¿Una ciudad “humana” sin Dios? Parte I.

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Pbro. José Luis Aberasturi InfoCatólica 24 5 2019

Es lo que estamos viendo, porque es lo que está al orden del día: se ha pretendido construir, y se ha construido de hecho, la “ciudad sin Dios” –ut si Deus non daretur: ‘como si Dios no existiese’, invento de la Enciclopedia, anticristiana por nacimiento y devoción- como signo fundante y distintivo de la “ciudad de los hombres”, porque en algún sitio hay que vivir. O sea: el retorno a la Torre de Babel, ¡que ya es progresismo!

Como los componentes más sonados y más sonoros de la progrez no saben nada, no saben ni historia, y así, llaman “progreso” al “regreso”. Por sus frutos los conoceréis, que dijo Jesucristo; para que no nos chupáramos el dedo fundamentalmente.

Para conseguirlo, la progrez ha tenido que destruir los anteriores intentos de construir la “ciudad de Dios” -así se había pretendido vivir desde Cristo y por Su influjo, en el seno de la Cristiandad- que era exactamente el mandato de Dios a los hombres. Por cierto y por si a alguien se le había pasado el tema: la “ciudad de Dios” es la ÚNICA ciudad en la que el hombre ha encontrado siempre cobijo, descanso y refugio; pues, siendo la “casa del Padre”, era “su casa”: el único nicho ecológico posible y seguro donde poder vivir -por hombre- la grandeza de lo humano y su dimensión sobrenatural: enteramente LIBRE, y para Dios.

Pero, “la ciudad sin Dios”, “la ciudad de los hombres y para los hombres sin lugar para Dios” es, por definición, INHUMANA: cruelmente inhumana para más señas. Por señalar algunos puntos: el desprecio de la persona y su dignidad, que se traduce en mil opresiones y persecuciones: el aborto, la mentira como única seña de identidad válida, la anticoncepción, la antifamiliaritis aguda, la corrupción rampante como sistema de vida de los de arriba contra la mayoría, la corrupción de menores, la violencia de todo género -ya desde la escuela- auspiciada desde dentro del mismo sistema, el abuso y ninguneo de la mujer, la despoblación, la pérdida de identidad de las personas y de las sociedades, el derrumbe cultural, el bajonazo moral a todos los niveles y en todas sus categorías, el gobierno supremacista de los peores especímenes, la persecución de lo bueno, el ninguneo de la dimensión religiosa, en especial la persecución de lo católico, etc., etc.

Todo esto y más que se podría añadir -todo lo que hasta hace bien pocos años no existía en las sociedades al uso; sociedades en las que, con todas las deficiencias propias del quehacer humano, falible por naturaleza, se pretendía vivir “con” Dios- ha florecido en todas ellas, porque en ellas se ha sembrado -lo mismo que en los corazones y en las conciencias- como causalidad directa: sociedades y personas donde Dios ni está ni se le espera, porque a Dios se le ha echado. De su casa, que era a la que nos había traído y nos la había dado como herencia.

Se repite, con dos variantes, la historia del “hijo pródigo”, modificada para mal por el propio hijo.

Primera, ahora el hijo no le pide al padre la parte de la herencia para largarse a vivir disolutamente, sino que el hijo ECHA al padre de la casa… ¡de su padre!

Segunda, y sin solución de continuidad: con estos modos, al hijo se le hará imposible aquel volver sobre sí mismo; es decir: ya no podrá juzgar -con recto y necesario juicio moral, de conciencia- la burrada que ha cometido; lo que le llevaría a compungirse, a arrepentirse y a volver a su padre y a su casa, de donde no debería haberse ido nunca… Ahora ya no puede: se ha quedado sin referentes, por la sencilla razón de que se ha quedado con todo y ha roto con todo: es el amo y señor. 

¡Seréis como dioses! Es la eterna muletilla, engañosa pero eficaz, rompedora y corruptora, desde Adán y Eva, pasando por Babel, y llegando hasta nuestros días, También en la Iglesia Católica. De este modo, el hombre, endiosado y encerrado en sí mismo, ¡ya nunca podrá volver en sí, y rectificar: se quedará anclado en el mal que ha obrado! Ni tiene el referente de la casa que dejó, porque se la quedó; ni tiene el referente del amor de su padre, del que no sabe ni dónde está: y se quedará sin sus besos paternos, y sin la fiesta del reencuentro: este hijo mío estaba muerto y ha resucitado, estaba perdido y ha sido hallado.

Porque, se quiera o no, se admita o no, se reconozca o no, las cosas son como son y no como nos las pretenden contar y hacer tragar los listillos de turno que creen que tienen la sartén por el mango.

¿Cómo se ha construido esta “sociedad sin Dios”, y esta “persona sin Dios”No ha sido difícil. Lo que más ha costado, por decirlo de alguna manera, ha sido la inversión de tiempo: puestos los medios, y como “a la chita callando” -sin enseñar la patita, o enseñándola bien camuflada de harina para, siendo de lobo, parecer de oveja-, dar tiempo al tiempo. Y explico el proceso, teórico y práctico.

