Importancia de la familia mostrada por la renuncia del Papa

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Importancia de la familia mostrada por la renuncia del Papa

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La renuncia del Papa Benedicto XVI al ejercicio del Ministerio Pontificio suscitó una verdadera conmoción pública en el mundo entero.

 

Al respecto se manifestaron miembros de la Iglesia y Jefes de Estado. Los medios de comunicación del todo el mundo dedicaron sus portadas a anunciarla, y gran parte de sus páginas interiores a comentarla. Las TVs trasmitieron escenas filmadas en sus viajes o en sus alocuciones en Roma.

 

Es lógico que un hecho tan inusual como la renuncia de un Papa provoque este verdadero estupor universal. Sin embargo, lo que nos interesa comentar con Ud., estimado radioyente, son algunos aspectos sobre los cuales la prensa  ha dado poco o ningún destaque, y que, sin embargo, la renuncia Papal nos permite percibir con mayor claridad.

 

El primero de ellos es constatar la estabilidad psicológica que produce para toda la humanidad, incluso para los no católicos, la existencia de un poder espiritual permanente, una autoridad, que es representada por una persona visible, cuya misión es velar por el bien de la Iglesia y del Mundo.

 

Urbi et Orbe, para la ciudad de Roma y para el  Mundo. La conmoción pública de su renuncia permite medir la estabilidad que su sola presencia producía de modo quizás  imperceptible para muchos, pero muy real para el mundo entero.

 

Una estabilidad tal, que la última renuncia Papal se produjo 200 años antes de que Colón llegara a América.

 

¿Pensó Ud. lo que esto significa de continuidad?

 

Esta simple sucesión ininterrumpida de Pontífices a lo largo de 2000 años. Desde que Nuestro Señor le dijo a Pedro “Tú eres Pedro, y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia”, ha producido en lo más profundo de las conciencias un efecto psicológico profundamente tranquilizador y estabilizante.

 

Sin campañas publicitarias, sin candidaturas que se desprestigian mutuamente, sin ríos de dinero para financiarlas, sin la repetición incesante de este carnaval democrático; el poder del Papado, corre tranquilo, majestuoso y sereno, como las aguas de un río que avanza sin prisa hacia la eternidad. Se diría que el tiempo pasa para todos, menos para la Iglesia. Ella es siempre joven y sin arrugas.

 

Pero hay un segundo aspecto que queremos comentar con Ud., estimado radioyente que nos escucha. Una vez que nuestro programa se orienta a la familia, creemos importante hacer notar lo que significa, a su modo, la presencia de un padre para la familia.

 

El Papa, es llamado también Santo Padre; es decir, un hombre que por su investidura está llamado a ser Padre de  1.196 millones de hijos.  Una paternidad espiritual, sin duda, pero no por eso deja de ser verdaderamente la acción de un padre.

 

A él le corresponde por excelencia enseñar, gobernar y santificar a esos  1.196 millones de fieles que son sus hijos.

 

Ese gobierno muchas veces a lo largo de la historia, y muy específicamente en el caso de Benedicto XVI, le significó amonestar, corregir, señalar el buen camino etc. Algunos Papas a lo largo de la Historia llegaron a derramar su sangre en el cumplimiento de esa misión paterna.

 

¿No hay en esto un ejemplo para la misión de todos los padres de familia? ¿Para Ud., estimado papá que nos oye?

 

Ciertamente que sí.

 

Todo padre de familia, a su modo, debe también enseñar, gobernar y favorecer la santificación de sus hijos. Y este gobierno muchas veces le significa corregir, castigar, prohibir, por el bien de sus propios hijos.

 

Estas acciones, que son propias de todo padre, hoy día parecen no gozar de popularidad. En un mundo que quiere permitirlo todo y no prohibir nada, la autoridad del padre es muchas veces vista como una presencia incómoda de la cual la familia se debe liberar. Al punto que no son pocos los padres que prefieren consentir en el mal que ven para no perder su “popularidad” de padres “buena onda”.

 

Sin embargo, el padre que sabe cumplir con su misión no se deja inhibir por esa supuesta impopularidad. El sabe que más tarde, cuando sus hijos crezcan, ellos le agradecerán las veces que los corrigió o que los castigó, todas las veces que les señaló el buen camino.

 

Privar a una familia de un padre es como privar a un niño de la visión pues es por los ojos del padre que el niño comienza a ver y a juzgar lo que lo rodea.

 

La sorpresiva  renuncia de Benedicto XVI y esa súbita sensación de orfandad que se produjo en el mundo, incluso entre aquellos que no se reconocen católicos, nos permitió ver con más facilidad el papel del Papado, pero también el papel insustituible de cualquier padre en la vida de cualquier familia.

 

Su papel, en su familia.

 

Quizás Ud., señora que oye estos comentarios, nos preguntará: ¿Y el papel de la madre? ¿No es acaso tan importante cuanto el del padre?

 

¡Por supuesto que sí!

 

La madre es el corazón de la familia, es en sus brazos que los hijos reciben el calor del hogar.

 

Por ello privar a un niño de un padre y de una madre es como arrancarle los ojos con los cuales ve y el corazón con el cual ama… Es peor por lo tanto que quitarle la vida.

 

Para terminar nos permitimos recordar las paternales palabras que nos dirigió  Benedicto XVI, siendo aún el Cardenal Ratzinger:

 

“He recibido su amable carta (…) a la cual Usted adjuntaba el último Informativo de ACCIÓN FAMILIA.

 

“Me place saber que existe en Chile una iniciativa de este género que tiene como meta la promoción de los valores cristianos que sustentan la familia: una institución tan importante para el bienestar humano y lamentablemente tan quebrantada en el presente. No puedo menos que alentarlo en este apostolado y asegurarle mis oraciones para que el Señor lo siga iluminando y bendiciendo a usted, a sus colaboradores y a toda la familia chilena.

 

“Me valgo de la ocasión para saludarlo con sentimientos de cordialidad en Cristo nuestro Señor,

 

+ Joseph Cardinal Ratzinger”

 

Un ejemplo de este espíritu de paternidad católica.

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