A DIOS queremos

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Estimado radioyente:

Es probable que Ud. recuerde una canción que se cantaba hace ya varios años atrás en la Iglesias: “A Dios queremos en nuestras leyes, en las escuelas y en el hogar”.

Los que cantamos esa letra, siempre pensamos, que es natural y lógico que, si reconocemos a Dios como nuestro Creador y Nuestro Señor, lo queramos también tener presente en nuestras escuelas, en nuestras leyes y en nuestro propio hogar.

Tal idea no quiere decir que Ud. o yo ignorásemos que la Iglesia y el Estado de Chile están desde 1925  separados, pero tal separación nunca fue interpretada por el común de los chilenos como una enemistad entre la esfera temporal y la espiritual.

Al contrario, pese a esta separación, todas las instituciones de la vida nacional continuaron siempre y de modo ininterrumpido hasta el día de hoy manifestando oficialmente su culto a Dios.

El Poder Ejecutivo por ejemplo, encabezado por su Presidente no ha dejado de asistir en ninguna ocasión, el 18 de septiembre de cada año, al solemne Tedeum que se reza en la Catedral de Santiago, y otro tanto hacen los Gobernadores en las principales Iglesias de cada Región del País.

Igualmente hasta el día de hoy existe en la Moneda una Capilla consagrada al culto religioso, y es la única sala que, desde su construcción por Toesca,  nunca ha cambiado de destino a pesar de las distintas presidencias que ocuparon el Palacio de Gobierno y encabezaron el Poder Ejecutivo.

Por su parte, las Fuerzas Armadas y de Orden, desde el voto de O’Higgins a la Virgen del Carmen, hasta los días de hoy,  tienen capellanes religiosos  que los han acompañado a las batallas durante la Guerra del Pacífico e iglesias propias bajo cuyos techos se celebran los sacramentos de los miembros de esos importantes estamentos de la vida nacional.

El escapulario de la Virgen del Carmen con el cual murió Arturo Prat es guardado por la Armada como preciosa reliquia en el Museo Naval de Valparaíso.

Iguales manifestaciones  de reconocimiento religioso podemos encontrar en el Poder legislativo. “En nombre de Dios se declara abierta la sesión”, dicen los presidentes de las Cámaras y de las Comisiones parlamentarias, antes de comenzar  los respectivos debates.

La propia Constitución nacional, al establecer las bases de la institucionalidad, considera que la familia debe ser protegida por el Estado, y la entiende desde el punto de vista estrictamente cristiano y natural. Tanto es así que, al definir los deberes del Estado para con la familia, toma las propias palabras de la encíclica Mater et Magistra.

A este respecto, el Profesor de Derecho Constitucional  José Luis Cea señala: “el Poder Constituyente ha recogido la concepción que, en la civilización occidental, fue infundida por el cristianismo en el tema (…) Se define la familia, en el sentido natural y obvio, como el grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas. Más específicamente, es tal la unión que, un hombre y una mujer ligados en matrimonio, forman con sus hijos. Esta institución es anterior a todo reconocimiento por las autoridad pública y, como tal, se impone a ella, siendo deber de ésta  reconocerla y protegerla”.

Claro ejemplo de cuánto los principios religiosos están presentes en nuestra vida nacional es el hecho de que la única mujer ante la cual los chilenos sin distingos se arrodillan, es Santa Teresa de los Andes.

Por lo anterior a nadie le puede sorprender el hecho de que, siendo la Iglesia Católica la institución que a lo largo de toda la historia de la vida nacional, inclusive antes de la declaración de la vida independiente y soberana, veló por la integridad del matrimonio monogámico e indisoluble, se preocupe ahora de la preservación de esa institución ante los intentos de reformas legislativas.

Tal preocupación se debe manifestar en todas las esferas de la vida nacional, y los miembros de la Iglesia, en especial su Jerarquía, tienen la obligación moral de hacer sentir a las autoridades nacionales las preocupaciones y los reparos que consideren graves desde el punto de vista de la moral y de la integridad de la Fe.

Por ello resulta del todo inaceptable una creciente onda de manifestaciones hostiles a la voz de la Iglesia en materias legislativas, y en particular su fundamentada oposición al proyecto de “Asociación de Vida en Pareja” que pretende legalizar las uniones heterosexuales y homosexuales, equiparándolas con las matrimoniales.

De acuerdo a esa corriente de pensamiento llamada “laicista”, el culto a Dios debería ser algo estrictamente privado y casi oculto, no se debería invocar su nombre en ninguna actividad ni manifestación pública u oficial, y se debería apenas tolerar que en la vida privada de los individuos aún pudiésemos rezar o asistir a las misas y recibir los sacramentos.

Tal empeño por dejar fuera cualquier participación de la Iglesia en la vida pública nacional, afirmando que las instituciones no deben recibir influencia de ninguna religión resulta cotradictorio, pues esta posición, supuestamente laica, termina afirmando una “verdad religiosa”, que es la negación de Dios.

De acuerdo a esta corriente laicista, sólo podrían participar en los destinos del País aquellos que no crean en Dios o que crean que Dios no debe intervenir en nada público, lo que es lo mismo que afirmar que sólo el materialismo o el ateísmo deben intervenir en la vida nacional.

Por lo tanto, esta posición supuestamente laica es en el fondo una posición anti-religiosa y, en cuanto tal, podríamos llamarla de la religión de los anti Dios.

Esta doctrina religiosa materialista fue  impuesta por el marxismo en todos los países por él dominados, y sus consecuencias son demasiado conocidas como para extendernos sobre lo que significó para la civilización y el respeto a los derechos de la persona humana.

En conclusión, para que la vida nacional no se encamine a la expulsión de Dios, es importante que los padres de familia enseñen desde los primeros años a sus hijos a que las manifestaciones públicas de culto a Dios deben ser permanentes y en todas las circunstancias que normalmente ellas se impongan.

Y para ello, le propongo estimado radioyente que Ud. comiencen a rezar en familia en las circunstancias en que están todos juntos. Antes de la cena por ejemplo, o en la noche, antes de irse a dormir. Es una muy buena costumbre que no podemos dejar de lado.

Por ello no dejemos de entonar nuevamente; “A Dios queremos en nuestra leyes, en las escuelas  y en el hogar”….

 

 

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