Repensando las relaciones con China

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Xi Jinping

La política histórica de Estados Unidos y de Occidente que hicieron de China una potencia comunista: una voz profética y las predicciones que anunciaron la situación que vivimos hoy.

“Nos veremos obligados a revisar nuestras relaciones”.

Esta es la intimación dirigida por el presidente chino Xi Jinping a Donald Trump, obstinado en llamar al COVID-19 un «virus chino». Y el exuberante Presidente de los Estados Unidos de América, líder de la mayor potencia económica y militar de la historia, tuvo que someterse retirando el adjetivo «chino»…

Poco antes, había bajado la cabeza el presidente brasileño Jair Bolsonaro, culpable de haber dicho que el coronavirus vino de China. No podía permitirse perder el mercado chino. Antes que él, y por la misma razón, el presidente argentino Alberto Fernández tuvo que bloquear una investigación sobre acuerdos secretos con China firmados por el gobierno anterior. La lista puede continuar.

Y no hablemos de nuestros desfibrados gobernantes europeos: ni siquiera se atreven a plantear la pregunta…

Blandiendo su supremacía económica, con una arrogancia surrealista, China se permite reescribir la historia a su manera. Con chantaje y propaganda logró pasar de criminal a heroína en unas pocas semanas. La epidemia de coronavirus comenzó precisamente en China y se extendió gracias a la negligencia y la arrogancia del gobierno comunista de Pequín, como muchos expertos han denunciado. A pesar de esto, China se presenta hoy como una modelo e incluso una samaritana, imponiendo su línea en un Occidente triste y subyugado.

Uno de los grandes enigmas de nuestro tiempo ‒un verdadero misterio de iniquidad‒ es cómo Occidente, que se jacta de su carácter democrático y liberal, pudo someterse de modo tan servil a un gobierno dictatorial dominado por un Partido Comunista. Y cómo los magnates de la industria y de las finanzas, que se jactaban de haber creado la civilización más rica de la historia, dejaron que esa riqueza ‒junto con el poder que conlleva‒ pasara a manos de una potencia enemiga. Con el fin de ganar más dinero, Occidente, consciente y voluntariamente, ha colocado su cabeza en la guillotina. ¿Podemos asombrarnos ahora que el verdugo tire de la palanca?

Una voz profética

Aun así, esta situación era perfectamente predecible y, por lo tanto, evitable. Es una consecuencia de la política ciega y suicida de Occidente hacia el comunismo chino, contra la cual, en la década de 1930 del siglo pasado, se elevó la voz de Plinio Corrêa de Oliveira.

Plinio Correa de Oliveira

En el lejano 1937, el líder católico denunció cómo Estados Unidos estaba armando repentinamente a los comunistas chinos, junto con los soviéticos:

«El Departamento de Estado anuncia que las licencias para exportar armas y materiales de guerra a China en noviembre alcanzaron un total de 1.702 .970 dólares. También para la URSS, las licencias de exportación para material de guerra alcanzaron la suma de 805.612 dólares. (…) No entendemos cómo Estados Unidos vende armas a los comunistas, el enemigo más peligroso y abominable de la civilización”. 1

En 1943, cuando la derrota del nazismo era solo cuestión de tiempo, señaló los futuros enemigos: el comunismo y el Islam. Sin embargo, su mirada profética fue más allá:

«El peligro musulmán es inmenso y Occidente no parece darse cuenta, ya que de hecho también parece cerrar los ojos frente al paganismo amarillo”. 2

En la posguerra, Occidente continuó ignorando este peligro, dejando que el comunismo se apoderara de China. Dos facciones combatieron por ese inmenso territorio: el Kuomintang, de orientación nacionalista, dirigido por Chiang-Kai-Shek, y el Partido Comunista Chino, dirigido por Mao-Tse-Tung. Este último fue apoyado por la Unión Soviética.

