¿Cómo se forma el liderazgo? II

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¿Cómo se forma el liderazgo? II

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Estimado radioyente:

En nuestro último programa de la semana pasada nos referimos al tema de la importancia para  una sociedad de poseer auténticos líderes.

Algunos oyentes nos comentaron que el tema les parecía oportuno y por ello queremos profundizar un poco más en el asunto.

Comencemos primero por decir que analizaremos el tema siempre de modo extra-partidista y apolítico, pues lo que nos interesa es destacar el rol que deben jugar los auténticas líderes en una sociedad y no si ellos se encuentran en uno u otro partido político.

A lo anterior se debe agregar que precisamente lo que el País siente es que, tanto en el orden político cuanto en la mayor parte de las manifestaciones de la vida nacional, existe una notoria ausencia de verdaderos líderes.

Tal ausencia lleva a que la mayoría de la opinión nacional se desentienda de los problemas generales, pues no sienten ningún vínculo entre sus problemas diarios con los problemas generales.

De este modo la vida nacional, en sus aspectos más importantes va quedando a la deriva y fácilmente puede ser tomada por sorpresa por algún oportunista que sepa aprovecharse de la ausencia de auténticos líderes.

Y, cuando un falso líder se encarama al Poder, sea éste un político demagogo, un dirigente sindical  o un agitador social, naturalmente las instituciones a su cargo van sintiendo el peso de una autoridad opresiva, cuya principal característica es que, en vez de servir al conjunto, se sirve de todos para su provecho individual o del Partido o facción que representa.

Por ello nos parece muy importante precisar algunas nociones básicas de lo que es un auténtico líder y cómo éste se forma. Nos serviremos de las enseñanzas del Profesor Plinio Correa de Oliveira publicadas en su último libro sobre el papel de las auténticas élites y su papel en la vida social.

Es en la más básica de las sociedades, que es la familia, donde comienzan a darse las primeras señales del auténtico liderazgo, que consiste principalmente en el servicio al bien común.

En efecto, en la familia ya se distingue el bien de cada uno de los componentes con el bien de toda la familia en su conjunto. Por ejemplo,  a un padre de familia le podrá resultar más cómodo residir cerca de su trabajo, pero lejos del colegio de sus hijos. Sin embargo, si el padre es verdadero padre, él postergará su bien individual por el bien de sus hijos y en ello él servirá primero al bien común de la familia, representado por el bien de los hijos.

Lo mismo puede ser dicho a respecto de la madre. “Tendrás tus hijos con dolor”, fue el castigo dado a Eva y a su descendencia.  A pesar del dolor que la madre tiene al dar a luz, ella sabe que una de las misiones más sagradas que tiene como esposa es la de ser madre y de  traer nuevas vidas al mundo. Y se sacrifica con gusto por eso cuando nacen los hijos, y después durante todo su desarrollo.

Aquí encontramos el primer desempeño del auténtico liderazgo. Sin embargo, si bien es cierto que la autoridad bien desempeñada dentro de la familia es muy importante, es verdad que existen esferas más amplias que la de cada familia, como son los problemas de barrio, del municipio, de los rumbos políticos de una nación, etc.

Ahí es que deben surgir los líderes que atiendan el bien común de las esferas más amplias de la sociedad. Es decir, las personas que en un municipio se preocupan más del conjunto de las problemas y necesidades de todas las familias que la constituyen, naturalmente serán llevadas a tener un destaque mayor.

En una sociedad no politizada, es común que las autoridades municipales nazcan de la propia vida del municipio. Ellas podrán ser por ejemplo, un agricultor destacado, en una municipalidad rural;  un comerciante exitoso, en una municipalidad urbana; o un médico caritativo que atiende con mayor dedicación, pero con particular desinterés personal a sus pacientes; o quizás también, el propietario de una radio de la Comuna que, en medio de sus transmisiones habituales,  auxilia a las familias para comunicarse a distancia.

Todas estas acciones van distinguiendo a los auténticos líderes de los aprovechadores del poder. Y la población general también lo distingue, con lo cual se empiezan a generar la gratitud y la admiración, que serán la base del liderazgo.

En efecto, para gobernar hombres es necesario antes de todo alcanzar de ellos la admiración, la confianza y el afecto.  A este resultado no se llega sin una profunda consonancia de principios, de anhelos, de rechazos, sin un cuerpo de cultura y de tradiciones comunes a gobernantes y gobernados.

Y es curioso constatar que existe un discernimiento entre los propios gobernados de quiénes verdaderamente se están sacrificando por ellos y quiénes, al contrario, se sirven de sus dificultades para su propio provecho.

Un ejemplo en este sentido, ocurrió precisamente en esta semana pasada en Holanda. Si hay algo que no se puede decir de Holanda es que ella tenga una sociedad conservadora. Sin embargo la amplísima mayoría de esa nación considera que los reyes, en vez de servirse de Holanda, la sirven para mantenerla unida como una sola nación. Así la Reina Beatriz, abdicó esta semana pasada, en medio del regocijo del pueblo, en favor de su hijo Guillermo. No fueron necesarias ni “primarias”, ni elecciones  ni plebiscito.

Según datos de una encuesta realizada por la televisión pública de ese país, dada a conocer en la víspera de la ceremonia de investidura, la confianza en el príncipe heredero, hoy Rey Guillermo,  subió del 2012 al 2013 en diez puntos, pasando del 59% al 69%, sin necesidad de propaganda ni de esfuerzos de marketing  ni de tipo alguno de promociones.

Otro ejemplo de discernimiento popular en la autenticidad de sus líderes se recordó también en esta semana, por ocasión del cumplimiento de los 50 años en que Sir Winston Churchill dejó de actuar definitivamente en la política de Inglaterra.

“El Mercurio” del 3 de mayo de 1963 informaba  que el ex Primer Ministro británico, de 88 años, “expresó que no postulará a una reelección como miembro del Parlamento”, después de ocupar el cargo por 66 años ininterrumpidamente.

Es que la figura de Churchill despertaba admiración en prácticamente todos los británicos. “Su grandeza fue forjada en los primeros días de la Segunda Guerra Mundial, cuando parecía que Gran Bretaña estaba vencida (…) Logró levantar la moral del ejército y del pueblo, debido a su gran carisma y su enorme habilidad como político”, informaba el diario.

Mención aparte merecen sus discursos. “Defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el costo; pelearemos en las playas, pelearemos en los sitios de desembarques, pelearemos en los campos y en las calles, pelearemos en las colinas. Nunca nos rendiremos”.

Éstos son los auténticos liderazgos que entusiasman a los auténticos pueblos.

Para forjarlos es necesario el servicio al bien común, como ya dijimos, pero ese servicio debe estar dotado de una fuerza de voluntad capaz de no sólo pronunciar bonitos discursos, como el que acabamos de señalar, sino también de hacerlos realidad en el desempeño de sus altas responsabilidades públicas.

Es el surgimiento de estos verdaderos líderes lo que deseamos para nuestra Patria.

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