El Combate Naval de Iquique: ¿Un triunfo de la familia?

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El Combate Naval de Iquique: ¿Un triunfo de la familia?

 

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El pasado martes todo Chile celebró el aniversario del Combate Naval de Iquique, batalla memorable que llenó de entusiasmo a toda la población chilena de entonces  por el heroísmo de los hombres de mar.

La bravura de los combatientes y el holocausto de sus vidas en defensa de la integridad del territorio nacional levantaron todos los ánimos y transformaron la guerra, hasta entonces local, en una verdadera causa nacional. Este factor fue decisivo para que posteriormente la confrontación con la alianza peruano-boliviana fuese definitivamente ganada por Chile.

Con razón entonces todos los años el País se detiene en su marcha para rendir un homenaje a los caídos en el desigual combate entre uno de los primeros acorazados de América, “El Huáscar”, en posesión de la Armada peruana, al mando del Almirante Grau y la pequeña y frágil corbeta “Esmeralda”, al mando de un joven capitán, Arturo Prat.

Todos aprendimos en el colegio la proclama de Prat a su pequeña tropa de oficiales y marineros, minutos antes del enfrentamiento: “Muchachos la contienda es desigual, pero ánimo y valor. Nunca se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo y espero que no sea ésta la ocasión de hacerlo. Por mi parte, os aseguro que, mientras yo viva, esa bandera flameará en su lugar y si yo muero, mis oficiales sabrán cumplir con su deber”.

Un discurso así, seguido del  gesto de saltar al abordaje de la nave enemiga para combatir hasta la última energía,  inmolando su vida, no es propia sino de grandes almas que se forjaron al calor de principios muy altos y que le dieron un sentido trascedente a la vida.

Sabemos que Prat fue siempre un fervoroso católico y su escapulario de la Virgen de Carmen, que portaba en el momento del combate, se conserva en el Museo Naval de Valparaíso.

Sin embargo, lo que queremos resaltar en este programa dedicado a la familia, es que -en coherencia con sus principios católicos- el Capitán Arturo Prat fue ejemplar como hijo, como esposo y como padre.

En realidad los auténticos héroes no se hacen en el calor de una batalla. Ellos se forjan lentamente como el acero al fuego de las probaciones y las dificultades de la vida.

Y a Arturo Prat no le faltaron dificultades. Sus padres, tuvieron un revés económico que los obligó a dejar un próspero comercio en el centro de Santiago y volver a la hacienda familiar de Ninhue.

Sin embargo las dificultades no se detuvieron ahí. Su padre aquejado de una parálisis progresiva tuvo que vender la Hacienda y Prat volver a Santiago, siendo un débil niño, para la chacra de su tío Chacón en lo que hoy es la comuna de Providencia.

Aceptó con entereza a sus cortos 10 años de edad  la oportunidad de ingresar a la Escuela Naval, entre otras cosas, por los problemas económicos que atravesaba su familia y porque fue becado por la Marina chilena.

Vemos ahí ya muy joven el cumplimiento de sus deberes de hijo al punto de sacrificar el natural cariño de la convivencia familiar para evitar un esfuerzo económico que los padres no podían darle.

Este elevado concepto del deber familiar, después lo supo cumplir también en sus deberes de esposo. Así, cuando embarcado, se entera de que su esposa, Carmela Carvajal estaba esperando su primer hijo, le escribe: “De manera, señora mía, que en el próximo marzo tendremos mamá; qué linda vas a ser; cómo te voy a querer entonces. ¿Podrá ser más? ¿Qué será? ¿Hombre o mujer? ¿Cómo se llamará? ¿Carmela o Arturo? Vamos pues, dime, cuéntame tus proyectos, tus esperanzas, ya me parece que veo en tus brazos un angelito de cabellos de oro y grandes ojos…negros. No te vayas a imaginar por esto que otro físico me disgustará”.

