberlo todo o gozarlo todo, pareciera para muchos ser la única razón de vivir.

Es lo que se da en los ambientes de consumismo desenfrenado, en los que muchos se sumergen al entrar a un mall,  donde son bombardeados por mil propagandas de “ofertas y oportunidades”, la mayoría de las cuales no les son necesarias y ciertamente pocas billeteras consiguen comprar, sin endeudarse:

“¡Elige tu tablet!”; “Disfruta de cualquier contenido 3D en la comodidad de tu casa con LG CINEMA 3D”. “Oportunidad única LED TV 3D de 55 pulgadas!”; “¡El mundo de la tecnología a tu alcance!” “¡Si no tienes dinero, no te preocupes, compra con tu tarjeta!”;” “¡Gánate un Mercedes 4×4, full, sólo comprando con tarjetas, no te lo pierdas!”

 

¿No será que el secreto de la felicidad está en ganarse la lotería para poder tener o gozar de todas esas cosas que se nos ofrecen? ¿Será que el hombre alcanza su felicidad  teniendo, gozando o mandando?

Aclaremos primero que en esas cosas puede no haber nada malo, y el desear tenerlas tampoco tiene en sí nada de reprochable, si se trata de cosas razonables y proporcionadas. El problema está en pensar que ellas constituyen la finalidad de la vida.

Para responder entonces a la pregunta dónde está la felicidad,  que es crucial para dirigir nuestra existencia, debemos responder que la felicidad está relacionada con la finalidad.

Si la finalidad del hombre en esta vida es pasarlo bien, obviamente que ahí está la felicidad. Pero si la finalidad es más alta, y está en el conocimiento y en el servicio a cosas que nos trascienden, como son la familia, la Patria y Dios, claramente que ella no está en la mera satisfacción egoísta.

Si fuera así, todos los que tienen, gozan o mandan serían hombres felices. Y por experiencia propia sabemos que basta tener algo para sentir que queremos  más, o buscar más goces, o que nadie escape de nuestro poder.

En realidad, todo hombre tiene sed de lo absoluto, y si lo busca en las cosas concretas ellas nunca le darán todo lo que su deseo anhela.

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Ud. me preguntará ¿Entonces, finalmente, dónde está la felicidad?

La respuesta es más simple de lo que parece. La felicidad está en SER mucho más que en TENER. Debemos SER aquello para lo cual fuimos llamados.

Un hombre que es esposo y padre de familia, por ejemplo,  encontrará su felicidad en la medida en que realmente sea un buen padre de familia y un fiel esposo. Lo mismo vale para una madre de familia y para los hijos en relación a sus padres. Y así también para todas las misiones, profesiones u oficios  para las cuales fuimos llamados.

El secreto no es tener mucho sino en ser auténticamente. Es decir, vivir de tal modo que aunque nadie supiese de nuestra existencia o todos fuesen de otra forma, nosotros no dejaríamos de ser aquello que nuestra recta conciencia nos indica que debemos ser.

Ahora, nos podrá objetar algún auditor, pero resulta que muchas veces el cumplir con nuestra misión nos cuesta muchos sufrimientos, ¿cómo puede estar ahí la felicidad?

Precisamente porque el sufrimiento no es lo contrario de la felicidad. Cuando se sufre por estar haciendo lo que se debe, se sufre con alegría. Al contrario, cuando se goza sabiendo que no estamos haciendo lo que debemos,  la alegría no pasa de una vana apariencia que poco después  se transforma en tristeza y remordimiento.

Así las privaciones económicas, las enfermedades físicas, las carencias de todo tipo -que nos acompañan a todos a lo largo de la vida- a pesar de que ciertamente nos hacen sufrir, ellas nos ayudan a comprender que, si las cargamos con resolución, nos servirán para llegar a ser más plenamente aquello para lo cual fuimos creados.

Los franceses dicen: “A vencer sin peligro, se triunfa sin gloria”. Nosotros podríamos decir  que una vida sin sufrimientos es una vida sin pena ni gloria.

Y es precisamente porque estas nociones de la necesidad del sacrificio están en le fondo de todas las almas, que la conmemoración de la Pasión de Nuestro Señor nos habla a todos.

Sí, Nuestro Divino Redentor nos enseñó, no sólo a cargar la cruz, sino a llevarla hasta el final con la resolución y entereza de la que sólo Él podría ser capaz. Y lo quiso así para ayudarnos a tener un  ejemplo divino para imitar. Por ello la cruz es el símbolo y la señal que se encuentra en casi todas las ocasiones, ya sea para acompañar nuestras alegrías o para dar resignación a nuestras lágrimas.

“Por la cruz a la luz”, nos enseña la teología católica.

Sí, sólo alcanzaremos la verdadera felicidad, que está en el goce de la luz de la verdad, del conocimiento del bien y de la protección de la bondad, pasando antes por los brazos de la cruz. Ella nos dará una de las primeras consolaciones que se puede disfrutar en esta vida: la calma y la tranquilidad de la recta conciencia.

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Pensemos en esto durante los días de la Semana Santa y pidamos a la Santísima Virgen, Madre de los Dolores, pero también Madre de los lícitos y temperantes placeres de esta vida, que Ella nos enseñe a seguir los pasos de su Divino Hijo como Ella misma los siguió por la vía del Calvario.

Así también nosotros llegaremos a las alegrías de la Pascua de Resurrección.

Es lo que pedimos para Ud. y para toda su familia en esta próxima Semana Santa.

 

 

 

 

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