Por qué Donald Trump

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Antonio Sánchez García       El Nacional de Caracas       28 de julio de 2020

Desde el 18 de octubre de 2019 he mantenido la firme convicción de que los luctuosos eventos protagonizados a partir de entonces, de forma perfectamente orquestada por grupos vandálicos de la izquierda chilena, que se saldaran con el incendio de numerosas estaciones y vagones del Metro de la capital y otras importantes ciudades del país, como Valparaíso y Concepción, no eran el producto espontáneo de sectores estudiantiles que se aprovechaban de un alza insignificante de las tarifas del transporte público para expresar su descontento por las políticas llevadas a cabo por el gobierno liberal de Sebastián Piñera en el sector docente. Una política en absoluto distinta a las llevadas a cabo por los anteriores gobiernos de Patricio Aylwin, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet. Eran gobernantes “de la familia”. Ninguno de los cuales se enfrentó a un vandalismo político de tales dimensiones. Las razones de tal radicalidad no eran internas, eran externas. Provenían de Caracas y La Habana, de Sao Paulo y de Puebla. Y como muy pronto quedaría de manifiesto, eran incluso financiadas con petrodólares de origen caraqueño. Incorporados al flujo de financiamiento del terrorismo internacional que azota a la región por la mano aviesa de Maduro, Lula, Cristina Kirchner o cualesquiera de los funcionarios de la Nomenklatura castrista. Incluso del castro-madurismo español, que haciendo honor al apellido del hombre de sus finanzas, Monedero o Pedro Sánchez, no le ha hecho asco a embolsarse suculentos aportes de Caracas.

Era la respuesta previsible del aparato político cubano, que respondía así a los ataques de la oposición democrática venezolana contra la comprobada injerencia del castrismo en Venezuela, invadida por decenas de miles de soldados cubanos. Para acallar esas protestas e impedir que Cuba se convirtiera en un objetivo a ser enfrentado por las fuerzas democráticas en combinación con la lucha contra Maduro, el castro-comunismo decidió subir la apuesta y responder en grande.

Chile se prestaba al juego: está gobernado por fuerzas liberales y cuenta con un sólido establecimiento democrático, pero posee un aparato político marxista disciplinado, anclado en partidos tradicionales con fuerte presencia parlamentaria y fuerzas emergentes: el Partido Comunista, el Partido Socialista, el MIR y el llamado Frente Amplio. Fueron las que puestas en acción y financiadas desde Caracas y La Habana pusieron en jaque al establecimiento y lograron conmover la estabilidad institucional.

Contaba el castro-comunismo en esta cruzada de desestabillización regional, incluso hemisférica, con otro factor favorable al desencadenamiento de la crisis: el progresismo, ese disfraz de liberalismo y tolerancia con que el castro-comunismo ha sabido colarse en las filas de la intelectualidad occidental, penetrar en los consejos redaccionales de los medios impresos más importantes del planeta e incluso en las alturas de la Intelligentsia hollywoodense. Es el buenismo, la corrección política y la “bondad” con que se travisten las acciones que ya pusieron su blanco en Washington, firmemente asociados con el racismo negro. Organizado y financiado por Maduro, como dejan ver las fotos de algunas de las activistas del castrismo al asalto de la Casa Blanca con el tirano venezolano.

Es ir demasiado lejos y pretender algo impensable: creer posible y alcanzable fracturar el sistema de dominación norteamericano –primera potencia planetaria– y llevar a cabo una revolución marxista en el centro del capitalismo mundial. Suena descabellado: no lo es. Ricardo Lagos se negó a reconocer la injerencia cubano-venezolana en la insurrección de octubre y prefirió atribuirla, en un estrambótico giro de racionalización, al “primermundismo” (sic) que el liberalismo ha impuesto en Chile desde la revolución pinochetista.

Las protestas se habrían debido a la elevación de las exigencias juveniles impulsadas por el progreso de la sociedad chilena. Esta insólita pero muy acomodaticia justificación pseudo sociológica le encantó a Vargas Llosa, que la repitió como loro: los jóvenes chilenos no protestan porque están mal, que no lo están: protestan porque quieren estar mejor.

Que un premio Nobel desconociera el nefasto influjo del castro-comunismo vene-cubano en una campaña de asalto hemisférico, confundiendo los efectos con las causas, es prueba de la perversión política en que puede incurrir el progresismo. La campaña presidencial norteamericana vuelve a poner sobre el tapete el nefasto influjo de la progresía occidental en nuestros destinos políticos. Aun teniendo perfecta conciencia de que el principal enemigo de la libertad y el progreso en nuestro hemisferio es el marxismo castro-comunista cubano, y de que el más grave error cometido por la Casa Blanca lo cometió el demócrata Barack Obama al someterse a los dictados del comunismo cubano, siendo la elección de Donald Trump uno de sus efectos indeseados, vuelve la progresía a alinearse en la contienda norteamericana del lado demócrata, prestándose a una feroz campaña anti-Trump.

Por lo visto nada les importa a Vargas Llosa y al progresismo iberoamericano que  Donald Trump haya sido el único político norteamericano que ha rechazado las desviaciones protofascistas y anti-democráticas del racismo de color, ni de que se haya expresado contra la tiranía venezolana y se haya mostrado favorable a una intervención por todos o cualesquiera de los medios para desalojar la dictadura que oprime a los venezolanos.  ¿Preferible Obama o la Clinton abrazándose en La Habana con el tirano Raúl Castro?

Por lo visto sigue rigiendo el principio einsteniano: solo el universo y la estupidez humana son infinitos.

https://www.elnacional.com/opinion/por-que-donald-trump/

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