En 1945, Plinio Corrêa de Oliveira denunció la interferencia de la URSS en China:

“Si hubiera dudas sobre la falta de sinceridad de la Unión Soviética, es suficiente ver qué sucede en China. Contradiciendo todo lo prometido, Rusia ha reavivado la guerra civil en China, a pesar de haberse involucrado de manera diferente en el tratado de paz firmado con Chiang-Kai-Shek. (…) Debemos enfatizar la gravedad internacional de esta agresión. (…) Esta actitud por parte de la Rusia comunista constituye un nuevo choque contra la pacificación del mundo. No podemos dejar de notar cuánto es el partido comunista chino un juguete del imperialismo ruso, que lo utiliza con la desvergüenza más abierta para lograr sus objetivos internacionales”. 3

Según Plinio Corrêa de Oliveira, la única política coherente hubiera sido derrotar a los comunistas, sin si y sin pero. En cambio, para no molestar a la Unión Soviética, Estados Unidos adoptó un enfoque diferente, que luego resultaría desastroso:

“La política estadounidense en China apunta a forzar la unificación a través de un gobierno de coalición democrática entre Kuomintang y los comunistas. Pero nunca puede haber una verdadera coalición entre el Kuomintang y los comunistas. El objetivo de los comunistas no es hacer de China una nación democrática unificada, sino convertirla en una provincia bajo el yugo del totalitarismo comunista. Por lo tanto, es necesario ayudar a Chiang a extender la soberanía del gobierno central sobre toda China, lo que solo puede hacerse destruyendo la soberanía del gobierno rebelde comunista y liquidando sus atributos de poder independiente, ejército, policía, administración política, sistema financiero”. 4

Con el apoyo de los soviéticos, que también ocuparon Manchuria, en 1949 Mao-Tse-Tung derrotó definitivamente a Chiang-Kai-Shek y estableció la República Popular de China, comenzando así la expansión hacia el Tíbet y el sudeste asiático.

Mientras tanto, mostrando un imprevidencia espantosa, Occidente dejó el norte de Corea en manos de los comunistas, una medida que tuvo consecuencias catastróficas. A mediados de junio de 1950, con el apoyo de China y la URSS, los comunistas invadieron el sur, dando comienzo a la Guerra de Corea.

Después de un momento de desconcierto, el general Douglas McArthur, comandante de las fuerzas aliadas, entendió que la guerra no se estaba jugando en Pyongyang sino en Pequín y Moscú, y propuso un «conflicto a gran escala contra los comunistas», una guerra total contra los comunistas, que incluía el bombardeo de bases comunistas en China. Fue despedido sumariamente por el presidente Harry Truman, quien en su lugar eligió el camino de las concesiones y del compromiso.

En un largo artículo publicado en enero de 1951, Plinio Corrêa de Oliveira enumeró «los errores de Roosevelt en la Segunda Guerra Mundial», incluyendo:

«Frente al expansionismo comunista, el Departamento de Estado, en lugar de oponer una resistencia enérgica, indirectamente la favoreció con su actitud sumisa. (…) En Asia, las cosas fueron peor. El Presidente Truman decidió continuar la política de confiar en el comunismo chino, como lo había hecho su predecesor. (…) Con estas concesiones, el destino del Lejano Oriente ahora estaba sellado”. 5

En la década de 1960, la URSS y China comenzaron una puesta en escena, simulando una ruptura para engañar a Occidente. Plinio Corrêa de Oliveira nunca creyó en esta maniobra. Escribió en 1963:

“Se trata solo de una trampa, que terminará tragándose al hombre occidental, estúpido y risueño, superficial, agitado y débil, que vive en el mundo de las apariencias. (…) Los comunistas estarán muy agradecidos por esta extraordinaria temeridad de los occidentales”. 6

Y en 1967: «La división entre la ‘línea rusa’ y la ‘línea china’ no es más que un bluff”.7 Sordo a tales advertencias, Occidente continuó con la política ciega y suicida de favorecer a China en clave antisoviética.

