Divorcio y romanticismo

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Divorcio y romanticismo

Plinio Corrêa de Oliveira (*)

 

En general los argumentos que son esgrimidos contra el divorcio, sirven sólo para persuadir a intelectuales rectamente intencionados. Pero, en vía de regla son enteramente inoperantes para todo un inmenso sector de la opinión pública, cuyas preferencias vacilan entre la indisolubilidad y el divorcio, con una fuerte tendencia hacia este último.

 

Y por esto es que, oídos los argumentos más concluyentes, demostrada la nocividad del divorcio para la familia y la patria, reducido a un silencio embarazado y lleno de tedio, el divorcista se calla por algún tiempo, tartamudea à la diable algunos harapos de argumentos, y finalmente retorna toda la discusión en su punto de partida: “¿O sea que el cónyuge infeliz no puede rehacer su vida? ¿Es justo privarlo del derecho de reconstituir su felicidad?”

 

Todos los que hemos luchado contra el divorcio sabemos cómo es frecuente esta actitud. Los argumentos más claros, más incisivos, que más perforan, resbalan sobre mentalidades como estas, sin alcanzarlas. Cuando tales divorcistas son expuestos a la metralla de la lógica, se encogen. Cesado el fuego, reaparecen intactos. Una campaña anti-divorcista eficaz no puede dejar de tomar en consideración este hecho. Si ella quisiere conquistar terreno, debe reconocer que las vías de acceso que le permitirán penetrar en mentalidades como ésta aún no están convenientemente conocidas y exploradas. Es necesario que volvamos nuestra atención hacia la verdadera causa de ese estado de espíritu, a fin de encontrar la argumentación adecuada que lo corrija.

 

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Dichas estas palabras, queremos hablar del romanticismo. En los compendios, se dice que esta escuela ya murió. Esto es verdad, evidentemente, si se trata de la literatura o del arte. ¿Pero será igualmente verdad si se trata de la vida? Los modos de ser y de sentir que el romanticismo creó están de hecho enteramente ajenos a los hábitos mentales y afectivos de nuestros coetáneos. En lo que dice respecto al matrimonio, ¿será verdad que la actitud del hombre contemporáneo no se resiente de ninguna influencia romántica? ¿Y qué relación existe entre esta influencia y el problema del divorcio?

 

Evoquemos antes que nada algunos tipos de “héroes” y “heroínas” del romanticismo. El “héroe” del género “delicado” podría ser imaginado como un hombre (no hay nada más romántico que los 50 años) delgado, pálido, de facciones regulares, grandes ojos melancólicos perdidos en lo indefinido del horizonte, con un desaliño poético en el peinado y en el traje; el pecho palpitante de aspiraciones ardientes, indefinidas, torturantes, por una felicidad afectiva completa.

 

Pero él es un incomprendido. En rincones desconocidos de su personalidad hay horizontes sublimes, anhelos indecibles que piden, buscan, imploran la comprensión de un “alma hermana”. Debe existir por la vastedad de este mundo un ser hecho para comprenderlo. El lo busca, pues así encontrará la felicidad… y vaga tristón por la vida, hasta que lo encuentre.

 

El “héroe” romántico de tipo “terrible”, un tanto diverso en la apariencia física, es idéntico desde el punto de vista moral al modelo que acabamos de describir: exuberante de varonilidad, complexión atlética, belleza un tanto sombría según el estilo de algún personaje de Wagner, gran fortuna, gran situación social, influencia inmensa; en fin, todo lo que la vida puede ofrecer… pero (y ahí está lo “romántico” del cuadro) en el corazón una llaga: un afecto ardiente, una decepción tremenda, una persuasión tan pesada y tan fría cuanto una laja sepulcral, de que jamás ha de encontrar en la tierra la correspondencia afectiva con que sueña su corazón.

 

Simétricamente, se formó la figura de la “heroína”, de la cual no nos sería difícil evocar dos modelos característicos. Uno es el del género “mignon”. Ella es un mimo de delicadeza de alma y de cuerpo. Cualquier dolor la hace llorar, cualquier arañón de alma la hace sufrir. Ingenua como un niño, trae en el corazón un inmenso deseo de dedicarse y de ser querida por alguien. Precisa de protección pues su fragilidad es completa, y se refleja en la dulzura de su mirada, en las inflexiones armoniosas de su voz, en la finura de sus trazos, en la requintada delicadeza de toda su complexión.

