La perla de las virtudes castidad y pureza

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Procura poner en seguro tu castidad, si hasta ahora no la has perdido; y si habiéndola perdido la has vuelto a recobrar, protégela por los medios más eficaces.

  • Si quieres conocer dónde está el peligro, vigila sobre ti mismo, y guárdate mucho de dar acceso a los malos pensamientos.
  • Si surgiera en tu alma alguna imagen impura, o sintieras algún mal deseo; si a las puertas de tu corazón llamase algún apetito deshonesto, no des oídos a la tentación, no tengas miramientos con ella: convierte los ojos del espíritu a otra cosa buena o indiferente.
  • Es castigo de la negligencia en rechazar los malos pensamientos el ser esta misma negligencia ocasión de numerosas caídas.
  • Una centellita de fuego, si desde luego no se apaga, conviértese pronto en grande incendio.; Ay de ti si comienza el incendio!
  • Es muy cierto que muchos vigilan poco sobre sus pensamientos, cual si creyeran que no tienen que dar cuenta de ellos. ¡Error lamentable! El pensamiento impuro, voluntariamente suscitado o consentido, es un pecado grave, que puede inducir y de hecho induce muchas veces a otros pecados aun más graves.
  • ¿Es acaso concebible una castidad que aun estando exenta de actos impuros, manche al espíritu con pensamientos vergonzosos? ¿Por ventura no ve Dios el interior del hombre? ¿No penetra el corazón y los riñones? ¿No le duele acaso sobremanera que así se degrade un ser tan noble como el alma racional?
  • Guarda pues, hijo mío, con todo cuidado tu corazón. De él procede la vida; pero también procede de él la muerte, la perdición eterna.
  • Del corazón salen los designios abominables, los homicidios, los adulterios, la fornicación y los demás vicios.
  • Aparta de ti los pensamientos ilícitos; rechaza los deseos culpables, y no pecarás: de malos gérmenes malos frutos. Guarda de los sentidos.

Dos son los guardianes principales de la santa virtud de la pureza: el pudor y la modestia.

  • El pudor huye los peligros próximos; la modestia preserva de los remotos.
  • El pudor es como un sacerdote respetuoso a quien el mismo Dios ha confiado la custodia del santuario de nuestro cuerpo. Con escrupuloso temor guarda pues los santos altares. Si algún fuego impuro comienza en ellos a arder, luego se alarma y apaga la traidora llama.
  • La modestia es custodia vigilante a la puerta del templo, y con implacable severidad niega la entrada a todo lo que puede profanar el lugar consagrado al Señor, o turbar la santa paz que en él debe reinar.
  • Tu cuerpo, es verdaderamente un santuario. ¿No sabéis que sois templos vivos de Dios, y que el espíritu de Dios habita en vosotros? Santo es el templo de Dios, y vosotros sois templo suyo. ¿No sabéis que vuestros miembros son templo del Espíritu Santo, que reside en vosotros y que habéis recibido de Dios?
  • La modestia pone freno conveniente a la excesiva libertad. Así el hombre casto siempre se respeta a sí mismo, ya esté solo, ya con otros.
  • No hay mirada, ni gesto, ni acción ninguna que él no ajuste a las reglas de la más severa modestia. En todas sus obras no hay ninguna que no pueda ser ejecutada a la luz del día.
  • Siempre tiene presente que el ojo del Señor todo lo escudriña; que mira a los buenos y a los malos; y que de nada sirve sustraer a las miradas de los hombres lo que está manifiesto a los ojos de Dios, presente en todas partes.
  • Por el contrario, el hombre imprudente se atreve con grave temeridad, cuando está solo, o con otros como él, a hacer lo que desagrada a los ojos purísimos de Dios, lo que entristece a los ángeles, a cuya custodia están encomendados los hombres, lo que hace subir al rostro los colores de la vergüenza en las personas honestas, lo que puede inducir y de hecho induce muchas veces a vergonzosas caídas.
  • La modestia frena la curiosidad culpable y aun la peligrosa; sobre todo la modestia procura poner saludable freno en los ojos. Son los sentidos las puertas y ventanas de nuestro corazón, el cual se convierte en campo de todas las pasiones si por descuido o traición de los centinelas llegan los enemigos exteriores a proveer de armas a los de dentro y a blindarles con su alianza.
  • El hombre inmodesto deja que sus miradas se derramen por todas parte no les pone freno alguno; no hay cosa que él no quiera ver, oír y saber; nada niega a sus sentidos, porque no es dueño de ellos ni de su propio corazón.
  •  Como las puertas de su alma están francas para recibir toda suerte de impresiones, el peligro entra muchas veces por ellas. Así se ve precisado a exclamar con frecuencia: ¡Ay, que la muerte se me ha entrado por las puertas! Ha subido por nuestras ventanas, ha penetrado en nuestras casas para destruir a los de las calles, a los mancebos de las plazas.
  • Te quejas a veces, de la violencia de ciertas tentaciones; pero, ¿acaso no tienes tu mismo de ello la culpa? ¿Tienes acaso la prudencia necesaria? ¿Tienes por ventura tus ojos, tus oídos, tus manos, todo tu exterior bajo la inspección de la razón?
  • ¿Están tus sentidos bajo la saludable influencia de este pensamiento: Dios santísimo y purísimo está presente en todas partes? Ten por cierto que tu pureza corre grave peligro, y el santuario de tu cuerpo va a ser muy pronto profanado, si no lo guarda aquel Nuevo Sacerdote y si no está vigilado por aquel Atento Centinela.

CATECISMO ROMANO

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