La «semana que cambió el mundo»

De concesión en concesión, se llegó a la gran comedia: el viaje del presidente Richard Nixon a China en febrero de 1972, al que el pensador católico brasileño atribuyó una importancia fundamental. El pretexto era adquirir una posición dominante en China, como para poder contrarrestar a la Unión Soviética. Plinio Corrêa de Oliveira lo consideró, en cambio, el comienzo de la entrega final. El propio Nixon llamó a su viaje «la semana que cambió el mundo».

Al escuchar la noticia del viaje, el 17 de julio de 1971, el líder católico brasileño dio una conferencia analizando su alcance y, con sorprendente acuidad, predijo las consecuencias:

  • Este viaje cambiará sustancialmente la percepción de la opinión pública occidental hacia la China comunista, presentándola desde un punto de vista más amigable: «caerán las barreras ideológicas frente al comunismo chino”;
  • China será admitida en las Naciones Unidas, expulsando a Taiwán, y luego será nombrada miembro permanente del Consejo de Seguridad, asumiendo así el papel de poder mundial;
  • La guerra de Vietnam se está liquidando, en un espíritu de rendición y traición por parte de los Estados Unidos. Con el viaje de Nixon a China, Estados Unidos aceptó una enorme humillación que sugiere una entrega también en Vietnam. En mi opinión, la guerra terminará con la rendición incondicional de los Estados Unidos”;
  • «Las potencias anticomunistas del Extremo Oriente quedarán abandonadas a su suerte (…) Nixon parece decidido a desmantelar inexorablemente el sistema anticomunista en Extremo Oriente. (…) Esto obligará a los países del área a confiar en Pequín, en lugar de Washington”;
  • “Hong Kong entrará en agonía. Creo que Inglaterra pronto retomará las relaciones con Pequín y entregará Hong Kong a los chinos”.

Al final, Plinio Corrêa de Oliveira preguntó: «¿Quién puede decir que la expansión china no continuará?”. Obviamente, su convicción era que, una vez que comenzara la expansión amarilla, nunca se detendría. Sobre todo porque Estados Unidos no había puesto ninguna condición política o militar.

Nuestra Señora de la Liberación, Emperatriz de China

A raíz del viaje del presidente Nixon, Estados Unidos firmó la Declaración de Shanghai con China sobre la cooperación entre los dos países. Plinio Corrêa de Oliveira dedicó una conferencia completa al Acuerdo, en conclusión de la cual comentó:

“Dada la ingenuidad liberal de los estadounidenses y la astucia comunista de los chinos, el Acuerdo tendrá un resultado muy conveniente para los comunistas. Aprovecharán todas las oportunidades para avanzar.9 De ahora en adelante, las relaciones entre China y Occidente se desarrollarán sobre esta base: los chinos podrán aprovecharlo, mientras que los occidentales no lo harán”. 10

El líder brasileño consideró que el Acuerdo de Shanghai era la peor catástrofe política del siglo XX:

“Yalta fue una calamidad mayor que Münich. Fue Münich multiplicado por Münich. ¡El Acuerdo de Shanghai es Yalta multiplicado por Yalta! ¿A dónde nos llevará? 11 No lo sé. Pero una cosa es segura: Occidente ya perdió esta guerra”. 12

Hay que decir que esta era la línea del gobierno estadounidense, y más concretamente, de la Secretaría de Estado. Sin embargo, en el público hubo reacciones sustanciales a las que Plinio Corrêa de Oliveira dedicó algunas reuniones y artículos periodísticos.

Después de la muerte de Mao Tse-Tung en 1976, Deng Xiao-Ping tomó el poder, lo que inició la llamada «primavera de Pequín», la primera apertura tímida del sistema chino al capitalismo, sin renegar de la ideología comunista. Todo en el espíritu del Acuerdo de Shanghai.

