La dignidad y los derechos de la persona humana

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La dignidad y los derechos de la persona humana (*)

La doctrina católica nos muestra que, siendo Dios el Creador de todo lo que existe, es el verdadero y supremo Señor, a Quien corresponde un derecho absoluto sobre todo lo creado. Nuestro Señor Jesucristo, como Verbo de Dios y Redentor, es verdadero Rey del Universo por naturaleza y por conquista, y todos los hombres – individual y colectivamente – están bajo su autoridad. Fueron creados a Su imagen y semejanza, con inteligencia y voluntad libre, de donde provienen sus derechos y deberes, los cuales son universales y también fundamentales.

 

Entre esos derechos están los de profesar privada y públicamente la verdadera Religión, de buscar la verdad y, dentro los límites del orden moral y del bien común , a manifestar y defender sus ideas; el derecho a la existencia, a la integridad física y a los medios indispensables para un nivel de vida digno; a constituir una familia y educar a sus hijos; a participar de la cultura y, por tanto, el derecho a la instrucción; de reunirse y asociarse, a la propiedad privada sobre los bienes, incluso los productivos; al trabajo y a un salario justo en condiciones que no dañen la salud ni las buenas costumbres.

 

Todos estos derechos derivan de la naturaleza humana, pero ellos no son absolutos. En efecto, Dios dispuso que el hombre viva en sociedad, formando una comunidad a partir de la familia, célula matriz de toda la vida social, por lo cual el ejercicio de esos derechos debe ser regulado y limitado por las necesidades del bien común.

 

La sociedad para alcanzar el bien común necesita la existencia de una autoridad. Tanto la sociedad cuanto la autoridad que ella escoja, provienen de la naturaleza y, por tanto, de Dios mismo.(1) Tutelar los derechos de la persona humana y facilitarle el cumplimiento de sus deberes es el oficio esencial de todo poder público, para lo cual es esencial un orden jurídico que le sirva de apoyo externo, defensa y protección.

 

Por esto, el orden legal tiene un poder de coacción. La libertad de los ciudadanos debe ser limitada al imperativo moral de hacer el bien y evitar el mal. Los hombres tienen impresa en sus corazones la Ley, y de su cumplimiento es testigo su propia conciencia (2)

 

Sin embargo, la autoridad no está libre de toda ley, pues su facultad de mandar nace de la recta razón, por lo cual sólo debe ser obedecida si se armoniza con la ley moral. Si las leyes u órdenes de los gobernantes la contradicen y se apartan así de la voluntad de Dios, no obligan en conciencia, pues “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (3) En tal caso, la autoridad deja de ser tal y degenera en tiranía.

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(*) Texto extraído de la obra “La Revolución Cultural, un smog que envenena a la Familia chilena.” Pag. 149-151. Acción Familia. Diciembre 2001

(1)    Rom. 13, 1-6

(2)    Rom. 2, 15

(3)    Hec. Apost. 5, 29

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