 

Otro modelo sería la heroína del género “grande”. Belleza deslumbrante, estatura y porte de reina, centro natural de todas las atenciones, de todos los homenajes, de todas las dedicaciones, presencia dominadora y fatal. En el corazón, es verdad, una crispatura oculta, una amargura profunda, un gran y oculto dolor. Es la amargura de una desilusión pasada, la búsqueda ansiosa y ya sin esperanzas de alguien que verdaderamente la comprenda. A sus pies, poetas, duques, millonarios, gimen inútilmente. Su mirada indiferente, altanera, profunda y triste, busca a lo lejos, adentrándose en la vida, aquello que jamás encontrará. Es la felicidad de un gran afecto, según las aspiraciones “elevadísimas” y torturantes que le traen al alma en un secreto e incesante verter de sangre.

 

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Los lectores sonreirán tal vez. ¿No es verdad que todo esto acabó? Quien vé pasar en su automóvil de color risueño, al joven -o a la joven- de esta era risueña, de sport y vitaminas, ¿no hallará que estamos a leguas del romanticismo? El joven es robusto, alegre, parece bien instalado en la vida, lleno de sentido práctico y del deseo de vencer. La joven es desembarazada, emprendedora, utilitaria, muchas veces ardorosa. Ella también está alegre, se siente bien, y quiere “aprovechar” la existencia. ¿Qué hay en ella de común con la dama del género lacrimosa que conmovía a nuestros abuelos?

 

No negamos que el utilitarismo moderno haya creado un clima de mucha mayor tolerancia hacia el matrimonio inspirado por motivos cínicamente financieros. No negamos que los cálculos concernientes a la carrera, a la posición social, influyen hoy mucho más frecuentemente que otrora, en los matrimonios. Pero erraría quien quisiese generalizar absolutamente los numerosos ejemplos concretos que se podrían presentar en este sentido. A despecho de todo utilitarismo, el terreno reservado al “sentimiento” continúa siendo muy considerable. Y si analizamos este “sentimiento”, veremos que él no es sino una adaptación muy superficial de los viejos temas románticos.

Nuestra era de democracia ya no admite a los personajes sobresalientes y excepcionales. El “héroe” es hoy un “popular guy” y la joven una “glamour girl”. Un “popular guy” como mil, bien entendido. Y una “glamour girl” como mil también. La existencia moderna mecanizada los fuerza a ser menos asiduos que sus ancestros en el devaneo y en las interminables divagaciones. Todo esto circunscribe de varios modos el ámbito de las efusiones imaginativas y sentimentales.

 

Pero hechas todas estas reservas, siempre que ellos se ocupan de amor, es el mismo sentimentalismo dulzón, son los mismos anhelos vagos, las mismas in-comprensiones, las mismas afinidades, los mismos sobresaltos, las mismas crisis, las mismas ansias de felicidad afectiva sin fin, y la misma y crónica precariedad de todas estas “felicidades”.

 

No queremos aquí hacer un estudio psicológico de la producción literaria y artística más o menos de segunda clase que hace su carrera por el mundo, y que forma verdaderamente el espíritu de masa. Basta que nuestro lector tenga un poco el sentido de la realidad que a todo momento lo rodea, para percibir cuán justas son nuestras observaciones. De hecho, la gran mayoría de los matrimonios realizados por motivo de afecto, se construyen hoy sobre sentimientos absolutamente embebidos de sentimentalismo romántico.

 

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Y aquí está el problema. Si algunos matrimonios se hacen por interés, y otros por afecto, y si los que se hacen por afecto en general se hacen bajo el influjo del romanticismo, la cuestión de la estabilidad del convivencia conyugal depende de saber hasta qué punto el interés o el romanticismo puede llevar a los cónyuges a soportarse mutuamente.

 

No hablemos del interés. El asunto es demasiado claro. Hablemos del romanticismo.

Antes que nada, acentuemos que el romanticismo es esencialmente frívolo. El supone de buen grado las mayores virtudes en la “heroína” o en el “héroe”. Pero en el fondo estas virtudes pesan muy poco en la balanza, como factor de sobrevivencia del afecto recíproco.

 

En efecto, el sentimentalismo perdona generalmente, sin gran dificultad, defectos morales reales, ingratitudes, injusticias, y hasta traiciones. Pero no perdona trivialidades. De suerte que -para tocar en la carne viva de la realidad es necesario ejemplificar- un modo ridículo de roncar durante el sueño, el mal aliento; en fin, cualquier otra pequeña miseria humana, puede matar inapelablemente un sentimiento romántico… que resistiría a las más graves razones de queja.