Por lo tanto, Occidente comenzó a invertir en China. Plinio Corrêa de Oliveira advirtió que el flujo de ayuda occidental proporcionaría a China los medios necesarios para perseguir sus propósitos expansionistas:

«¿Puede China aspirar a controlar la región, solo para expandirse? No les falta extensión territorial, una población sobreabundante y un apetito por la conquista. Sin embargo, para un esfuerzo tan grande, necesitará un potencial industrial y militar considerable, que el comunismo no le ha dado. La China comunista solo podrá desarrollar y alcanzar la superpotencia imperialista con la ayuda de las naciones capitalistas”. 13

China: un proyecto de dominación imperial.

Plinio Corrêa de Oliveira murió en 1995 y, por lo tanto, no vio el pleno cumplimiento de sus predicciones. Hoy podemos decir con pesar: todo lo que había previsto lamentablemente se hizo realidad de la peor manera posible.

En 1980, el ingreso per cápita de China era más bajo que el de las naciones africanas más pobres. Hoy, China produce el 50% de todos los bienes industriales del mundo. Todo esto, debe reiterarse, con el dinero y los conocimientos de Occidente, transferidos continuamente a China siguiendo la lógica, o más bien la falta de lógica, del capitalismo salvaje y la globalización. Mientras que los occidentales llenaron a China de dinero y tecnología, los chinos siguieron escrupulosamente lo que un analista occidental llamó una «política bismarkiana», es decir, un proyecto bien definido de dominación imperial.

Michael Pillary, uno de los principales expertos estadounidenses en China, examina bien este proyecto en su libro: «The Hundred-Year Marathon. Chinas’s secret Strategy to Replace the U.S. as the World Superpower». Él muestra cómo la política estadounidense de llenar a China con dinero y tecnología, inclusive militar, con la ingenua esperanza de que se convierta en un socio confiable, ha demostrado ser un boomerang: todo este tiempo los chinos han jugado la partida con segundas intenciones, aprovechando la ingenuidad occidental para adquirir una posición dominante, que hoy comienzan a blandir como arma de dominación global.

Otro libro interesante es del periodista británico Martin Jacques « When China Rules the World: The End of the Western World and the Birth of a New Global Order». Basado en estudios de mercado, proyecciones geopolíticas y análisis histórico, Jacques muestra cómo, si la tendencia actual continúa, China será el poder hegemónico en el siglo XXI, superando a Estados Unidos e introducirá una «nueva modernidad» diferente de la actual. Según Jacques, China no es una «Estado Nación», sino un «Estado Civilización” con vocación imperial, acostumbrada a ejercer un poder incontestable.

Repensando China

La pandemia de Covid-19, sin embargo, parece haber cambiado las cartas.

Las responsabilidades de China en la pandemia que ahora afecta al mundo son cada vez más evidentes. Los únicos que lo niegan son los chinos, que también amenazan con castigos muy fuertes a aquellos que se atreven a afirmar esta evidencia.

A medida que la arrogancia de Pequín alcanza niveles surrealistas, Occidente comienza a preguntarse si no ha ido por el camino equivocado. «China nos infecta, nos compra y le agradecemos», fue como resumió la situación Massimo Cacciari. También está creciendo un movimiento internacional para pedir un «Tribunal de Nuremberg» para determinar las responsabilidades chinas y posiblemente exigir una compensación.

Las declaraciones hechas por el cardenal Charles Maung Bo, arzobispo de Yangon, capital de Myanmar, son muy claras:

«Hay un gobierno que tiene la responsabilidad principal [de la pandemia], por lo que ha hecho y lo que ha dejado de hacer» y este es el régimen del Partido Comunista Chino en Pequín. Me gustaría ser claro: es el PCCh el responsable, no el pueblo de China, y nadie debería responder a esta crisis con odio racial hacia los chinos. De hecho, los chinos fueron las primeras víctimas de este virus, al igual que durante mucho tiempo han sido las principales víctimas de su régimen represivo. Merece nuestra simpatía, nuestra solidaridad y nuestro apoyo. Pero son la represión, las mentiras y la corrupción del PCCh las responsables”.14 Fue precisamente lo que Plinio Corrêa de Oliveira afirmó en el ahora distante 1937…

Omití tratar de las grandes responsabilidades de la Ostpolitik del Vaticano hacia la China comunista, que iban de la mano con la estadounidense y que, bajo el pontificado de Francisco, ha alcanzado excesos alarmantes. Abriría horizontes tan relevantes que merecerían un trato separado.

