Misericordia y Severidad

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Nuestro Señor es por excelencia el modelo de bondad, pero también de combatividad. Sigamos sin restricciones los pasos de nuestro Divino Redentor.

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En su vida, pasión y muerte, el Divino Maestro nos dio magníficas lecciones de misericordia, pero además de ello fue el ejemplo —en el más alto grado que se pueda imaginar— del increpador justiciero en la condenación del mal. Sin duda, Nuestro Señor Jesucristo predicó la misericordia, pero jamás propugnó la impunidad sistemática con relación al mal.

Formulamos el propósito de reservar para el análisis de los textos del Nuevo Testamento un capítulo especial [en el libro “En Defensa de la Acción Católica”] más amplio, en que cuidaríamos particularmente de la posición en que se encuentran ante ellos las doctrinas que defendemos.
Es obvia la ventaja de un estudio especial en ese sentido. Hacemos la apología de doctrinas de lucha y de fuerza –lucha por el bien, por cierto, y fuerza al servicio de la verdad. Pero el romanticismo religioso del siglo diecinueve desfiguró de tal manera en muchos ambientes la verdadera noción de catolicismo, que éste aparece a los ojos de un gran número de personas, aún en nuestros días, como una doctrina mucho más propia “del dulce Rabbí de Galilea”, de que nos hablaba Renan —del taumaturgo un tanto rotariano por su espíritu y por sus obras, con que el positivismo pinta blasfemamente a Nuestro Señor—, que del Hombre-Dios que nos presentan los Santos Evangelios.
En ese orden de ideas, se suele afirmar que el Nuevo Testamento instituyó un régimen tan suave en las relaciones entre Dios y el hombre, o entre el hombre y su prójimo, que todo el sentido de lucha y de severidad habría desaparecido de la religión. Se volverían así obsoletas las advertencias y amenazas del Antiguo Testamento, y el hombre habría quedado emancipado de cualquier obligación de temor de Dios o de lucha contra los adversarios de la Iglesia.
Sin impugnar la observación de que en la ley de la gracia haya realmente una efusión mucho más abundante de la misericordia divina, queremos demostrar que a veces se da a este gratísimo hecho un alcance mayor del que en realidad tiene. No hay, gracias a Dios, católico alguno que, por poco instruido que sea en los Santos Evangelios, no se acuerde del hecho narrado por San Lucas, que expresa de modo admirable el reinado de la misericordia, más amplio, más constante y más brillante en el Nuevo Testamento que en el Antiguo. El Salvador fue objeto de una afrenta en una ciudad de Samaria. “Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos [los habitantes de la ciudad]?» Él se volvió y los regañó, y dijo: «No sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del hombre no ha venido a destruir vidas humanas, sino a salvarlas». Y se encaminaron hacia otra aldea” (9, 54-56).

Misericordia no significa impunidad sistemática del mal

“Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. Pues os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti”

¡Qué admirable lección de benignidad! ¡Con qué consoladora y gran frecuencia Nuestro Señor repitió lecciones como ésta! Conservémoslas grabadas bien hondo en nuestros corazones, pero grabadas ahí de tal manera que deje lugar para otras lecciones no menos importantes del Divino Maestro. Él predicó ciertamente la misericordia, pero no predicó la impunidad sistemática del mal. Si Jesús aparece en el Santo Evangelio muchas veces perdonando, aparece también más de una vez castigando o amenazando.
Aprendamos de Él que hay circunstancias en que es necesario perdonar, y en que sería menos perfecto castigar; y también circunstancias en que es necesario castigar, y sería menos perfecto perdonar. No incurramos en una unilateralidad de la que el adorable ejemplo del Salvador es una condenación expresa, ya que Él supo hacer, tanto una, como otra cosa.
No olvidemos jamás el memorable hecho que San Lucas narra en el texto anterior. Y tampoco nos olvidemos de este otro, simétrico al primero, y que constituye una lección de severidad que se ajusta armónicamente a la de la benignidad divina, en un todo perfecto; oigamos lo que de Corozaín y Betsaida dijo el Señor, y aprendamos con Él no sólo el divino arte de perdonar, sino el arte no menos divino de amenazar y de castigar: “¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. Pues os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti” (Mt 11, 21-24).
Nótese bien: el mismo Maestro, que no quiso mandar el rayo sobre el caserío del que hablamos más arriba, ¡profetizó para Corozaín y Betsaida desgracias aún mayores que las de Sodoma! No arranquemos página alguna al Santo Evangelio, y encontremos elementos de edificación y de imitación en las páginas sombrías como en las luminosas, pues tanto unas cuanto otras son saludabilísimos dones de Dios.
Si la misericordia amplió la efusión de gracias en el Nuevo Testamento, la justicia, por otro lado, encuentra en el rechazo de gracias mayores, crímenes mayores que castigar. Íntimamente entrelazadas, ambas virtudes continúan apoyándose recíprocamente en el gobierno del mundo por Dios. No es exacto, pues, que en el Nuevo Testamento sólo haya lugar para el perdón, y no para el castigo.

(Continua en la próxima semana)

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