Se tuvo que admitir, como primer principio de las sociedades y de las personas que las componían   -los ciudadanos- que “la autoridad viene del pueblo”: ¡si se rompía con Dios, se rompía totalmente! Y como las sociedades necesitan, sí o sí, sustentarse en una autoridad -alguien tiene que mandar, especialmente por y para los listillos- había que tumbar la que estaba vigente, y que era la única verdadera y estaba puesta al servicio del hombre: la autoridad de Dios. Con sus Mandamientos y sus Presupuestos -que regían a todos, gobernados y gobernantes: Dios, Creador del hombre y del mundo; y Dios Fin último del mundo y del hombre.

Solo con ese engañabobos de “la autoridad viene del pueblo” -curiosamente NUNCA la ejerce-, y su mutante de mayor hondura intelectual, “to’ pa’l pueblo”, los gobernantes pudieron hacer del pueblo lo que quisieron. Lo que han hecho exactamente. Con el agravante -para el pueblo- de que, los gobernantes, al no tener que rendir cuentas ante ninguno -los ciudadanos-, ni ante Nadie -Dios- han podido campar a sus anchas: y lo han hecho corrompiendo y masacrando al personal. Como se ve cada día de un modo más terriblemente nítido.

Asentado este primer postulado, si la autoridad viene del pueblo, las leyes que publica, también. ¿Y qué mejor que aprovechar la jugada para entrar como un elefante en una cacharrería y hacer añicos el orden moral y religioso que había estado vigente hasta ahora? Orden fundante y garante del recto orden social y políticoPorque, como demuestra una y otra vez la experiencia -o sea: siempre- sin Moral todo se queda en barra libre: las leyes no tienen ya más “fuente” que la mera voluntad partidista y aleatoria de los gobernantes, ni más “fuerza” para obligar que la “fuerza bruta”, cualquiera que sea su naturaleza.

Lógicamente, para eso, los listillos del sistema echaron mano de todos los aprovechados que encontraron a su paso; además de todos los tontos útiles e inútiles que, incluso en la misma Iglesia, se pueden encontrar: y sin demasiado esfuerzo, porque abundan.

De este modo, se pusieron en marcha “leyes” -con el consiguiente uso de la “fuerza legal”; llegando a la persecución y al genocidio cuando  ha hecho falta- que iban precisamente con lo que la Iglesia Católica había mantenido contra viento y marea; no en vano era el referente y el enemigo a batir -y acertaban- pues era el único frente que no solo se les había resistido, sino que se había atrevido a contradecir al “sistema”. Al menos, hasta el presente más cercano.

Porque la Iglesia Católica siempre lo había tenido clarísimo: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Esta fue la regla de oro de la Iglesia y de sus hijos -hijos de Dios, por cierto- que Cristo nos había dado. Y a ella se atuvo siempre, aún al precio de las persecuciones y los martirios: de ayer y de hoy.

En una última vuelta de tuerca y perpetuar el sistema -y perpetuarse con él la fiel Nomenklatura- se inventó lo de las “votaciones”. Primero tímidamente; luego con más aplomo, hasta llegar a “un hombre, un voto”; sistema que no es cierto en casi ningún sitio. Por no hablar de los “pucherazos”, la “compra de votos”, el “clientelismo” descarado y desbocado… O las “casualidades”, tipo las explosiones de los trenes en Madrid. Un inciso: el voto de las mujeres se hizo esperar.

Montado todo el entramado del “sistema”, se le han ido dando más y más vueltas de tuerca, apretando a personas e instituciones hasta extremos asfixiantes; convirtiendo además en auténticos “apestados” a todo el que no se deje engullir y/o triturar por él. 

De este modo, el mundo político, al amparo del “mundo legal”, y con el auxilio de la “fuerza legítima”, se ha introducido cada vez más en aspectos que pertenecen exclusivamente al mundo de la libertad individual, cercenando ésta, jibarizándola; empequeñeciendo además todas las construcciones de la sociedades civiles intermedias -empezando por la familia: la más importante en sí misma, porque fundamenta todas las demás-, que son anteriores al ser y a la autoridad del Estado, a las que debe proteger y dar vida: nunca sustituir; mucho menos ahogar, sustituir y suprimir. Y en esto están los poderes públicos en España desde hace más de cuarenta años.

Ante este panorama de las sociedades “modernas” -es decir: sin Dios-, ¿qué tenía que decir la Iglesia en base a la Revelación divina, que es su fuente de entendimiento, enseñanza y gobierno? Mucho y todo bien. Lo dijo y lo escribió. Pero esto se va a quedar para el próximo artículo.

http://www.infocatolica.com/blog/nonmeavoluntas.php/1905161140-iuna-ciudad-humana-sin-dios-1

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