Ciertamente Dios nos está diciendo algo con esta pandemia. Quizás ha llegado el momento de repensar nuestra estrategia hacia la China comunista ab imis fundamentis. Mañana será muy tarde.

Pero para hacer esto es necesario coraje. Un coraje que no vendrá de nuestras fuerzas naturales, ya sean políticas, económicas o culturales. Aquí necesitamos la intervención de la gracia divina en las almas.

Me pregunto: ante la inmensa tragedia que nuestro mundo está experimentando hoy, sacudida hasta los cimientos por esta pandemia, ¿no ha llegado el momento de clamar al Cielo: ¡Perdón! Perdón! Perdón!?

Estoy seguro de que el Cielo nos responderá: Penitencia! Penitencia! Penitencia! Conversión! Conversión! Conversión! Y, en medio del estruendo de los elementos celestiales desatados, se escuchará una voz tan dulce como un panal de miel que dice: «¡Confianza hijos míos! ¡Por fin mi Corazón Inmaculado triunfará! »

Notas

  1. Plinio Corrêa de Oliveira, «7 Dias em Revista», Legionário, n° 274, 12 de diciembre de 1937.
  2. Plinio Corrêa de Oliveira, «La cuestión libanesa», Legionario, n° 591, 5 de diciembre de 1943.
  3. Plinio Corrêa de Oliveira, «7 Dias em Revista», Legionário, n° 691, 4 de noviembre de 1945.
  4. Plinio Corrêa de Oliveira, «Nova et Vetera: La fuerza de los paraguas», Legionario, n° 774, 8 de junio de 1947.
  5. Plinio Corrêa de Oliveira, «Los errores de Roosevelt en la Segunda Guerra Mundial», Catolicismo, n° 1 de enero de 1951.
  6. Plinio Corrêa de Oliveira, «La inteligencia del tonto risueño», Catolicismo, n° 155, noviembre de 1963.
  7. Plinio Corrêa de Oliveira, «Fátima, en una visión de conjunto» Catolicismo, n° 167, mayo de 1967.
  8. Plinio Corrêa de Oliveira, Reunión de recortes para miembros de la TFP, el 17 de julio de 1971. Aquí, el profesor Corrêa de Oliveira se refiere a un probable acuerdo secreto entre el Departamento de Estado de los Estados Unidos y los comunistas chinos que allanó el camino para el viaje de Nixon a China en 1972 y el Comunicado de Shangai.
  9. Plinio Corrêa de Oliveira, «Yalta multiplicado por Yalta», Folha de S. Paulo, 12 de marzo de 1972.
  10. Plinio Corrêa de Oliveira, Reunión de recortes para miembros brasileños de TFP, 4 de marzo de 1972.
  11. Plinio Corrêa de Oliveira, «Yalta multiplicado por Yalta», Folha de S. Paulo, 12 de marzo de 1972.
  12. Plinio Corrêa de Oliveira, Reunión de recortes para miembros de la TFP, el 4 de marzo de 1972.
  13. Plinio Corrêa de Oliveira, «Pesadilla: dos Ejes», Folha de S. Paulo, 1° de octubre de 1972.
  14. Cardenal Charles Maung Bo, «El régimen chino y su culpabilidad moral por el contagio global del COVID», 2 de abril de 2020, http://www.catholicarchdioceseofyangon.com/newview.php?id=94.

https://www.accionfamilia.org/decadencia-occidente/repensando-las-relaciones-con-china/

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