Quo vadis dextra

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En sus albores, nuestro país estuvo gobernado por personas cuyo principal interés fue engrandecerlo y dotarlo de las herramientas para desarrollar y afianzar su independencia y anhelado bienestar. Los grandes amores que guiaron los esfuerzos de la clase dirigente en Chile fueron Dios, la Patria y la familia. Así, el tejido social, sus prácticas y costumbres se impregnaron, solidificaron, y marcaron su desarrollo sobre la base de principios morales y valores éticos enraizados todos en el cristianismo. Fue con el posterior advenimiento de ideologías progresistas y contestatarias importadas de Europa y herencia de la Revolución Francesa, que se diferenciaron las visiones políticas opuestas en el país entre “izquierda” y “derecha”, con los obvios matices entre los simpatizantes de ambas visiones. La una, revoltosa por conveniencia y rebelde por sus creencias; la otra, conservadora de sus principios y defensora de sus ideales.

No obstante, con el paso de los años acompañados de los paulatinos cambios políticos y sociales, aquella derecha histórica, consistente, se fue extraviando poco a poco y perdiendo su poder político relativo y su bien ganado prestigio como conductora del país. Antes, congregada en torno al Partido Conservador e identificada con una impronta humanista y cristiana; austera y sobria en sus costumbres, patriota y generosa en su actividad política, se fue tornando más tolerante y esponjosa frente al secularismo y al creciente liberalismo de sectores políticos más vanguardistas. Quizás si también pudo colaborar en su transformación el legado de esa vida parisina de antaño, la vie en rose que se coló en una parte de la clase alta y más en aquella otra nueva, aunque ya influyente.

El proceso continuó, y en nuestros días muchos de los actuales representantes de esa derecha desperfilada, han ido siguiendo desaprensivamente la creciente frivolidad que ha permeado a una parte de la ciudadanía, ahora más voluble y superficial. Hoy estamos viendo entre ellos una actitud tolerante en la defensa de la vida, de la familia, y del matrimonio. Quizás si sea para condescender con sus adversarios políticos en la búsqueda de acuerdos intrascendentes o, bien, para demostrar su disposición a aceptar esa “modernidad tarada” como yo llamaría al remozamiento populista que hoy exige la calle. Quizás si aquella derecha se haya ido apocando ante su grandeza histórica, pero el hecho es que se enmarcó en una nueva y muy elocuente dimensión: prefirió clasificarse como “centro derecha”; ahí cabía casi todo, y entró de todo, y sigue cabiendo y entrando de todo, incluidos los apetecidos votos, por cierto. Otro partido con más sentido estratégico, ya se había adelantado adueñándose de la denominación “centro” que, si no, la habría ocupado la condescendiente, la apocada.

Es cierto que los tiempos han cambiado y con ellos ha cambiado hasta la identidad nacional. Hoy, para una parte de los chilenos, ponerse a tono con la vida “moderna” pareciera ser una compulsión irresistible, sin importar qué comprometen al subirse al carro que muchos trepan por temor a practicar aquello que una mayoría imaginaria considera “políticamente incorrecto”. El carromato aquel va repleto de variopintos y alegres pasajeros, para compartir eso del “si bien es cierto (lo uno)…, no es menos cierto (lo otro)…”. Ninguno de los viajeros defienden sus convicciones porque, o nunca las tuvieron, o las han canjeado por votos ofreciendo a cambio posturas acomodaticias, particularmente frente a la que hoy denominan la “agenda valórica”.

Así, la derecha conservadora, la tradicional, la castiza, se auto-eliminó. Tuvo que cargar su propio féretro rumbo al cementerio, sin responso, ni flores, ni lloronas, ni nada, salvo el cortejo de quienes se aprestaban a tirar las primeras paladas de tierra para asegurarse de que no sobreviviera. Y de ese cortejo, varios descolgados de sus propias filas también contribuyeron con la pala.