Pero, como la Providencia prueba a sus hijos predilectos, la niña, que fue bautizada como María Concepción del Monte Carmelo, murió al poco tiempo de nacida. Posteriormente, Prat pudo ver el nacimiento de sus otros hijos  Agustín, Arturo, Francisco Javier y María Blanca Estela.

Sus deberes familiares no los abandonó nunca. Al contrario, por el amor que le tenía a los suyos ahorraba todo lo que podía para que su familia tuviera una vida mejor, también ayudaba económicamente a su madre viuda, pagaba el colegio de su hermano Rodolfo y apoyaba también a sus pequeñas hermanas con ropa y mesadas.

Si estaba embarcado llevaba un registro de todo lo que gastaba, cuánto necesitaba y cuánto era su déficit. Inclusive estudió leyes, siendo el primer marino que asistía a la universidad, para ganar dineros extras que también estaban destinados a sortear gastos de su familia.

Algún auditor nos podrá objetar que estos detalles de su vida no son de gran importancia y no tienen ninguna relación con el gesto heroico de su muerte.

Justamente, si los comentamos en este programa es porque pensamos que, al contrario de nuestro supuesto objetante,  los grandes hombres se forjan primero por el cumplimiento de los deberes pequeños y diarios.

En realidad sería arduo pensar que alguien acostumbrado a desobedecer a sus padres, a descuidar a su esposa o a abandonar el cuidado de sus hijos, pueda en un momento de apuro, transformarse en un héroe.

Un héroe es una gran cosa para un País. Y las grandes cosas se hacen de a poco. Ya hemos recordado en otro programa de esta emisora el principio que dice que las “las grandes cosas no se hacen de repente”.

Ellas son fruto de pequeñas renuncias, del cumplimiento de pequeños deberes de la vida cotidiana.

Y el primero de los deberes de un hombre está íntimamente relacionado con la familia de la cual él hace parte. Con sus padres, que lo trajeron al mundo. Con sus hermanos menores, en las dificultades de su formación. Con su esposa, lejana pero siempre presente; con sus hijos, que son la prolongación de él mismo y a quienes en consecuencia dedica lo principal de sus esfuerzos.

Por eso cuando celebramos el Combate Naval de Iquique, el martes pasado, estábamos celebrando también, quizá sin saberlo, una fiesta del cumplimiento de los deberes de la familia.

Sin embargo, no creamos que tal actitud era privilegio único de la familia Prat Chacón. Era el patrimonio común de la sociedad chilena de ese entonces. Por eso, su actitud heroica no constituyó un hecho aislado.

Toda su generación es recordada como el “curso de los héroes”. De ella también formaron parte Constantino Bannen Pradel, Carlos Condell, Juan José Latorre, Jorge Montt Alvarez, Luis Uribe y otros.

Si fuéramos a estudiar la vida familiar de cada uno de ellos, ciertamente nos encontraríamos con grandes semejanzas a las que hemos señalado en la vida de Arturo Prat.

Feliz una nación cuando en ella es común el cumplimiento de los deberes de la familia. Ella está lista para enfrentar las peores dificultades. Las adversidades sólo servirán para hacer relucir mejor las virtudes que se forjaron en la vida doméstica.

Al contrario, cuando una sociedad abandona como un lastre obsoleto y pesado los deberes de la familia, cuando se crean supuestos nuevos tipos de familia, cuando todas las uniones y desuniones dan lo mismo, ¿qué ocurre?

Las bonanzas económicas sólo sirven para aumentar los vicios morales que engendraron en almas egoístas, y las más pequeñas dificultades se transforman en obstáculos intransponibles para personas acostumbradas sólo a “pasarlo bien”.

Pensemos un poco en esto al celebrar el Combate Naval de Iquique y midamos si en este aspecto, tan más importante que los índices económicos, Chile hoy es más pobre o más rico que en los idos años de 1879.

 

 

 

 

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