 

Ahora bien, la vida cotidiana es un tejido de trivialidades, y no hay persona que en la convivencia íntima no las tenga más o menos difíciles de soportar. Por esto, ya se tornó banal hablar de las desilusiones que vienen después de la luna de miel. “Pasado este período” -me dijo cierta vez alguien- “mi esposa no me dio ninguna decepción, pero me llenó de desilusiones”. Y como el romanticismo por esencia y por definición es todo hecho de ilusiones, de afectos descontrolados e hipotéticos hacia personas que sólo serían posibles en el mundo de las quimeras, la consecuencia es que en poco tiempo los sentimientos que eran la única base psicológica de la estabilidad de la convivencia conyugal, se deshacen.

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Naturalmente, una persona en estas condiciones no baja hasta el fondo de las cosas, no percibe lo que hay de substancialmente irrealizable en sus anhelos, y juzga pura y simplemente que se engañó.

 

Entiende ella, pues, que aún puede encontrar en otro la felicidad que el matrimonio no le dio. Habituada a vivir única y exclusivamente para la propia felicidad, habituada a ver la felicidad realizada única y exclusivamente en la satisfacción de los devaneos sentimentales, tal persona juzgará su vida irremediablemente estragada, si no los satisficiere de otro modo. Y juzgará igualmente estragada la vida de todas las numerosas otras personas que hubieren caído en el mismo “equívoco”. De donde el divorcio le parecerá absolutamente tan necesario cuanto el aire, el pan o el agua.

 

A una persona en este estado de espíritu, ¿qué impresión podrá causarle una argumentación seria contra el divorcio? Habituada a divagar, y no a pensar, ella detesta toda argumentación, especialmente cuando es seria. Hablarle de sociología a propósito de matrimonio y de amor se le presenta tan chocante cuanto hablar de los asuntos más técnicos de la botánica a un poeta entretenido en admirar la belleza de una flor.

 

Se comprende, pues, que campañas antidivorcistas, férreamente coherentes en todos sus argumentos, den en un blanco errado queriendo convencer con argumentos basados en la moral o en el bien del país, a personas únicamente preocupadas por alcanzar la felicidad individual en un mundo de sueño y de quimera.

 

Y aquí llegamos al fin. En último análisis, romanticismo es apenas egoísmo. El romántico no busca sino su propia felicidad, y sólo concibe el amor en la medida en que el “otro” sea instrumento adecuado a tornarlo feliz. Esta felicidad afectiva la desea tan exclusivamente que, si diere riendas sueltas a su sentimiento, saltará sobre todas las barreras de la moral, pasará por encima de todas las conveniencias del bien común, y satisfará brutalmente sus instintos. Y sobre el egoísmo nada se construye… la familia menos aún que cualquier cosa.

 

Es necesario, pues, lanzar una tremenda ofensiva antiromántica, para mostrar la substancial diferencia que va de la caridad cristiana, toda hecha de sobrenatural, de sentido común, de equilibrio de alma, de triunfo sobre los desarreglos de la imaginación y de los sentidos, toda hecha de piedad y de ascetismo en fin, para el amor sensual, egoísta, hecho de descontroles, de sentimentalismo romántico todavía tan en boga.

 

Es falso imaginar que los verdaderos esposos cristianos son los héroes de romance que por una feliz coincidencia consiguieron hacer un matrimonio auténtico, según el Derecho Canónico, como paso preliminar para la satisfacción de sus pasiones, pero que llevan para el tálamo conyugal el mismo estado de espíritu, el mismo egoísmo, la misma falta de mortificación de cualquier amor de aventura.

 

Mientras la concepción sentimental-romántica influyere implícita o explícitamente en la mentalidad de los núbiles, todo matrimonio será precario, pues habrá sido construido sobre el terreno esencialmente pegajoso, movedizo, volcánico, del egoísmo humano.

 

 

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Se dice comúnmente que la familia es la base de la sociedad. Los matrimonios nacidos del sentimentalismo egoísta y romántico son la base de la Ciudad del Demonio, en que el amor del hombre a sí mismo es llevado hasta el olvido de Dios. Los matrimonios nacidos del amor de Dios, y del amor sobrenaturalmente santo al prójimo, hasta el olvido de sí mismo, son la base única de la Ciudad de Dios. 

 

(*)       Revista Catolicismo, Oct. 1951

 

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