Como partido, estamos avanzando en este proceso de modernización que nos permita sintonizar de mejor forma con los desafíos y anhelos del Chile actual…”, declaraba un par de meses atrás la presidenta de la UDI, partido considerado de “extrema” derecha por muchos. Como declaración populachera no está nada de mal, aunque ese proceso de cosmetología para sintonizar con “los anhelos del Chile actual”, como ella decía, yo lo interpreto como una muestra más de la pérdida paulatina de aquellos ideales y la mística que le dieron vida a ese partido, apremiado ahora por esa “modernidad tarada” a la que me refería. Así, por ejemplo, uno de sus connotados miembros llegó a decir en algún momento de euforia que era un “bacheletista-aliancista”, es decir, un engendro desconcertante con claro sabor a guiño lisonjero-acomodaticio-oportunista. Y para qué referirnos a esos políticos de la UDI y de RN que, habiendo apoyado y patrocinado al Gobierno Militar encabezado por el General Pinochet, se dieron vuelta la chaqueta con extravagantes explicaciones y hoy reniegan de él colocándose desembozadamente entre sus más entusiastas detractores; muchos de ellos se delataron como esas inconfundibles palomitas zalameras que vuelan adonde más grano ven, para arrullarse a su lado. Para todos ellos, antes fue el pronunciamiento militar, ahora es el golpe; antes era el Presidente Augusto Pinochet, hoy es el dictador; antes fue el gobierno militar, actualmente la dictadura. ¿Cómo se llama eso si no es, al menos, deslealtad e hipocresía? No les sienta a aquellos quienes aún mantienen pegadas sus cabezas al tronco gracias a los militares, denostarlos y agraviarlos.

Pero, claro, el gobierno (de centro derecha, nos explican) necesita apoyo… de donde venga y al costo que tenga. ¿Qué hace Evópoli, por ejemplo, entre los partidos que lo apoyan si no es para llevar agüita a su molino liberal, ese que contribuye a chancar muchos de los valores morales de nuestra sociedad? En patéticas declaraciones públicas varios de sus miembros se han mostrado abiertamente partidarios de los proyectos de ley sobre identidad de género, incluida la adopción homoparental; el de eutanasia (muerte “digna” la llaman); el de matrimonio igualitario; el de aborto libre, sin causales. ¿Por qué el gobierno tuvo que incluir ese partido político en el conglomerado que lo compone si no por unos cuántos sufragios más? Y ¿por qué el presidente Piñera tuvo que ofrecer explícitamente a todos los parlamentarios de Chile Vamos la opción de votar con entera libertad los proyectos de aquella triste agenda valórica, sin siquiera marcar una pauta o recomendación previa? Es que en el carro aquel donde viajan todos revueltos, no hay memoria, no hay vergüenza ni decoro. Solo hay votos a repartir o convenir. Nada más importa. Y en ese ambiente se camufla la que se hace llamar la “centro derecha” de nuestro país, esa que va dando un paso adelante y dos atrás para permanecer vigente a como dé lugar; ¡hay que ceder para no perder! es la consigna. Nadie les ha recordado lo que nos enseñaba S.S. San Pío X: Lo que está mal, está mal aunque lo haga todo el mundo. Lo que está bien, está bien aunque no lo haga nadie.

¿Esperanzas? Sí, las hay y no pocas. Han surgido nuevos liderazgos que están activos para retomar las banderas de una derecha valórica, como antes lo fue; no dogmática pero sí decidida y valiente para advertir que lo blanco es blanco y lo negro, negro. Que la verdadera derecha no es “centro derecha”. Liderazgos que interpretan el sentimiento íntimo de una mayoría ciudadana que, silenciosa, espera ver una conducción firme, capaz de aglutinarla en torno a la defensa de valores trascendentes; líderes con mística, que sin tener las estadísticas como su misal diario, no imponen pero sí defienden la creencia en Dios de un pueblo que ha sido tradicionalmente católico; que tienen un irrestricto apego a la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural; a la protección y promoción del matrimonio y de la familia entendidos éstos según dispone el derecho natural y la sana doctrina; que se esfuerzan por incentivar el amor a la Patria. Liderazgos que no comulgan con esa economía libremercadista, la del consumismo, la insensible e insaciable, la cruel, la indolente, la inmisericorde, la que se despreocupa de su finalidad social de la que nos habla la Encíclica Caritas in Veritate. Líderes que nos recuerdan que también existen valores y deberes humanos, no solo derechos humanos. Por algo nos advertía el sabio Papa Emérito Benedicto XVI “estamos en una era neopagana, caracterizada por la idolatría del dinero, el prestigio, el placer y el poder. La persona está cada vez más aislada y desorientada y la sociedad desprovista de valores humanos fundamentales”. Eso es lo que debemos cambiar por el bien de Chile.   

En verdad, no es tan obvio aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, como se refería don Jorge Manrique en la primera de sus famosas Coplas. Aunque su acierto fue agregar en otra de ellas: “Este mundo bueno fue, si bien usásemos de él como debemos porque, según nuestra fe, es para ganar aquél que atendemos”. Y si hoy son pocos los que hacen esa reflexión, para no complicarse la vida quizás, no debe estar muy lejos el día en que una mayoría la haga.

Por mientras, igual sirve preguntarse, ¿quo vadis dextra?

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