Venezuela: de Saudiarabia a Stalingrado

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La orden de Stalin fue inapelable y taxativa: matar de hambre a los opositores, reales o imaginarios, que en su esquizofrénico desvarío se vio asediado por enemigos de la revolución y “del pueblo” hasta en la sopa.

Fue una terrorífica cacería que no perdonó a nadie. Todos eran susceptibles al odio, la persecución y el fusilamiento del tirano. Los ex camaradas y toda su descendencia. Poco le importó que esa hambruna adquiriese contornos tan apocalípticos, que en algunos lugares derivara en feroces actos de canibalismo.

Fueron millones los muertos de hambre. Acompañados por los millones de fusilados o encarcelados en los campos de concentración que Solzhenitsyn denominara posteriormente Archipiélago Gulag, durante la era del horror de 1936 y 1937, cuando tras la mampara de la persecución a “los enemigos del pueblo”, Stalin, el tirano más criminal y esquizofrénico de la historia, y sus esbirros del terror policial barrieron con toda la vieja dirigencia bolchevique, nada más y nada menos la que, a las órdenes de Lenin y Trotski, asaltó el Palacio de Invierno, montó el Consejo –Soviet– de San Petersburgo, posteriormente rebautizada en Leningrado, y estructuró el régimen tiránico más espeluznante creado por el hombre: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS.

No he dejado de pensar en la era del terror de Estado de los soviets desde que, sorpresivamente, y precisamente cuando el exitoso e inesperado surgimiento del presidente interino Juan Guaidó comenzó a acorralar al usurpador y a imponerse en todos los países democráticos del orbe, los venezolanos se vieron privados súbitamente de luz y de agua, las dos necesidades básicas de un ciudadano en una sociedad moderna.

¿Quién iba a imaginarse en plena época de máxima bonanza petrolera, hace unos pocos años, cuando los bancos rebosaban de solicitantes de dólares preferenciales vía Cadivi para salir a Florida a comprar computadoras o permitirse viajes turísticos a El Cairo, Jerusalén, Bombay, Pekín, Islandia, Hawaii o paseos a los fiordos antárticos y estadía en Calafate, puesta de moda por la familia Kirchner, y travesías por el Estrecho de Magallanes, que un día no tan lejano no serían los fiordos magallánicos, ni las orillas del Sena o del Danubio , sino las sucias aguas del Guaire las que se ofrecerían a la sedienta e insaciable voracidad de los pobres caraqueños?

Había con qué embrujar y seducir a quienes prefirieron un cupo Cadivi que acompañar las luchas de nuestros mártires por impedir la entronización de la tiranía.  ¿No hubo reputados columnistas de prensa, radio y televisión que reclamaron por el impedimento vehicular provocado por las barricadas, precisamente cuando muchos caraqueños por dicha razón no podían culminar sus gestiones tras el ansiado cupo? Era el peso de la noche de la abundancia saudita que nos habituó a querer arroparnos mucho más arriba de lo que daba la cobija.

Nunca viví en una sociedad que nadara en tanta abundancia como la Venezuela que conocí al llegar a Caracas a finales de junio de 1977. Quesos franceses y españoles, salmón noruego, caviar iraní, agua mineral italiana, vinos españoles, chilenos, californianos y argentinos, whisky escocés, de malta o cebada, champaña por doquier. La Dame o Dom Perignon y la más diversa variedad de licores europeos. Carros y motos de todas las marcas. Relojes de oro que las bataholas del cambio ofrecían a mitad de precio. Y cuanto chiche electrónico aparecía en el mercado. Conocí españoles que venían a comprarse un Rolex en Caracas: el dólar preferencial los ofrecía a mucho mejor precio que en Madrid.

A finales del gobierno de Lusinchi y con el objeto de mantener la ilusión de un respaldo popular inquebrantable –dejó el gobierno con 60% de aceptación–, una camioneta 4×4 costaba en Venezuela la mitad de su costo en sus países de origen. Se vaciaron las arcas del Banco Central y CAP tuvo que pagar los platos rotos.

Nadie le perdonó que su Venezuela ya no fuera la saudita de su primer gobierno o la desopilante de su camarada adeco, que se farreara todas las reservas y elevara la deuda externa hasta extremos catastróficos. España o Portugal eran el propio subdesarrollo. Nadie vivía en Europa en medio de tanta irreal bonanza y tanto falso esplendor. Caracas era lo que es el Dubai de hoy. La Venezuela saudita. Que no solo nadaba en dólares, sino que estaban a la libre orden y disposición del consumidor como una de las pocas mercancías de bajo precio.

Con Chávez el carnaval del despilfarro y la robadera alcanzaron límites siderales. Era la primera vez en la historia del socialismo contemporáneo, si es que existió otro en los albores de la civilización, que el respaldo popular al asalto despiadado y criminal a la propiedad privada se conquistaba a punta de dólares, de consumismo despiadado, de alienación monetaria. Era la primera vez que los líderes de la revolución saqueaban las arcas del Estado en proporciones tan colosales. El cupo Cadivi vino en reemplazo del Manifiesto Comunista.

La corrupción en reemplazo de la conciencia de clase. Fue el engaño, la estafa y la ilusión de una falsa prosperidad, mientras la crisis humanitaria, la pobreza extrema y la hambruna sentaban los cimientos de la tiranía. Chávez, el flautista de Hamelin, nos llevó como a las ratas hasta el abismo del castro-comunismo. Maduro vino a culminar la faena. Es una historia ominosa. La historia no nos absolverá.

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